10.27.2007

Triste análisis enfático.

Llevo una semanita tela. Tela tela marinera, ya sabéis. Cada vez me llevo peor con mi mala hostia. Hoy es uno de esos días que no admites nada sin que no sea con un fruncido de ceño o un disculpen las molestias pero veo necesario el cagarme en todos sus muertos.

No obstante, como cada día uno va haciendo callo con estas y otras cosillas, ahora que me he sentado delante de la pantalla tonta a escribir unas líneas dispuesto a no dejar títere con cabeza, me veo en la obligación de dejar de lado el autodestructivismo y convertirlo en una especie de sátira constructivista y, a la vez, reconfortante p´al cuerpo serrano.

Y mire usted que lo que yo venía a contar en estos instantes tiene que ver con el cabreo semanal que llevo arrastrando. El caso es que el año pasado, debido al patinazo brutal que padecí, tuve que replantearme muchas cosas. Entre ellas, y quizá la principal y más importante, es sacarme la carrera. Ardua tarea esta tras rascada anual de entrecejo pelotil inferior -el superior se rasca cuando el acojone común- y más aún cuando el personal de los aledaños no ayuda mucho. Lo primero es de fácil arreglo porque es un problema personal que tiene que salir de uno mismo, exceptuando, claro está, a los vagos de cojones que toda la culpa encuentran en sus alrededores; lo cual no deja de ser paradójico, porque son los mismos vagos de cojones, sí, sí, esos vaguetes que solamente piensan en lo triste que es el mundo, pues esos, son los que reniegan una y otra vez la existencia de otro mundo que no sea el suyo, o sea, el que niegan a aceptar y sin embargo ven como el grand mal de sus vidas.

El problema viene cuando la iniciativa está consensuada contigo mismo, con tu cerebro, tu pirola y tus brazos, pero cuando llega el momento de exponerla al exterior, todo se viene abajo. Esta semana -y las dos anteriores, añado- han estado repletas de frustraciones a nivel personal provocadas por una marea de cuchicheos y comentarios estúpidos por lo bajini. A saber, cuando uno está en clase y quiere atender, lo hace. El que no quiere hacerlo, no lo hace, y se larga a la cafetería -que es lo que todos hemos hecho-.

No obstante, todo esto es todavía, si cabe, mucho más curioso de lo que se puede creer en un principio. Y ahora llega lo mejor. Se trata de la parte en que yo me dedico a analizar a toda la prole con el único y último objetivo de sacarles toda la mierda que llevan dentro. Y haciendo un breve escaneo me encuentro con un dato estremecedor. La generación que va un año por detrás, los del 86, tienen las mismas reacciones frente a una cabeza pensante -véase profesor de universidad consagrado, esto es, que no es un coñazo- que ante la pantalla del ordenador, del móvil, de la tele, de la botella de mocho o frente a dos tetas. Infantiles, ingenuos, incompetentes, insolidarios y un poquito gilipollas. Hacen los mismos putos chistes de cuando íbamos al instituto, frivolizan con la imagen, con las palabras, incluso alguno hay que lo hace con los sentimientos, llegando a anularse por completo, convirtiendo sus vidas en una pasta amorfa y homogénea. Los que fuimos en su día al botellón lo hacíamos por una razón: todo era caro, no había pasta, a veces no te dejaban entrar por ser menor. Buscábamos siempre algún truco que nos hiciese entrar en calor para así poder burlar nuestra conciencia a gusto y tratar de amargar nuestras almas con alcohol y tabaco. Que no había, pues a otra cosa, mariposa.

En los tiempos que corren, que alguien de alguna generación nueva de las que hay por ahí te suelte que lo hace por las mismas razones que alegamos otros en su día basta para un descojone general. La misma risa entra cuando ves que otro se vanagloria de lo triste que es la vida, del suicidio, de la abulia -sí, por favor, mirar qué significa en el móvil, mamones, que no sabéis siquiera usar la enciclopedia- e, incapaces de valorar una cama recién hecha o una comida caliente, sus esfuerzos quedan atrapados a una identidad tan efímera como su inteligencia. En su afán por pertenecer a un grupo social con amplias y variopintas formas de expansión personal, sus palabras no son más que cualquier otra sentencia tipificada que cae al vacío sin repercusión alguna. No es como Susan Sontag decía -frase similar a lo que el colega Mike contaba hace pocos días- que nuestra vida, la vida de los que queremos tocar las pelotas aunque sea lo último que hagamos en nuestras vidas es como tirar piedras sobre un estanque. La piedra se irá al fondo y todo se acaba. ¿Se acaba? No, porque esa piedra que cae al fondo del estanque crea ondas, ondas que alguien sentirá como propias. Es entonces cuando ese alguien se levantará, agarrará otra piedra y volverá a tirarla al estanque.

Como un profe me enseñó hace poco, la gente del ahora son como paseantes urbanos agonizantes, gente que en cuanto conecta el manos libres de su teléfono móvil deambulan, hablando en voz alta y solos, como esquizofrénicos paranoicos, sin conciencia de su entorno inmediato. La introspección es un acto en vías de desaparición. Cada vez son más las personas que, al encontrarse frente a momentos de soledad en sus coches, en la calle o en las colas de los supermercados, no se dedican a ordenar sus pensamientos, sino que repasan sus mensajes en el móvil en busca de migajas de evidencia de que en algún lugar hay alguien que les necesita o quiere algo de ellos*.

Resulta triste verlos así. La verdad sea dicha. En su día ya aprendí que la gente, además de estar muy sola, es muy egoísta. Pero no puedo evitar apartar la mirada y verlos con sus frases inconexas y sus despreocupaciones y sus pocas metas y horizontes. Lo siento, pero no puedo.
*: Andy Hargreaves, Teaching in the Knowledge Society: Education in the Age of Insecurity, pág. 25, Open University Press 2003
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