1.11.2010

Cosas que se quedaron delante.

Bajé a la calle, abrigado con una bufanda y un gorro de aviador, una bolsa de bandolera con mapas, guías y un par de libretas y bolígrafos. Tenía una copia de las llaves del piso, así que cerré el portal por primera vez, y nos fuimos a desayunar, buscando un lugar donde hacerlo, mientras caminábamos por el margen izquierdo de la calle. Y los coches y las motos pasaban a nuestro lado a toda velocidad, e incluso los buses movían tal cantidad de aire que a su paso sentíamos las ráfagas de aire helado de invierno de postal. Aunque sin nieve, a uno se le amorataban los labios con solo pensarlo. Recorrimos un par de manzanas y alguien leyó en una pizarra que se hacían cafeses y se ofrecían bollos, así que, sin pensarlo, entramos. Era una pizzería italiana, muy original, un local pequeño con dos barras en los laterales y un recibidor lleno de expositores de varios pisos llenos de trozos inmensos de pizza de muchos colores. Nos acercamos y cada uno pidió lo suyo. Yo me tomé un capuccino con nata y un mini de salchichón. Abrí un periódico y leí los últimos titulares, aunque poco me importaban las noticias, ya desde hace un tiempo que esto ocurre, pero quería que fuese algo rutinario, como si lo hubiese repetido toda mi vida, y saboreé aquél café como si fuese el último. Entre sorbo y sorbo hablamos de comprar perchas, un cubo de basura para la habitación, y también de una mesilla de noche. Abrí un mapa y calculamos mentalmente las distancias entre zonas de interés, aunque resultaría curioso encontrar zonas de desinterés, y fuera, en la calle, un negro vestido de repartidor de Telepizza buscaba el número de algún portal que alberga un destinatario para la caja de cartón que llevase en su bolsa térmica. Le di un mordisco al bocadillo y luego hundí la cucharilla en la nata del café sin revolverlo, y rebosante de nata la volví a meter en la boca. Alguien me preguntó, con la boca llena de pan, que si me olvidaba algo en Ferrol que podría enviármelo por correo. Hay muchas cosas que me dejo allí, pero de todas ellas siempre me llevo algo, quise responder. Mi madre, una vez hubo masticado el trozo que le quedaba hasta haber vaciado los carrillos, urdiendo una buena respuesta ante mi silencioso comentario, prefirió asentir con la mirada. Entonces, entre dientes, cuasi siseante, recordé los momentos que pasé con mi camión de metal, la pluma y el tintero de color verdes, los vinilos de Massive Attack, el te visitaré prontito, mi cuchillo cebollero, aquellas velas baratas que duraron varios pares de noches, ver amanecer en Ortigueira, en Meirás, en Valdoviño, en Ferrol y en Coruña, un lápiz de ojos que usaba para pintarme solamente el izquierdo, la botella de Mezcal que no empecé, las miles de toneladas de gas metano traducidas en millares de pedos que sirvieron para hacerme más humano, el informe médico de la vez que me quemé el antebrazo, las tazas de desayuno de los beatles, de Evangelion y de Jack Daniels, el reiterado grita mi nombre, ¡ mi nombre! que tanto te gustó y que no es originario de mi repertorio, el uniforme al completo que devolví y los dos besos que me regalaste al despedirte, el calor de cien veces metiéndote mano debajo de una falda cualquiera, los posavasos raídos y fofos de las mañanas que pasamos al calor de una hamburguesa poco hecha, el aliento febril de mi sobrina pidiéndome que juegue con ella al día siguiente y las promesas de volver con juguetes y explicaciones mientras lloró por primera vez con un adiós, mi adiós, las malas digestiones de los bocatas de Chema y el inexplicable olor a chicharrón en la nevera del cuerpo de guardia al que siempre quise volver, y ese frío sepulcral de partidos de un fabril que aspira a millonario, con patadas en las costillas al rato que tú y yo nos curábamos en salud pidiendo demasiados pocos azucarillos en la cafetería, los saludos de una muchedumbre estilizada que no quiere mencionarse como tal, a unos uniformes rojos que sin encontrarle parecido a un acomodador lo buscaban a uno con la duda de si cobrar por ello o no, a las reiteradas veces en que te olvidaste en devolverme "los ojos de la guerra" y siempre deseé el volver a pedírtelo de nuevo al menos una penúltima vez, mis calcetines de colores rechamantes con dedos y el talón descosido y el gallumbo que no me puse pero que, aun sin tener un puto duro, envolviste en papel de regalo, el edredón nórdico de la cama y un sinfín de puntos suspensivos que no pienso contar en alto, el poso de café en los vasos de duralex y el culo congelado de aquellas baldosas de la cocina, cigarrillos frente a una ventana antigua de madera, en el Dublín con aquella manía del licor café y las putas fotos eróticas, en las mesas del Limerick mientras saltábamos de verdad la última vez que sentimos el suelo en nuestros pies, en los sofás del Circus cuando ella preguntó si era retrasado, y tú y yo nos echamos a reír y no paramos hasta alcanzar tu casa y nos sentamos en las escaleras cuando todavía fumabas, las maquetas de canciones que escuché en conciertos de garitos de mala muerte a los que iba sin saberme las canciones que nunca pedí y que siempre esperé que me cantasen, la caja de la píldora del día después que guardé como un fracaso en mi caja de recuerdos amargos, un listado de teléfonos viejos que nunca tiré por miedo al apocalipsis, a mi "amigo cojim" y los peluches de cocones, los potatos y las miniaturas pintadas por momentos en los que debería estar estudiando, el primer reproche de película que me soltaste antes de subir a la ambulancia por vez primera, saber qué significa ir a buscar toallas estando de servicio, y comprender que hay que ser muy idiota para que te hagan ir a buscar pilas para el pirulo, conocer que la abstención no se debe al azar mediante una serie de cientos de páginas de muestreos y pruebas estadísticas y saber reír con ello, conocer de buena mano a alguien que saque matrícula en técnicas y no con ello le impida seguir pasando apuntes, mi cara cada vez más agrietada en un espejo y unos brazos que me rodean en una mañana que comienza a las 13:45 de un domingo, las quemaduras de primer grado que tanto nos descojonaron cuando te conocí la primera vez que ya apuntabas tus locuras, y los millones de gracias, hasta luego, te echaré de menos, te quiero, hola, no te preocupes, eres un hijo de puta, te creo, puedo ayudarte, vámonos de farra, eres un fiera, nosotros, te vienes, progresa adecuadamente, me siento orgulloso de ti y adiós que recibí y que espero, algún día, poder devolver.
En la radio decían la temperatura existente en la calle. Unos siete grados. No hay problema. Me pongo los guantes y el gorro de aviador. Golpeo la goma de mis botas nuevas contra el suelo de la entrada y salgo a la calle. Nadie diría que empiezo una nueva vida. Viéndome así, tan seguro y decidido, parece que no todo está perdido, que me fui buscando algo que todavía puedo obtener, que no es demasiado tarde. No obstante, fallan el tiro. No saben que, para algunos, nunca es demasiado tarde.
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