7.02.2009

A los que están vivos, por los que están muertos.

Nervioso. Estoy nervioso. Me han pedido que vuelva a soltarla, a escribir algo como si fuese mi primera vez, a intentarlo de nuevo, y empecé recordando a aquella chica de dorados cabellos y brillantes ojos desnudándose delante de ti mientras, en un momento de pudor, tapabas tus sonrojadas mejillas poniéndote en la entrepierna un almohadón. Y en cierta manera, así es. Así fue mi primera vez. Como ahora, nervioso. Empezó fugaz, rápido, indoloro, inexperto e insípido, como si no te lo creyeras. Te desperezas de tus sábanas como quitándole importancia, cuando las calles no se han puesto todavía, y navegas entre sueños de tiempos mejores y mantas no tan sombrías, para darte de bruces con la luz centelleante que ilumina la avenida de los botellones, enfrascado en esmoquin de aguas y reflectantes que evocan constantes miradas de esperanza y ternura. Abriste la puerta, su puerta, perplejo. Como todas las veces. Miraste a un lado y al otro, y tardaste varios segundos en darte cuenta que aquello bien podría ser tu hogar en otro tiempo. Te dejó pasar, entre jadeos y susurros de desesperación. En la mesilla de noche había fotos de niños, y en tu juego mental de verlo todo desde otro punto de vista, recordaste lo sencillo que resultó meterle un gol de campeonato a uno de tus primos pequeños, por la escuadra, al momento que tu sobrina gritaba de júbilo y satisfacción y se te abalanzaba dispuesta a celebrarlo. Gritos y abrazos. Los tienes justamente ahora, pero no van en ese sentido, ni de lejos. Comiste apurado por los pasillos desmemoriados y asépticos de un silencio roto a ratos por retales de una vida que solamente verá su fin cuando éste tenga lugar. Pero no llegaba y tú estabas allí para averiguarlo, de forma instantánea, yendo directamente a ver a la camarera cachonda y dar media vuelta sin pasar ni por el retrete ni por los hombros del portero mazas que te conoce. Bajé las escaleras buscándome a mi mismo para acabar por no encontrar lo que buscaba, y volví a subir acelerado con más oxígeno del que abarcaba mi mano para ver cómo respirabas a tirones, entre mascarillas y tubos de plástico, como adornos navideños que sobran en el árbol, como los de aquel circo en el que cené con mi chica, rodeado de jaulas con leones de peluche, payasos camareros y maitres faquires que soportaban estoicamente las quejas de la clientela, retrato fidedigno de las fronteras a las que nos enfrentamos asiduamente, en esa lucha eterna entre lo real y lo que queremos ver, te bajé hasta la ambulancia sudando canciones de baile de graduación ásperas para poder consolarme al ver tanto dolo en alguien que, injustamente, no conseguía ni llorar. Normal, me dije. Acostumbrados a ese algodón ponzoñoso del que no queremos escapar, cualquier rasguño nos vale una tirita, material subversivo de nuestros engaños, que nos sirve, una vez más, como una mentira a la que no tardaremos en acudir una vez que los ojos de esa chica se acostumbren a ti, y decidas, tras unos cuantos órdagos, apartarla de tu vista y volver a empezar. No cejé en mi empeño en olvidarte, pues mi trabajo me lo exige, hasta que fue demasiado tarde, y harto como estaba de tomarte el pulso y la saturación en sangre, te miré a los ojos, grisáceos de fondo y blanquecinos en los bordes, y me dijiste, sin mover los labios salvo para respirar tu última bocanada, me muero. Te dejé con vida en triage, y el celador de turno sentenció cátedra demostrando que la experiencia es un grado. Sin apenas vanagloriarme tras el trabajo bien hecho, te dejé marchar con tu penoso aliento y supe, mientras limpiaba las manos de ese olor plástico mezclado con el tuyo, almizclado y desagradable como era, que en esos segundos que te dije adiós, tú ya no estabas. Tú te moriste en mis manos, cabrón. Y yo solamente hacía mi trabajo. Al volver agarré mi bolsa y me cambié. Metí las llaves en el contacto del coche y coloqué un cd en el reproductor y bajé la ventanilla. El sol bañaba las calles de un color anaranjado, levantando torres de sombras a su paso enfiladas, dejando entrever los últimos fantasmas de una urbe que siempre duerme, aun con los ojos abiertos y observando desgracias ajenas, contándoles sin tapujos la verdad única que rige la vida y la muerte, el dolor y el sufrimiento, la sangre, las vísceras, huesos músculos y piel. Los días pasan, la vida sigue. Todo lo que empieza, como esto que escribo, futil e insulso, acaba caótico, desgraciado y sin sentido. Pero son solamente palabras. No tiene por qué ser así. Recibo un mensaje. Un colega ha sido tío. Ha nacido alguien. Unos vienen, otros se van. Está amaneciendo y suena Reckoner de Radiohead. Para mí el día ha terminado. Son las 8:34 de la mañana. Arranco el coche.
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