6 de abril de 2015

Fotografía para vagos. Lección 3. Comer con patatas. Semana Santa de Ferrol 2015. Primera parte.

Apuesto poco porque cuando lo hago, lo hago a lo grande. Soy autónomo, háganse cargo. un tema no vendido supone perder todo el trabajo y el dinero sin posibilidad de recuperarlo. Aunque, a veces, lo que ganas viene en el camino.

Hace muchos años, en la cabeza tenía pelo en abundancia, y lo que me asomaba por la línea de flotación era una pequeña irregularidad que entre los colegas llamábamos chichilla. Por esa misma época salía con gente dispar y diversa que se consideraba a sí misma como tal. Nos gustaba ser diferentes aunque fuese en cosas superficiales y lo pasábamos bien con ello. Una amiga, por ejemplo, era creyente y practicante de la semana santa de donde vivíamos, en Ferrol. Era portadora. La recuerdo venir hacia nosotros, apoyados en las vallas perimetrales de los jardines de la plaza de Amboage y al llegar a nuestro encuentro, observarle por el rabillo del ojo los moratones que le crecían en los hombros. En una ocasión alguien le preguntó qué le pasaba, y descubrimos con cierto pasmo los hematomas que tenía. Desde la clavícula hasta los omoplatos, más o menos una mancha de diez centímetros que, al final de la semana, tendía a oscurecerse. Pero ella estaba contenta, risueña. No extasiada ni a punto del colapso. Estaba, lo que se dice, bien, como cuando tienes un día de puta madre porque todo va según lo planeado. Siempre me quedó la duda de qué pasaba detrás de las puertas esas para que esta gente se motivase. Pensé que seguirían algún tipo de ritual para animarse, para llegar a algún nirvana que les ayudase a soportar el dolor.
El año pasado la Semana Santa de Ferrol consiguió la categorización de Interés Turístico Internacional. Pensé que, para competir con la prensa asignada allí, la mejor opción es mirar desde otro punto de vista, y me acordé de mi colega la portadora. Pensé que sería buena idea observar qué ocurre antes de.

La cosa no empezó bien. El martes 24 me di cuenta que quedaban menos de una semana para el comienzo. Tuve que tirar de agenda de contactos para conseguir al menos a alguien que me colase en las cofradías. Dos colegas me pasaron teléfonos de personas muy útiles y tuve que dosificar. Llamé a uno, que me pasó a Fernando Iguacel, el secretario de la junta de cofradías de Ferrol. Me dijo que lo llamase el lunes a media mañana. Decidí preparar el equipo y tratar de conseguir más información en los pocos días que quedaba. No me gustaba la idea de sacrificar el domingo de Ramos, pero no me quedó otra, porque tuve trabajo hasta el mismo lunes. Llamé a Fernando y le conté mi proyecto. Le dije que quería algo así como una visión íntima de la Semana Santa. La voz de Fernando mostraba a un hombre veterano en estas cuestiones, que preguntaba directamente, sin ambages, pero con un tono muy familiar y cortés. Como venía recomendado por mi colega, no dude en sincerarme, y a Fernando le gustó la idea. Me dio el contacto de cuatro de los hermanos mayores de las cofradías más grandes de Ferrol.
-Oye Fernando, muchas gracias, pero sólo necesito la autorización para entrar en las cofradías justo antes de salir...
-Sí, si, por eso. Yo no puedo autorizarte. Tienen que ser ellos. Pero tú háblales de lo que quieres hacer. No creo que tengas ningún problema. Son gente muy cercana.
-Ok, vale. Pues gracias Fernando.
-De nada, hombre.
Justo después llamé a mi padre para preguntarle por uno de los hermanos mayores que, al parecer, ya conocía. Me dijo que al día siguiente lo vería, que tenía una reunión con él por el coro en el que canta. Le dije que si podía ir.
A la mañana siguiente estaba preparando el equipo cuando mi padre me llamó comentándome que la reunión iba a ser en dos horas. Que me diera vidilla. Desde Carballiño a Ferrol son, más o menos, dos horas. No tuve que apretarle mucho. Llegué con diez minutos de retraso. Antes pasé por la casa de mis padres. Mi viejo tenía el moco colgando del trancazo, y mi sobrina y mi madre también estaban jodidas, así que tomé la decisión de no pisar la casa salvo que fuera estrictamente necesario. Establecería mi base de operaciones en el bar que mi hermana y mi cuñado tienen en la calle Magdalena del centro de Ferrol: el Area. Supongo que esa fue la primera decisión clave para el desarrollo de los acontecimientos.
Llegué a la reunión y conocí a Jose Manuel Evia, hermano mayor de la cofradía de la Orden Tercera. Un hombre de pelo canoso, facciones pequeñas y suavizadas que contrastaban con su gesto serio y y directo. Le conté mi idea y aceptó sin poner ningún reparo.
-Se lo debo a tu padre.
-Uf, ya estamos... ¿a mi padre?
-Sí, me ayudó mucho con lo de los entrenadores.
-Manda carallo, ya estamos otra vez con el fútbol. Mira, al enemigo ni agua, ¿eh?
La coña le debió de gustar, que pudimos conversar de una manera más relajada sobre varios temas, incluyendo la prohibición que había sobre la mujer para participar en procesiones que, en Ferrol, no se rompió hasta entrada la década de los 80, y estuvimos así hasta las 14.30. Quedamos en que iría esa misma tarde, a las 19.30 para empezar.
Pensé que los lugares donde la gente queda son capillas o locales adjuntos a iglesias cercanas, en donde la luz que entra por los ventanucos estirados verticalmente me daría el contraste necesario para generar un poco de atmósfera religiosa a las fotos, pero al llegar al local de reunión, un bajo que pudiera ser otrora un almacén, me desilusioné un poco. Me recibió Evia con los brazos abiertos y me regaló un libro con la historia de la cofradía. Me dijo que tuviese libertad de movimientos, que no me preocupara, que estaban todos avisados. Hablé con gente y saqué fotos. Había cirios, palos de cruces, cruces negras de los penitentes, figuras y cuadros y ropa colgada por todas partes. El lugar ya era muy pequeño, pero más pequeña era la habitación del fondo en la que me metí. Un hombre se cambiaba en silencio en una esquina y me acerqué a hablar. Le saqué una foto mientras se calzaba.
-No me saques las botas, hombre.
-¿Y eso? ¿no podéis salir con botas?
-No es eso. Pero quedan feas. Yo las llevo para sujetarme mejor el pie. Rompí el talón de Aquiles dos veces.
-Joder, pues a por el hat-trick, ¿no?
-Jajajajajajaja. ¡Calla, calla! Toco madera. Tengo tres centímetros menos de longitud en el tendón, y duele mucho.
Mientras hablaba con él -no pondré nombre porque quería mantenerse en el anonimato- aproveché la luz que entraba desde el patio de luces por una ventana enrejada que tenía delante de él. Seguí dando vueltas y charlando con los presentes hasta que salieron en procesión y yo me fui. Como no era tarde y no sabía por dónde tirar, decidí leer algo para despejarme y acabé mis pasos en el Area como tenía decidido en un principio. No hubo mayor anécdota que el ver a viejos conocidos y estar en la barra sin que nadie me agobiara. Le contaba, mientras leía, alguna batallita personal a cualquiera de los barman que se pusiera a tiro. Les di la barrila poco, porque cada cierto tiempo aparecía alguien y hablábamos hasta rozar el infinito conversacional (ya sabéis, el número de temas en una conversación tiende a infinito mientras la constante 'ingerir alcohol' no se elimine).

Al día siguiente, miércoles, dediqué la mañana a mover el futuro trabajo y me llevé una mala sorpresa. A nadie le interesaba. Los medios locales, como El Diario de Ferrol o La Voz de Galicia tienen a su propio personal sobre el terreno y no son dados a comprar material cuando ya lo hacen ellos mismos (es del género gilipollas Rober, en serio creíste que lo harían contigo?) y sólo había una agencia de noticias, la EFE, pero porque el resto, como AP o AFP estaban centradas en las procesiones del sur del país, como Sevilla o Cartagena. Una colega de AFP me lo dijo claro: o el jefe de la agencia es de allí, o su señora, o ambos están de viaje por allí y por casualidad hubiera perdido la cámara... Como se me quedó cara de tolai durante una hora, decidí continuar el tema llamando a otras personas, y traté de sacar alguna foto decente en las procesiones de la tarde, pero la luz seguía siendo mala, y mi sensación de ver algo extravagante antes de, se desvanecía. Edité las fotografías que tenía del día y regresé al Area. Estuve leyendo en mi esquina durante algunas horas bajo el amparo protector de los atentos ojos de Monica y Lorena, que cada vez que me veían levantar la mirada entendían que necesitaba otra caña. A veces era Diego y otras Geni y otras Chino, del que me tuve que aprender el apodo porque siempre lo mencionaba como el locutor de anuncios. Chino tiene la voz tranquila y tan moderada que sus altibajos son melódicos como los de las voces de radio o televisión. En una ocasión quiso felicitarle algo a Monica, y parecía que estuviese locutando un nuevo desengrasante.
-Muy bien, Moni. Has hecho un buen trabajo.
Decía, el muy cabrón, con la misma tranquilidad que quien anuncia un tónico para perros con tetas en la nuca, dejándonos a los presentes doblados sobre el tronco, a carcajada limpia, mientras él mantenía esa pose parsimoniosa y serena, sonrisa profiden a medio hacer, levantando ligeramente el mentón, en pose tipo seguro de sí mismo. Sólo le faltaba decir: y lo sabes. Acompañé a mi cuñado a la Palloza, el otro pub del que son propietarios, para sacar unas fotos del local y tomar un par de cañas de paso. Horas después regresaría con un colega para hablar durante largo rato, pero eso me lo contarán al día siguiente.
En el Area seguí manteniendo disciplina de fuego hasta el punto del colapso. Al día siguiente me recordarán que tuve un pedo alegre y bastante resultón. Contaba peripecias sobre alcohólicos durante los escasos -aunque muy intensos- años en los que fui voluntario de Cruz Roja en Coruña a Monica, cantaba o tarareaba canciones que me sabía sin mucho éxito y soltaba burradas en cuanto tenía oportunidad. Hablé con mucha gente, y hacia el final de la noche me encontré con Hugo y me puse a darle palique hasta bien entrada la madrugada. Hacía rato que había dejado el libro como prioridad, y manteniendo mi parcela a buen recaudo -no me gusta que me toquen mi banqueta- salí y entré segundo era menester.
En algún momento de la noche observé a Genito haciendo un gesto como de quien se está haciendo una fotografía de sus partes. Yo entendí que hablaba de habérsela hecho, a lo que le increpé indignado que eso era una guarrada.
-Pero qué dices! No hablo de hacérmela. ¿Acaso tú te la has hecho?
-¿Yo? -le respondí, notablemente afectado en la dicción- yo no podría aunque quisiera.
En esto la mirada de Lorena y Genito se fijaron en mis vaivenes corporales esperando la respuesta.
-Mi pito es tan grande y largo como un clítoris hinchado.
Creo que les hizo gracia.
Estuvieron el resto de la semana recordándomelo.

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