7.26.2007

El tiburón del tipo número uno que quería ver mundo.

Otro libro llega a mis manos, ahora que estoy yo tan reflexivo como nunca, tras arduo esfuerzo tirando de memoria, para llegar a dilucidar lo que sigue. "Los ojos de la Guerra" del maestro Manuel Leguineche y el gran Gervasio Sánchez ha pasado a mejor vida, y tocan mis dedos roñosos las viejas tapas de un arañado ejemplar de Fragmentos de Parménides, Heráclito y tantos otros. Todavía no he podido acabarme al jodido de Henry Miller, y Larra se hace, por momentos, tan satírico que de tanto descojone no puedo seguir leyendo. Ese colega era un genio.
Mientras, en lo que se refiere a mi persona, vuelvo a las andadas de acabar conversaciones a las cinco de la madrugada. Ya se sabe, aunque existen perros de guardia y perros de presa, siguen siendo los dos el mismo animal. Solapando ese tipo de visiones cargadas de valores y de sinceridad, con otro tipo de anécdotas y curiosidades singulares del mundo animal, contaré lo que ocurrió hará menos de una semana.
Comiendo, perdón, jalando como un cerdo, porque tenía ganas y así entré a puerta gayola, estaba en casa de mi hermana mayor, acompañados también del maromo de ésta. El maestro coral Guan. Ensalada de cositas pequeñas -maíz, pasas, trocitos de manzana...- acompañada de dos cuencos: uno con arroz y otro con pasta. A gusto del comensal, uno varía de ambas, o de una o ninguna. Yo opto por el arroz. Se sirve una, luego me ofrecen, esto no, de eso otro, gracias, y ahora tú, jefe, y el maestro Guan alza la cuchara para sumergirla en el cuenco más alejado, el que alberga una prole de tiburones del tipo número uno, de ésos que son como cilindros con forma curva, estriados y algo amorfos pues uno de los extremos está más achatado que el otro. Todos servidos, procedemos, como establece la normativa consensuada por todos, a embadurnar el plato con los siguientes productos: aceite, vinagre, especias y sal. Se remueve un poco el resultante y lo que sigue es lo que todos saben, a no ser que, en este caso, la lógica del prodedimiento, lo mismo que la lógica de los acontecimientos, se vea alterada por un hecho que, no esperándolo nadie, altere el proceso vital llegando, por conclusión, a contarlo como lo estoy yo haciendo ahora. Y dicho suceso es el siguiente. Cuando comentaba el acto de aliñar la ensalada servida, lo que seguía era lo que todos sabemos. Engullir. Jalar como cerdos como al principio se cuenta. Pero esto no fue tan exacto porque, en el preciso instante en el que el maestro Guan se llevaba el tenedor a su boca, un tiburón del tipo número uno fue a parar a la mesa. Asombrados todos, el maestro Guan exclamó, sorprendido como estaba, que aquel trozo de pasta se había caído, o mejor dicho, se había suicidado. Extrañados ante tal conclusión, prosiguió argumentando que aquél había preferido la muerte antes de caer en sus fauces. Curioso era, por lo tanto, percibir un atisbo de dignidad en dicha gesta. La risa no tardó en llegar. Sin embargo, nada de aquello se podía negar. La realidad, nuevamente, nos había sorprendido. Un tiburón del tipo número uno se había embarcado en una solitaria misión altruista, austera, inconformista. Y suicida. Creyente o no -eso nunca llegaremos a saberlo- aquel tiburón evitó su destino, contrario a lo que todos pensábamos, saltando del tenedor y cayendo a la lisa superficie de la mesa.
Tras un largo intercambio de pareceres, uno de los tres -no recuerdo quién- afirmó que era mejor no contar nada, porque el airear la contienda podría crear un efecto llamada y los demás compañeros del primero, del tiburón del tipo número uno que se lanzó a la búsqueda de un futuro mejor evitando una muerte segura, se lanzarían también fuera del cuenco, a su suerte, en virtud siempre de su creencia firme y segura que sentencia aquello de antes muerto que engullido. Posteriormente, los tres que estábamos, zanjamos el asunto porque ya conocíamos antecedentes. La Historia surte muy bien de ejemplos a quien quiere leerla. La publicidad, la propaganda, han sido fieles compañeras de gestas similares. De las aventuras hercúleas, de la guerra de Troya contada en la Ilíada, de los viajes de Ulises en la Odisea, pasando por la Batalla de las Termópilas contada por Heródoto, a las publicaciones -franquistas y republicanas- antes, durante y después de la Guerra Civil en el 1936. Nunca ha habido un arma tan fuerte y tan peligrosa como la palabra. Y, por lo tanto, habría que negar dicha palabra para "evitar" males mayores. Quién sabe, me preguntaba, si quizá alguno de estos tiburones no estará pensando lo mismo que el que estamos retratando durante tanto tiempo. Qué maquinarán sus amigos, sus familiares, sus vecinos. Incluso aquellos que lo han visto pasar en algún momento de sus vidas, aquellos que sintieron un aura especial que le recubría, aquellos que, como la chica que le vende el pan todas las mañanas, le dedican una sonrisa cómplice, o como el librero, con el que mantiene pequeñas conversaciones sobre títulos interesantes como esos que hace poco quise encontrar, ya saben, que todos, o casi todos hemos intentado leer, como Un Mundo Feliz, de Huxley, que estaba en edición de bolsillo y yo sin enterarme, o Historia de España contada para escépticos, de Eslava Galán, o ejemplares de Gervasio Sánchez en gran formato, o ese otro que me topé queriendo buscar un aseo, el de Truman Capote. Quién sabe qué pasara después o, mejor dicho, qué pasará cuando los demás se den cuenta de que falta uno, uno de los tibures del tipo número uno, y nadie sabe por qué.
Como ya expliqué en un principio, dicha anécdota estaría influenciada por el hecho que sucede días después: una conversación entablada durante horas con uno de los perros de presa que mejor me cae, el colega Mike. Pero he de reconocer que lo escrito anteriormente no tiene nada que ver con dicha conversación. El relato es veraz y no hay mucho más que contar sobre él. Pero el caso del ahora mismo viene a explicar lo siguiente, a saber, que una de las muchas cosas que hablé con el colega Mike fue justamente eso, la dignidad que surge tras salir directo contra el muro, a sabiendas de que no existe nada que ganar y mucho que perder. Y quedándome el intringulis de contar algo así, escribo esto, y me gustaría añadir el final, tanto de la historieta del tiburón que quería ver mundo como del encuentro tan magnífico que, durantes horas, mantuve con un compañero del gremio. Así que, parafraseando un anuncio que comentábamos -creo que era de Discovery Channel- pienso...
En la historia de un tiburón del tipo número uno pueden pasar dos cosas: que se quede donde está o que salga del cuenco. Si se queda donde está todo se acaba, está bien, pero si sale del cuenco pueden pasar dos cosas: que acabe masticado y regurgitado, o que se lance al vacío. Si acaba masticado todo se acaba, está bien, pero si se lanza al vacío pueden pasar dos cosas: que alguien lo tire a la basura o que sobreviva en la mesa. Si alguien lo tira a la basura todo se acaba, está bien, pero si sobrevive en la mesa pueden pasar dos cosas: que se acabe pudriendo o que alguien lo devuelva a su sitio. Si se acaba pudriendo todo se acaba, está bien, pero si alguien lo devuelve a su sitio pueden pasar dos cosas: que no diga nada o que cuente su experiencia. Si no dice nada todo se acaba, está bien, pero si decide contar su experiencia fuera del cuenco pueden pasar dos cosas: que sus colegas pasen de él o que piensen sobre lo ocurrido. Si los colegas pasan de él todo se acaba, está bien, pero si optan por pensar sobre lo ocurrido pueden pasar dos cosas: que prefieran conformarse con lo que hay o que actúen en consecuencia. Si prefieren conformarse todo se acaba, está bien, pero si actúan en consecuencia pueden pasar dos cosas: que se queden donde están o que salgan del cuenco.
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