6.03.2007

Cómo un hombre solo levantó la bandera de Iwo Jima.

Reservarse la última caja de cartuchos para no utilizarla jamás. Una frase de esas con un único sentido, basado en hechos reales que sólo conocen aquellos que lo vivieron y lo sufrieron. Hasta el último, todo quisqui en pie de guerra. Y nada de rajarse, que ya conocemos al humano medio de sobra como para andarnos con jueguecitos. Y esa imagen de duro que parece no acabar, y esas frases tan contundentes, y las agallas, y la mala hostia que te entra al ver que a tu colega le están dando las del pulpo y alguna más de regalo y no puede más que aguantar el chaparrón, ventilándose cajas enteras de tabaco en cuestión de horas. Y luego los hay, desalmados ellos, que se sorprenden al ver cómo te encaras, aunque sepas muy bien que tu amigo la está cagando. Y mucho.
Pero no puedo evitar soltar la lagrimilla con cosas como estas. Porque no hay nada más precioso que encontrarse, en medio de la marabunta de subnormales y pensadores de juja, a alguien que se arroja al vacío sabiendo que no tiene nada que ganar y mucho que perder. El pundonor de seguir ahí, delante de la pared sin mover un músculo ni girar la cabeza para ver más allá. Y seguir llevando palos sin decir ni pío. Con la cabeza bien alta y tragando saliva con cada patada en los dientes. Tan trágico como ver el último amanecer y tan doloroso como el olvido, los auténticos enamorados tienen granadas, sangre y trincheras dentro de sí, y ni siquiera se dan cuenta de que todo empezó por un beso -Raquel Seco dixit-.
Nos pasamos mucho tiempo -sus consejeros- mordiéndole las orejas en cuanto aullaba a la luz de la luna, apagando aquellos estúpidos cigarros al reflejo del torrente de agua que lavaba el negro de nuestras almas. Y nos preguntaba por qué, y nosotros, armando el escudo y cargando armas, salíamos como perros de presa disparados a reventarle la ilusión. Pero él seguía inmóvil e inquieto, con ese caos orgaizado que tanto le caracteriza. Llegaron a advertirme de lo peligroso que era, y se lo dije. Quería que le contara lo que él quería oir, y no lo que de verdad pasaba. Que el amor no siempre es la hostia, ni para siempre, ni siquiera los árboles conservan los corazones inscritos. No mandar a la mierda con todo. No abandonar el puesto. No abortar. Nada de rajarse. Ni pensar en volver la vista atrás. Tú nos lo dijiste, convencido, de que ése era el camino. Todo por ella, por ellos. Todo por todos. Todo para todos.
Y nos equivocamos. Y al final venció la luz sobre la oscuridad. Mientras tanto, la misma tropa de hijos de puta, como tú, como yo, como todos los que seguimos por la senda del perro guardián sin esperar nada a cambio, lamemos nuestras heridas y esperamos a que alguien nos pida un poco de compañía. Aprovechando siempre toda la munición que tenemos y guardando los últimos cartuchos de nuestra existencia para no usarlos jamás. Porque siempre estarás al pie del cañón, y nosotros siempre te respetaremos por eso.
Gracias Mike. Muchas gracias.
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