9.27.2008

Sólo tu vecino es extranjero.

Ya recordaba, por aquel entonces, a aquellas fotos que tanto me gustaron y que, en gran medida, fueron las culpables de que el cosquilleo interno creciese y creciese hasta alcanzar la enfermedad sin remedio en la que estoy metido ahora. Eran de un tal Alfonso Moral Rodríguez, y contaban otra historia de tantas sobre la situación palestina. Hombres árabes disparaban balas al cielo, blandiendo rifles manufacturados en Rusia, mientras conducían restos de otra época con el logo de la General Motors, mientras sus mujeres enseñaban el corán a sus hijos, con la botella de CocaCola al lado, y los menos que corrían delante de las orugas de un tanque tirándole piedras a un ejército adiestrado por estadounidenses, franceses, alemanes y británicos, colocando minas españolas en los laterales de las avenidas principales, con el brazo levantado en señal marcial al ver una tropa uruguaya de los cascos azules, o diciendo sí señor al jefe que, con tanto movimiento, y para evitar futuros orgasmos mentales, monitorea la avanzadilla con un ordenador seguramente creado en la India, China o, quizá, en su propio país. Entender esto es comprender la dinámica de los conflictos de toda la Historia Contemporánea, concretamente a partir de la Segunda Gran Guerra. Es tontería seguir pensando en nacionalismos baratos. El problema es de todos. Ya recordaba aquellas fotos que tanto me gustaron. Al poco leía en un artículo de Bauman que, en el año noventa y cuatro, un cartel, que estaba pegado en las calles de Berlín, ridiculizaba estos referentes territoriales que no podían reflejar la realidad del mundo: "tu cristo es judío. Tu coche es japonés. Tu pizza es italiana. Tu democracia griega. Tu café, brasileño. Tus vacaciones, turcas. Tus números, árabes. Tu alfabeto, latino. Sólo tu vecino es extranjero." Y, sin acabar de creérmelo, cuando salgo a la calle todavía me encuentro a gente que prefiere no salir de su parcela, y cuando lo hace -generalmente por cuestiones laborales- antes se asegura de mirar a los dos lados por si viene alguien, para volver al hogar y rebentarle los dientes a la mujer, los hijos y el perro, si se tercia, entre canal y canal, como aquél animal que conocí en Cartagena, hasta que se cansa de su ira y le falta tiempo para decir que la culpa no es mía, es de los profesores, del sistema educativo, del pesoe, del pepé, y de la madre que los parió a todos. Y cuando se le acabe la cerveza americana y apague el televisor japonés, dejará el sofá del salón sueco, para subir a la habitación a echarle un polvo a su ya maltrecha mujer, y le pedirá que se ponga aquel conjuntito tan mono que le compró en aquella tienda francesa, que hoy, el león, tiene ganas de fiesta. Y tras siete minutos de sudorosos espasmos animales, se echará la cabezadita, y al volver en sí verá otra vez la tele para darse cuenta que son los otros los que no son naturales, mientras suelta espumarajos contra homosexuales y rojos, hasta dar con su sentido al ver una biblia de tapas duras escrita en latín que se publicó en una imprenta que hay en Sudán. Y tras calzarse sus mocasines de producción vietnamita, se dirige con los colegas al Burguer King, y después de la panzada de grasa pide el café con sacarina y otea en el horizonte un barrio lleno de negros y mulatos. Qué asco, se dice a sí mismo. En este país no deberían aceptar a gente así. Y como no está acostumbrado a pensar tanto en tan poco tiempo, y la furia le nubla la vista, se lleva dos aspirinas a la boca, como si los leones y los negros, pudiesen, tan naturales como son ellos, hacer exactamente lo mismo.
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