8.09.2011

Pensamiento largo pese al cabreo.

Supongo que ya no podía más. Que tanto tiempo mordiéndome la lengua no iba a ser bueno, que algún día me sangraría y me haría pupa, que uno no puede luchar contracorriente consigo mismo, que te acabas quemando, nené, que eres un criticón de mierda y no lo puedes remediar.


Así que, una vez entonado el "hasta aquí hemos llegao", me propongo a soltar toda cuanta chorrada mental vengo macerando desde que empezó toda esta farsa. Y acabó -para mí- tan peligrosamente agresiva como empezó. Porque la última perla del imaginario "rebelde" de toda esta generación que tanto ruido está haciendo, ha sido tomar como portaestandarte de batalla a un chaval (que tiene 25 tacos, uno menos que yo, pero que considero mucho más joven teniendo en cuenta su profesión -futbolista de élite- al mostrar este gremio una incapacidad de adaptabilidad a su realidad inmediata muy por encima de la media) que ha renunciado a seguir esta profesión por principios. Y estos valores, muy encomiables y loables, son fruto de observar, mira tú qué avispado, que el viejo noble deporte de caballeros practicado por mulas (frase de la peli Invictus) es ahora pasto de corruptelas, mujeres de coño facilón y viruta "manchada con sangre". O lo que es lo mismo, que primero se negó a cobrar mediante domiciliación bancaria -ahora ya sabes, rebelde wuei, que es importante cobrar, pero evita que te lo entreguen en un cheque, aunque ignores el hecho de que es el propio banco el que te va a pagar a ti, y a todos los futbolistas del ramo, puesto que la liga sigue patrocinándola una entidad que invierte parte de su capital es la industria armamentística- y, segundo, devolvió un coche regalado que, a estas alturas, me pregunto yo si será como el chiste aquel de, Paco, te vendo un coche, y ¿para qué cojones quiero yo un coche vendado? Pues en esas, el joven, que está algo confuso, quiere dejarlo por todo lo anterior puesto, con la vista puesta en actuaciones más peligrosas que el 15M, si cabe, y entrar en una sucursal con una uzi y hacer ratatatatá a todos por igual, sin reparar -aunque es lo suficientemente listo como haber pensado en eso, supongo- que los jefes supremos raras veces tocan las sucursales, y por ése camino difícilmente podrá rematar su actuación. Y, entonces, ¿cuál es el problema? Cortada la cabeza, problema solucionado, ¿no? Pues la verdad es que no. Porque no hay peor mal que ese deseo fratricida creciente entre la población, escondido tras infumables ardides, de que todo cristo puede opinar, y si es blandiendo un arma, pues mucho mejor. Esta nueva ola -que de nueva no tiene nada- de productos televisivos a la sombra de Belén Esteban (que al final se convertirá, por extensión, en el referente iniciático en cuanto a temas correspondientes a los medios masivos de comunicación) o, lo que es lo mismo, de personajes que propugnan las virtudes de la inefable condición mágica que posee todo ser humano por soltar la lengua a pacer -tanto si no ha acabado la ESO y su experiencia profesional sea similar a la del pulpo Paul o haya tardado quince años en convertir su currículum en una biografía de Einstein amparado en varias tesis, curas contra distintos cánceres, saber cocinar y bailar y no conocer las maldades terrenales como el tuning o esa capacidad tan innata como chirriante de seguir todas las actividades de terminología inglesa acabadas en "ing" que, en el peor de los casos, provocan depresión, fracturas de huesos o, incluso, la muerte (una de las últimas, el "balconing", es productora de la selección natural -Deborah dixit- lo cual empieza a consumirme en debates internos de si es aconsejable, e incluso punible, este tipo de riesgo lúdico o, por el contrario, divertido y hasta relajante, el ver cómo la competencia del mañana se esfuma entre baldosines azules de la ciudad de vacaciones)- como decía, toda esta gente que se defiende detrás de la tan mancillada libertad de expresión es, y seguirá siendo, un enemigo a batir puesto que no es más que el resultado desastroso del supuesto principio que guía el plan educacional en este mundo, a saber, convertirnos de mayores en ciudadanos de pleno derecho, partícipes de la vida pública y consecuentes en la privada, actores, a fin de cuentas, de lo que nos rodea y nos envuelve. La sociedad, ya saben de lo que les hablo.

Este problema que nos atañe, como digo, no es el de no participar de nuestros problemas mundanos con nuestra palabra, sino democratizar la demagogia como instrumento catalizador de la voluntad individual y social de atacar dichos problemas mundanos. Porque en las palabras huecas reside el arma más eficiente de que disponen los malos, los de arriba, aquellos que nos asfixian y atenazan nuestras vidas. Basta hablar de un tema para que la trivialización y la banalización surtan efecto. No hay poder mayor que el que pueda generar el discurso tosco y vulgar de uno de estos personajes sobre, por poner un ejemplo, la reinstauración de la pena capital en los países nórdicos tras los terribles sucesos del nazi cabrón mata colegiales. Una serie de palabras -generalmente tacos- sobre la posibilidad de llevar a cabo el ojo por ojo -partiendo sobre este supuesto- en el preciso instante en el que un hijoputa de tal calibre toque un pelo a un familiar cercano -una hija, p. ej.- basta para llenar diarios, noticieros y conversaciones de bar durante un par de semanas, tiempo suficiente para que el mundo encuentre otra cosa en la que ocupar el tiempo y nuestras flamantes y rápidas vidas olviden los vacíos razonamientos de tales individuos suplantándolos por los nuevos, sin habernos aportado absolutamente ni un solo criterio, ni punto de vista, ni vago poso sobre el cual repensar nuestras opiniones y formar, al fin y al cabo, nuestra visión global sobre lo expuesto. Porque, ya puestos en el tema, es más fácil hablar que callar y, como vengo diciendo, es más fácil todavía hablar sin tener ni puta idea, que argumentar un par de cuestiones habiéndose informado -y formado- previamente. Así, con todo lo anterior, obtendremos a un pobre joven que, habiéndose percatado de la mierda de negocio en el que se ha metido, decide dejarlo, y a miles de lerdos haciéndole la cama porque a un periódico le dio por poner su valiente sinceridad en el tablón de noticias importantes, dejando de lado por completo su incapacidad para contar algo nuevo, algo realmente noticioso, o algo que nos vuelve nuestras preconcebidas ideas, valores o criterios y que nos haga pensar en ello. Más bien al contrario, nos olvidamos de lo que ya sabemos -o creemos saber- y nos centramos en las palabras del pobre joven, que generalmente suelen ser tacos y van acompañadas de sentimientos viscerales, lo cual le dan ese aura de "verdad" que necesitamos para pasar a la siguiente página del periódico sin dolor de estómago, claro síntoma de que nuestro Pepito Grillo está contento –el cual provoca descensos en los niveles de estrés, colesterol, triglicéridos, dopamina y culpabilidad personal-. De hecho, nos ofuscamos a tales niveles que defecamos en nuestra capacidad para imaginar lo inimaginable, de repensar lo impensable, para lanzarnos es visiones tremendamente parciales, carentes de perspectiva, al amparo de esa idea tan penosa como dañina de “no seré yo el que lance la primera piedra”. Nos da tanto miedo pensar por nosotros mismos que hasta el qué dirán se vuelve máxima indispensable de supervivencia social. Sabemos de la complejidad social y de las dificultades que entraña el acercarse siquiera a disponerse a lanzar dicha piedra, pero es fundamental, en el transcurso de nuestra dialéctica personal el tener un punto de apoyo, esto es, una cara y una cruz, una opinión bien definida, aun a riesgo de ser errónea, porque será nuestra maleta de viaje a lo largo de la vida, única e intransferible acompañante de juergas y desgracias. Por ello, es básico el contenernos, al menos unos segundos, al inicio de cada masacre verbal –e indispensable si sabes que tus palabras saldrán en la prensa- y observar el entorno inmediato que nos corresponde, y actuar en consecuencia de ése pie de apoyo que tenemos. Es por eso que, decir que el fútbol es “corrupción, dinero y muerte” es a la vez cierto y gilipollez que, con el tiempo, se convertirá en insulso y banal. Que un jugador de élite le vea las orejas al lobo no deja de ser justamente eso, un aviso de lo que vendrá o, si lo preferís, la punta del iceberg. Un comentario, una anécdota, transformada en cita célebre, en manual de consulta. No aporta nada nuevo, pero materialmente es una cantidad que nuestro cerebro tirará a la basura en un tiempo; tiempo que hemos invertido en leer eso y no en pensar en otras cosas más valiosas. Así, obviamos que el tejido empresarial de este país está vinculado a decisiones políticas o, mejor dicho, son las decisiones políticas las que están vinculadas a tal tejido, de forma que son nuestros actos comerciales (desde comprar en el Carrefour o ir al Zara, ver determinado canal de TV o escaquear las facturas del restaurante de siempre hasta invertir en bolsa, desviar capital a paraísos fiscales o cobrar exclusivamente en B, también conocido como cobrar en negro) los que delimitan mayormente nuestro entorno político y social; actos a los que, de una manera complicada –por lo radical de nuestra vida resultante- podemos rehusar. Porque, si bien podría ser el germen de una voluntad escondida que propiciará un nuevo rumbo social en el futuro, queda muy lejos de partir de esa base teórica fundamental para todo acontecimiento transformador, cuando lo único que suelta por esa boquita es aquello de “matarlos a todos” y punto. Camino fácil que toman todas las bestias pardas que pueblan este planeta, erróneo a todas luces y peligroso. Ése camino, no obstante, es tomado ahora por innumerables individuos mortales, que ven a este sumo pontífice como el salvador, o el salvado, digo yo, de una vida llena de pecados y males sin posibilidad de retractarse. Y lo del sumo pontífice, ya puestos, tiene una guasa del copón, en la cual se han volcado los rebeldes del 15M porque alguien puso en una web que el gasto generado por tal visita era igual que los recortes en educación. Ahora que releo el texto, cabe citar algunas frases cruciales que a la gente asidua al feisbuc le da por olvidar. No es que me lo haya inventado ahora, no. Un buen samaritano con el que suelo tener el gusto de dialogar, me soltó esta perlita así sin más, sin apenas matizarla. Porque lo dice un grupo del puñetero feisbuc, y amén. Lo cual me hace sospechar de si se creen que será así en todo el Estado o si, como aparece en la web de la acampada de Madrid, pertenece al gasto de la Comunidad de Madrid, además de algunas entidades (como el Canal 9, que afirman, está gestionado con fondos públicos) que también participan del evento, incluyendo empresas privadas en manos de amiguitos de cargos públicos -o ex cargos públicos, sin ir más lejos-. Y, pese a toda la marabunta de energúmenos encolerizados con tal pase de modelos (me refiero a la vista del Papa), la ira y el odio no va en contra de la visita misma, sino de la financiación con dinero público de la misma. O sea, que nos giñamos en el papamóvil porque es de color blanco y está limpio, pero queremos cargar contra la deficiente equidad en cuanto al gasto público, que prima un movimiento de masas cuya temática es ajena al Estado (porque se supone que somos aconfesionales) en detrimento de la educación pública. O lo que es lo mismo, me cabrea que el fútbol profesional lleve años subvencionado por el Estado, hasta el mismísimo puñetero momento en el que, esa misma actividad pública pase a manos privadas (recuerden lo del jugador borracho de multiculturalismo y hoteles a tres euros en Turquía) y lo que hago es, ir a un partido de primera división y tirarle huevos a los hinchas de las gradas. Y eso, pese a que, como claramente aparece en la web de la acampada de Sol, son varias las entidades que sacan provecho de tal actividad, incluyendo algunas gestionadas por cargos públicos escogidos a dedo por los políticos y sus amigotes (como el caso del Canal 9, que suponiendo que haya que manifestarse, ¿no sería mejor hacerlo delante del edificio de gobernación valenciano?). O sea, dejamos de lado la cuestión crítica (que atañe sin duda a los feligreses, puesto que ellos también son críticos con el disparatado gasto público que se enfrenta la comunidad de Madrid y, por ende, el Estado entero) de tal movimiento de masas y nos enzarzamos en una batalla superficial sin apenas valorar el efecto que tiene, para los que todavía no se han acercado al 15M, tales decisiones. Pues por primera vez, y siento muchísimo decir esto (y lo sentiré cuando sea un viejete con artrosis a punto del último suspiro) la Iglesia ha actuado conforme a lo que es, sin más pretensiones que las de siempre, esto es, una empresa con fines propios, lucrativos o no (yo creo que sí, sus acólitos dicen que no) que busca beneficios para sí y para nadie más. Tirar para casa, como hacen todas las empresas, incluyendo las que ahora son más honrosas y loables como las ONG, que también déjalas estar, manteniendo un rifirrafe con las fuerzas públicas y otros agentes en busca del trozo de tarta más grande. Porque, cuando todo parecía bien encaminado (insisto, sobre todo, al principio, cuando los malos eran los políticos y los banqueros) la gente se sumaba casi a tropezones, entusiasmada con la horda de buenas intenciones que ofrecía esta corriente; ahora ha dejado salir su lado más demagógico para enfrentarse a un par de coletazos populares que nos han soltado los políticos para que nos enzarcemos en una regañina entre nosotros mismos. ¿Y qué mejor para el divide y vencerás que soltar, en medio de la mesa, uno de los temas prohibidos? Ahora solamente falta que pongan el tema de los toros, y junto con el fútbol y la religión, ya tenemos el cupo completo para considerar esta tremebunda estupidez en una histórica guerra civil. Cuando podrían haber utilizado tal hecho como su mayor aliado, como acercamiento a todos los creyentes que necesitasen ayuda, dándoles cobijo y mostrándoles sus propuestas, e incluso participar en el evento (no estaría mal que la cúpula mayor permitiese a ateos participar, dejando entrever la posibilidad de usar eso como arma arrojadiza contra los malos, afirmando aquello de que hasta el Papa se pone de parte de los indignados), puesto que los católicos también padecen la crisis, son despedidos, pasan por etapas malas, comen los mismos macarrones del Día cuando no llegamos a fin de mes y suspiran de la misma manera cuando a la niña le han dado un curro para ir tirando. Porque en esta supuesta batalla contra los malos (los del comienzo, los malos de verdad, los que con toda esta patraña se están descojonando de lo lindo) siempre llega ése momento en el que se habla de números. Y cuando hablamos de números, nosotros somos más, siempre lo seremos. Pero, ¿no sería mejor que fuésemos muchísimos más?
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