11.04.2013

Anotaciones de Cabo Verde 5.

Durante el A modo de epílogo

El proyecto comenzó en 2006, y duró cuatro años. ¿El balance? Cincuenta y seis niños, de los cuales 21 perdieron el precurso escolar y seis acabaron en la cárcel. Pero... coño, tenías que haberlos visto. Nadie hizo nada por ellos salvo nosotros, y hasta los profesores de la escuela acababan por venir al centro para ver qué hacíamos con ellos. Empezaron por ser niños violentos, y se convirtieron en los mejores de la clase. Venían y preguntaban el método. El método, ninguno. Escuchar y aprender. Pero no el niño. Nosotros. Nos adaptábamos a ellos, no al revés. Es que es muy fácil hablar desde la perspectiva de quien lo tiene todo. Pero esos niños venían de familias desestructuradas, familias sin recursos. Muchos de ellos no tenían ni agua ni luz en sus casas. Y sin agua no pueden lavarse. Viene a la escuela oliendo a pis. Pierden la autoestima. Sin luz no pueden hacer los deberes por la tarde o mucho menos por la noche. Siempre están retrasados con respecto a los demás. Pídele tú a uno de esos niños que se concentre, que siga el ritmo de la clase. No puede, es materialmente imposible. Evaluamos al alumno conforme se adapta a un nivel determinado, nunca ponemos ese nivel a las capacidades propias del alumno.

En la cafetería del hotel Porto Grande, a la que se accede por unas escalerillas que hay a la izquierda al entrar en el recibidor, en una mesa pequeña Carmen Presa habla sobre sus comienzos, allá por tierras gallegas.

-Nos reunieron a mi hermano y a mí como cuando la Xunta funcionaba con Fraga. ¿Recuerdas? Mañana a tal hora en tal sitio. Cata, mujer robusta, de ideas estudiadas, fija sus ojos claros a través de las gafas negras. Asiente. -Era para imprimir un panfleto sobre las bondades de Fraga durante el mandato, y era para repartir a los votantes, y hacerlo por correo.  Ya sabéis cómo van estas cosas. Yo pensé, joder, esto en cuanto salga, los de la Junta Electoral lo tiran abajo.

Hablaba de las condiciones del contrato, con los ojos de su hermano clavados en los papeles, y en la sala, otras dos personas encargadas de la imprenta. Cuando observó las condiciones del contrato preguntó que si era por adjudicación directa.
-Eso no se pregunta. Sabes que sí.
-Pues aceptaré si es el la mitad ahora y la otra mitad cuando hagamos el reparto.
-¡Carmelita! ¡Que te folle un pez!
-Pues que sea un pez espada. -En ese momento, su hermano censura su respuesta dándole un pisotón. Carmen lo cuenta en alto. -Me da igual que me des un pisotón tú y que tú me mires de esa manera. O es así o no lo hago. Cuando el encargo le fue adjudicado, esperó a recibir primero el dinero de la primera parte en efectivo, y la segunda parte, cuando estaba a punto de repartir los envios, por un cheque. En apenas 48 horas, se paró el reparto por lo que Carmen había previsto.

Después de dos cafés habíamos decidido, antes de ir al aeropuerto a llevar a tres de los presentes, comer en Calhao una frijolada brasileña en la casa de unos amigos de Carmen. Gira sus ojos y cuenta que el centro para niños estaba situado en una calle céntrica, a una manzana de donde estábamos situados en este momento. Los políticos le dijeron que ese centro debería estar en las afueras. Pero se quedó allí. No sin problemas. Los vecinos protestaron. Uno de ellos, un señor mayor, muy cascarrabias, era el más cercano al edificio. Llegaron a poner rejas en las ventanas que daban a su casa para evitar que los niños entraran. Había estado en Francia, tenía a sus hijos allí, y era viudo. Tenía una casa en la isla de Santo Antón porque era de allí. Dejó pescado a congelar en un arcón, y se estropeó. Se pudrió. Un olor nauseabundo inundó el barrio, y los técnicos del centro creyeron lo peor. Llamaron a los bomberos, y al tirar la puerta abajo y encontrarse el congelador con el pescado podrido, les dijeron que no era cosa suya. Luego llamadas a Sanidad. Entraron con máscaras. Luego llamadas al viejo cascarrabias. Al principio no le gustó el gesto, pero acabó por aceptarlo y sentirse agradecido. Al poco tiempo se puso enfermo, y uno de los técnicos observó que llevaban semanas sin notar alguna protesta del hombre. Se fue a su casa, y el hombre, a través de la puerta, le dijo que estaba malo. Le ofrecieron llevarle algo de comida todos los días. Y fueron los niños, turnándose, los que llevaban comida caliente a su puerta. El hombre ya no era tan cascarrabias, y aceptaba de buen gusto que los niños lo visitasen. Cuando murió, fueron los niños los que quisieron ir juntos al entierro.

Tras la comida, empapados de música reggae y frijoles con verduras cocidas y arroz y cervezas, en medio de una casa de paredes blancas, acompañamiento al aeropuerto, pasando por una casa en la que vivió quince años y que sale en la portada de un disco de Cesaria Évora, y regreso a la feria Expomar, en donde hemos estado reunidos desde ayer. Tomamos un par de cervezas y una azafata nos invita a la clausura del evento y el posterior cóctel en el hotel. Tras una espera larga -hemos pasado olímpicamente del acto de clausura- nos separan las sillas que hacían de barrera y pasamos a la zona de la cafetería, la misma que esta mañana, en la que ahora hay una gran mesa central atiborrada de bandejas circulares con canapés de volovanes y tartaletas dulces y saladas, dátiles con bacon y croquetas de pescado un tanto secas. Carmen me mira, y le espeto que no me he agarrado una buena curda en todo el mes. Pedimos whisky. De vez en cuando Carmen me informa de cómo van las cosas. En fin Pilar, tú jodiendo y yo en la mar, sentencia. Es una frase que viene de una historia larga sobre infortunios y cuernos, en su tierra natal, en Baiona. Me cuenta sobre su padre, un hombre que muere con 34 años por un cáncer de pulmón, al tratar de encender un pitillo.

-Era un hombre que le gustaba salir, pero tenía que hacerlo acompañado. Llevaba instrumentos en el maletero, para que la gente los tocase, aunque no tuviera idea de cómo hacerlo. A mi madre aquello no le gustaba, tenía mucho sentido del ridículo. Al contrario que mi padre. Recuerdo haber ido con él de fiesta con trece o catorce años. Era todo un personaje. Nos gritaba ¿quién se viene?, como hacían los de los barcos en Baiona. Y eso sí, aunque estuviera hasta el final, a las ocho de la mañana iba religiosamente al trabajo. Todos los días de su vida.

Carmen es una mujer que desde joven se ha hecho a sí misma, y ahora con los que tiene, recuerda sus años mozos con cierta morriña. Con diecisiete años una amiga suya, una tal Paz, le enchufó para trabajar como doncella azafata de unos señores en las sobremesas. Esos hombres era ministros de Franco, pero ella no lo sabía. Hasta lo de Carrero Blanco, cuando su novio la llamó por teléfono y le preguntó que si sabía qué había pasado. Ella lo negó.
-¡Ay, Carmeliña, no se puede hablar contigo! -le reclamó el que luego sería su marido.
Entonces fue reconociendo la cara del que salía en la televisión.
-Pero si a ése lo conozco yo, que es amigo del padre de Paz. ¡Sí, y ese otro que sale también!
-Pero si ése es Arias Barros
-Pues a ése le sirvo yo, es amigo del padre de Paz
-¿Pero quién es esa Paz?

Tras otro vaso corto sin hielo, Carmen arruga la frente y me cuenta sobre sus maridos. Ha sobrevivido a tres. Todos jóvenes. El último a principios de este año.
-No vuelvo a pagar un pu... ñetero funeral más.

Al volver del hotel me cuenta sobre los casos de pederastia en Mindelo. Hace años, e intuyo sobre sus palabras que es actual. Para la furgoneta a la altura que da a la calle en donde me hospedo. Apaga el coche. Afina la vista.
-Recuerdo que a dos pasos de tu hotel, había un chiringuito regentado por un canario que se decía médico. Yo notaba cierto movimiento desde un prostíbulo que había a dos calles y su local. Un día avisé a mis técnicos que echasen un vistazo a ver qué veían. Me dijeron lo que creía. Una noche andaba por aquí para ver qué se cocía, y al rato una muchedumbre rodeo el garito del tipo este. Salía de allí con la cara sangrando y la boca partida. Pregunté que había pasado, y resultó que dos gallegos marineros habían calado en el puerto, y un colega los llevó al local. Allí se ve que el canario les ofreció niñas, y uno de los gallegos lo agarró del pecho y lo sacó de la barra, y allí los dos le rompieron la cara hasta desangrarlo.

Duermo con altibajos, y se lo comento al día siguiente a Carmen, que no se sorprende. Qué te da la nariz, me pregunta. Vamos a la feria a recoger los bártulos, y repartir cajas con zumos, vino y cervezas que sobraron. En una casa con decoración europea y muebles de Ikea, un perro me ladra. Fumamos mientras arreglamos el mundo, y como un trozo de bizcocho de chocolate. Nos despedimos. En el mismo coche recibe una llamada de la cooperación española, que responde a desgana. Claro, piensa, me llaman ahora porque este año prescribe. Van listos. Llama a dos de sus ojos derecho, y se tranquiliza. Está todo en orden, fue aquel cabrón que no quiso compulsar la documentación en el último tramo del proyecto. Decía que no estaba allí para hacer eso. ¿Y el proyecto? Pues un caos. Financiando tarde y mal. Ejecutando sin saber si podíamos seguir. Aunque ya no le sorprende. Le robaron ya tantos proyectos que apenas se inmuta. Me cuenta de varios, incluso del italiano que lleva un proyecto de la Aecid. Y cuál es el problema, pregunto. Pues ése mismo, que tiene que ser un español, o tener la nacionalidad. Y el italiano, ni lo uno, ni lo otro.
-Un día, hablando con Lucía, que no paraba de protestar, me decía, Carmen, es que esto no puede ser, es que de cada idea que tenemos, nos la quitan. Y yo le respondía que, bueno, a mí lo que me preocupaba era que fuésemos tan buenas identificando problemas y haciendo proyectos, para que siempre viniese alguien y se lo apropiara.
-¿Y con el Fondo Galego?
-Pues mal, pero fue hace años. Cuando empezaba. Me presentaron, y me ofrecieron colaborar.

Comemos en el Kuzinha, una casa con una entrada a modo de chiringuito, con cuatro mesas de plástico y una pequeña barra. Nos sentamos, y me dice detalles de la cooperación en Cabo Verde. De fondo se ve la cocina, y dos de sus amigas, las que habíamos visto en la fiesta de Calhao, salen a recibirnos. Es una casa de comidas, y la gente va a llevar los tupper y pagan al acabar el mes. Comemos atún.

-Fue en una ponencia. Nos llamaron a Lucía y a mí, y se nos ocurrió hablar de nuestra experiencia trabajando con los ayuntamientos. Si os parecen corruptos los de aquí, imaginaros en Cabo Verde, dijimos. Al cabo de unos días me llamó el del Fondo Galego poniéndome a parir. Tienen ese error. Trabajan con los ayuntamientos, y corren el riesgo de que les engañen, y el dinero se vaya por otro sitio. Ahí finalicé la relación con ellos. Ahora parece que la cosa remonta. Aunque hace poco presentamos uno, y nos dijeron que no entraba porque estaba escrito en portugués. Y ya me dirás.

Salimos y una mujer vende quesos hechos en casa. Una de las mujeres sale a despedirnos y habla con la mujer. Tiene la piel ajada, de muchos años. Bromean sobre las dos mujeres que regentan el local. Le pregunto sobre la homosexualidad en el país. Ahora van tirando, pero antes los insultaban por la calle.

Damos una vuelta y acabamos en un ultramarino a tomar una cerveza. Me habla de a lo que se enfrentaba aquí, entre políticos incompetentes y autoridades que miran para otro lado.
-Recuerdo un caso de un texto que escribí sobre la educación y la situación del menor en el país, y al poco tiempo el responsable del instituto del menor puso el grito en el cielo, y llamó al ayuntamiento para que me obligaran a rectificar. Les dije que no pensaba rectificar, pero en todo caso, que si alguien quería que lo hiciese, que lo presentaran por escrito. Ahora, tanto la persona del ayuntamiento que me llamó como el responsable del menores están imputados por la vía penal. Y yo aquí, que no me he movido. Ya ves. En fin Pilar...
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