10.10.2007

Los chicos majos también saben llorar.

A punto de tirar por la ventana el televisor tras ver el anuncio de un documental sobre la primicia de cómo las pasan putas los que van en patera, mi cerebro, actuando como se espera, es decir, buscando la salida fácil, rápida y a ser posible útil, ha rememorado viejas anécdotas y las ha solapado con otras del mismo tenor, haciendo que mi mala hostia inicial -ya hubo un documental hecho por Fernando Quintela, reportero de guerra e investigador que se jugó la vida y estuvo a punto de palmarla en el canal- se tornase a un sentimiento mezcla de cinismo burlón y melancolía.

Es que hace un par de días le comentaba al jefe de pelotón -cada vez me la pone más dura el hablar en plan militar, joder- que el cabo Mike y yo presenciamos una situación que venía a confirmar lo que pasaba delante de mis narices unos artículos más abajo: el escrito sobre el conductor majo de la línea cinco y el día en el que la civilización funcionaba en base a los preceptos teóricos que todos conocemos (ein¿?).Y como se me está yendo demasié, monamí, te contaré lo que pasó.

Acabada mi jornada -que creo era la calle Orzán- me arrejunté con mis apañeros de pelotón, o de escuadra, bueno, no sé cómo carajo se dividen pero es igual, hay que rellenar de letras esto que si no la gente dice que me rasco el entrecejo inferior, pues a lo que iba, que estábamos los tres juntos y yo les contaba mi mala milk y esas cosas. Nos despedimos y Mike se queda conmigo. Nos subimos al bus, de la línea cinco. Sí, supongo que os lo imagináis -menos tú, cerdo de las pelotas que vienes buscando a gente cogiendo, niñas borrachas haciéndolo y cosas así, cabrón, que apareces en el recuento de la página, tontolnabo-, era el mismo conductor majo de la línea cinco. Con sus gafas y su mueca graciosa, estaba hablando con los mayores que se situaban más cerca de su asiento.

Codeé a mi colega y le cité a que observara lo que estaba pasando, por aquello de confirmar lo que le había contado días atrás. Y no se hizo de esperar. Al rato llegamos a una parada y un señor muy mayor, tembloroso y enclenque, intenta bajar de su asiento. Con mucha dificultad lo consigue pero ahora ya tiene el antebrazo del conductor majo de la línea cinco que le acompaña hasta la puerta, luego baja los escalones antes para extenderle los brazos y abrazarlo, "como si fuese mi hijo" le decía el conductor al señor mayor y así lo llevó al suelo. Se despidió cortesmente y prosiguió la ruta.

A Mike, a mí, a todos los que presenciamos la escena se nos corrió el rimmel de los ojos con tanta llorera.

A los pocos días me encontré de nuevo al conductor majo de la línea cinco, ya convertido en todo un mito. Pero estaba de mala hostia, y aunque conservaba su educación y cordialidad estaba mucho más arisco e irascible que nunca. No quiero entrar en detalles que ya sé que tenéis un aguante del carallo y que aburro mucho, así que no entraré en más detalles. Lo único que pasó fue que, al final, salió de la nada otro personaje típico -que viene muy bien a los que no sabemos escribir para dar un toque de credibilidad a la historieta-, un niño, que le ofreció chistosamente el dinero que su madre le había dado. Le hacía ilusión pagar. Respondió con un gracias, buenos días y tal. El conductor majo de la línea cinco, sorprendido, afirmó que...

-Eres un chico muy educado.
-Mi madre me enseñó que si era educado la gente estaría más contenta.
-Y no sabes lo certeras que son tus palabras.

Que ya se sabe que los niños y los borrachos siempre dicen la verdad. Y a mí y a todos nos viene muy bien toparnos de cuando en vez a gente que ve con buenos ojos a sus semejantes.
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