5.15.2007

Cotorras de pocamonta.

Y tiene razón cuando me suelta el rapapolvo alegando que ellos son los responsables de su propia vida y que quién coño soy yo para juzgarlos. Además, el otro día se me acercó Dios -que, para quien no lo sepa, es mujer, tiene 21 tacos y estudia Filosofía- y contaba que ella intenta no interferir demasiado en asuntos personales. Sin embargo, lo que realmente me mosquea, amén de tener mucha guasa el asunto, es que siempre abogo por dejarlos correr, que se hostien ellos, que ya aprenderán.
Será que, en lo tocante a terceros, la cosa ya no me hace tanta gracia. A saber, que entiendo que allá cada cual con sus cojones y sus miedos, pero que se controlen, que no contagien, vamos. Porque de ser así, el daño ya no queda en el individuo mismo, no. Se expande, como un virus, y entonces empiezan a aparecer gilipollas en los aledaños, contándote todos la misma murga bobalicona, que llena mucho pero no dice nada. Ya sabéis cómo va. Cuando sigues una moda -o persona, o forma de pensar, o lo que sea que te acabe anulando como ser cuasi pensante- las neuronas se queman y no se conectan, como superglú para porexpan. Lo de partir uno mismo desde la ignorancia y la humildad, parafraseando los tres primeros puntos del método cartesiano, ya no se lleva. Hace poco hablé con uno de los hijos de esa carencia ignata de perspectiva y cautela, y ni siquiera era consciente de eso que contaba aquel chino -un tal Confucio, o Lao Tsé, no estoy muy seguro- que para comprender el presente y actuar en medida con el futuro, era necesario conocer el pasado. Parten del ahora, del momento, y no se preguntan qué hubo atrás, ni les importa. No hablo ya de raíces, confusas ellas como la madre que las parió, sino de lo que ha venido, de lo que ha costado que tú, niñato de los cojones, estés donde estés y no donde deberías estar. Y así les va, así les luce el pelo. Que parece que luchan contra titanes tiránicos e inconmensurables, repletos de grandeza y dicha, capaces de destruír almas con sólo mirarlas. Hasta que te acercas un poquito y ves que sus vidas no son más diferentes que la tuya, la del vecino o la del señor que ahora está pitando su coche en la calle porque el que está en doble fila no le deja salir. Tan ridículo resulta la escena que. a veces, me imagino preguntándoles que qué significa para ellos la palabra algodón, y se me ocurren mil y un finales diferentes donde la palabra no muestre nada parecido a su sentimiento de bienestar diario, a sus comodidades a las que están acostumbrados, como el tener algo que llevarse a la boca en cuanto abren la nevera. En resumen: que sí, que la leche viene del brick.
Esto comentaba con mi viejo, con el que me llevo cada día mejor. Que muy pocos han tenido la suerte que he tenido yo y todavía muchos menos lo llegan a valorar en su momento. La naturaleza del adjetivo caliente acompañado de sustantivos como cama, comida, casa o coño parece inherente a dichos conceptos. Con lo fácil que es borrar con todos esos preceptos universales de cada parcela terrenal y, no ya preguntarse por el porqué, si no cuestionarse el porqué. Y la satisfacción que da obtener una sonrisa, una lágrima, una incógnita nueva al abrirle la mano a cualquiera, tragarse uno el poco orgullo que le queda y pedir una historia nueva, desconocida, y aprender de ella. Porque ya me lo contaba mi hermana mayor, que el orgullo y la vanidad son una putada, porque te impiden crecer. Te impiden aprender. Y, si bien es cierto que hasta a punto de palmarla, uno aprende y comprende cuanto le rodea, no entiendo cómo todavía existen personajillos que, partiendo de un abstracto más falso que su alma, pueden dar por finalizado todo ese proceso vital y hacernos creer a los imberbes hijos de puta que estamos empezando a serlo que nuestra existencia, al igual que nuestras pretensiones de hacer un mundo mejor, son vanas y ficticias. Aprender a escuchar, hacer algo digno de vuestras vidas y dejar de malgastar tanta palabrería. Que seguís sin decir nada nuevo, nada que salga de ese aburrimiento, esa atención a lo nimio y esa argumentación excesiva.
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