8.13.2007

El conductor majo de la línea cinco y los argentinos.

En mi afán por controlar en demasía todos los aspectos cruciales de mi vida, este año he llevado no pocos palos en la coronilla. Así que, para que no se diga que por momentos parece que pienso, he vuelto a las andadas, y no he podido resistirme a deambular por las calles como alma en pena. Y he de reconocer que lo echaba en falta. Aparqué el coche de los cojones -cada vez lo llevo peor- y me recorro unas cuantas rutas en bus urbano, el mercedes rojo que tanto me gusta. Surtidor gratuito de anécdotas e historietas durante mucho tiempo y que últimamente, por lo que acabo de contar y otras cosas que no vienen al caso, tenía abandonado. Y parece que en todo este tiempo, el mercedes rojo me estuviese esperando, impaciente, para contarme todo aquello que este año me he perdido. En cuestión de días, mi cabeza ya estaba sobresaturada.
Era por la mañana, y tenía un cabreo del copón porque no había dormido nada. Compré una caja de tabaco negro. Me fui a la parada más próxima, esa que está en Ronda de Outeiro, en esa glorieta en la que tanta gente se insulta y se pone a caldo. Pues bien, allí, en las escalerillas del antro del cuarto oscuro del que no recuerdo el nombre -creo que se llama Glamour o algo así- me encontraba yo descansando el temible café rancio mañanero y las tostadas secas, dispuesto a sacar un pitillo cuando a un metro escaso se apostó una familiar nuclear, a saber, padre y madre, niño y niña. Hablaban argentino, voseo incluido y ese toque en la e que tanto me gusta. Se preguntaban qué bus había que tomar. De no ser argentinos dirían coger, por tanto mis sospechas estaban claras. Turistas, muy bien vestidos, con toque de coronel tapioca, así en plan aventureros, colores tierra suaves y calzado cojonudo. Miraban todo con entusiasmo. Yo a ellos con indiferencia. La mañana no presentaba mayores intereses hasta que la hija, curiosa por su entorno, giró la cabeza hasta darse con el letrero del bar que hay al lado de donde yo me situaba. El título les pareció interesante. Cafetería Islas Malvinas, decía el susodicho letrero. Y con razón les parecía interesante, forma parte de su historia bélica, guste o no. Pero esta serie de recuerdos son pesados y duelen mucho. Es como ponerle a una tienda de otro país el nombre de Bailén, o Jarama, o puestos a joder la marrana, ponerle Valle de los Caídos, o algo similar. Pensando esto me centré en sus gestos, en sus respuestas. Y no decían nada más allá de lo común hasta que empezaron a comparar su ciudad natal con Coruña. Por lo que acabaron contando eran bonaerenses, porteños. De Buenos Aires. Y decían que, hay que ver, lo tranquila que es esta ciudad, y lo educada que es la gente, y qué bonito, y qué bien ciudado está todo. Al escuchar esto me chirriaban los dientes pero decidí continuar poniendo la oreja a lo que decían.
Llegó el bus de la línea cinco, y subimos todos. Me encontré con un conductor bien majo, atento, que llevaba gafas oscuras de sol y, de no ser porque ahora mismo solo me atrae una persona, diría que era un tipo bastante atractivo. Al subir me coloqué de pie, entre los asientos delanteros del bus que están en fila, la familia porteña a dos pasos de mi, en la misma posición. Y, lo creáis o no, todo lo que sucede me dejó atónito. Al rato paramos en otra parada, y el conductor majo saludaba a todas las señoras mayores con un buenos días, y les pedía por favor que enchufasen su tarjeta en uno y otro chismirolo electrónico traga tarjetas de bus. La reacción no se hizo esperar, la familia argentina comentaba al unísono que qué educados eran los conductores aquí. Me salió sin querer una risilla maliciosa, no porque erraran en sus palabras, porque el conductor era bien majo y educado y nadie podría negarlo; lo que me hacía gracia era que se fueran a dar con el único conductor con tales características. El viaje proseguía y llegaba más gente. Mayores de mu avanzada edad, que ni podían mantenerse en pie, eran ayudados por jóvenes que, además de cederles el asiento, les sujetaban los antebrazos para facilitarles la ya tortuosa operación. Mis allegados los de fuera aplaudían a corrillo lo que estaba pasando delante de sus fuciños. Dos minutos más tarde, cruzamos una calle en la que los coches parados en doble fila apenas dejaban sitio a la mole roja para pasar. El conductor pidió disculpas por la situación, se bajó y midió a grosso modo si cabría. volvió a subir y pasó con toda la precisión que un iluminado divino tiene. Mis colegas del mate y dulce de leche flipando en colores digitales, reuniéndose de cuando en vez, acercándose las mejillas y contándose lo impresionados que estaban del civismo que presenciaban. Es evidente que mi risilla maliciosa fue aumentando hasta convertirse en un rasgueo de garganta escéptico. Aquello no era normal. La gente educada, como ya cité, cedía el lugar de posadero ojetil al mayor incapacitado, los jóvenes no llevaban el mp3 a toda hostia, ni siquiera los coches soltaban ese tan conocido hijo de la gran puta al gremio busero en cuanto éste pisaba de más el acelerador. Bajé en mi parada con la cabeza destrozada, hecha añicos. Fui al encuentro de lo que tenía que hacer y volví a coger el bus, esta vez de otra línea. En esta ocasión no había tópicos invertidos ni medias verdades. La familia de tango ácido ya no estaba, y todo parecía volver a la normalidad. El busero, que me suena de verlo en más ocasiones, era un gilipollas de estos que parece que les debes pelas, la gente maleducada, ni servicial ni pollas, y el único gesto amable que me encontré fue en el cruce del Manhattan, en la plaza Pontevedra, cuando un conductor de un turismo le recomendó al busero que se fuese, amablemente, a tomar por el culo.
Regresé a casa desazonado y malhumorado. Al ir a la cocina me di de bruces con el paquete de mate que todavía guardo -porque no he conseguido acabarlo- y recordé con melancolía las palabras de la chica que nos hizo de guía al llegar a Buenos Aires. Recuerdo, también, que cuando nos fuimos nos preguntó por cómo nos habían tratado sus compatriotas y nosotros, mi hermana mayor mi madre y yo, dijimos que muy bien, que hasta los taxistas eran buenos y amables. Era evidente que mentíamos. La chica que hizo de guía turística y el conductor del coche se rieron al unísono, comentando que sí, que habíamos tenido mucha suerte de encontrarnos a taxistas honrados pero que no era lo normal. Y fíjate tú, que de haber entablado conversación con esa familia que vi en el bus les habría dicho exactamente lo mismo. Que aquí no todo es oro lo que reluce, ni educados todos los que piden perdón.
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