5.29.2007

Bajé las escaleras y vi una rebanada de pan encima del capó de un coche.

Al bajar las escaleras y atravesar el portal chirriante divisó una rebanada de pan de molde aplastada en el capó de un coche. Cerró la puerta con esfuerzo, porque para que la pestaña encajase sabía que hacía falta trucar un poco el pomo. Levantó la mirada, dándose de bruces con la placa conmemorativa de hace cincuenta años en la que reza en letras capitales viviendas de protección social. Quizá por eso tenga que trucar la puerta, para protegerse de la sociedad de fuera.
Lo de ver una rebanada de pan incrustada en el morro de un vehículo no era raro aunque pudiera parecerlo. Esa clase de sucesos aparentemente singulares se le antojaban normales cuando los comparaba con su vida, o la vida de algunos conocidos. Después de toda clase de putadas y desamores, llega un día en que uno desea que lo más estrambótico que suceda el resto de su vida es ver una cosa así. Y tener la ocasión de contárselo a tus amigos, como quien habla del fúmbol el lunes o de política después de unas elecciones, o un escándalo, o una cagada. Pero, en esta vez, lo normal es ver esto: eso que todo el mundo niega, eso que siempre está ahí pero que nadie quiere para sí. Y cuando toca pues, qué sé yo, las manos a la cabeza, o algo parecido.
Guardó las llaves en el bolsillo lateral izquierdo de su mochila, sin quitársela. Levantó el móvil para mirar la hora. Rastreó los alrededores como buscando caras familiares, o rostros alterados por algún tipo de extraña sensación, o miedo, o sinsabor. Nada. Y aunque para él era algo normal, la rebanada seguía ahí y nadie la había advertido. A fin de cuentas, en ese barrio, la vida jodida y sin sentido era compartida por todos. Todavía recuerda las peleas nocturnas en el bar de enfrente, de taxistas con sus clientes, de barrenderos y viandantes, de sobrios con hebrios soberbios, de putas con la última opción de un test: con todos los anteriores. Quizá por eso nadie se inmutase. Ya estaban acostumbradas a todo. Pero quería asegurarse.
Anduvo unos metros, en dirección a la calle transversal que bajaba hasta la parada del bus que le llevaría a su destino. Cuarenta pasos y a sus oídos llegó el primer comentario. Has visto lo de esa niña, pobre, sí pobre, y lo de sus padres, es que no tiene perdón de Dios, qué vergüenza, virgen santa pobre niña, sí, pobre niña. Eso le recuerda a dos horas antes, de cuando se levantó a desayunar. En la puta tele -la llamaba así desde que tenía uso de razón- ponían los últimos avances de aparatos móviles para controlar a niños pequeños, por aquello de prevenir antes de curar. La gente no soporta perder a alguien querido pero, gracias a su estupidez, hacen lo que sea para que sea posible. Crean aparatos, técnicas invencibles, normas estrictas para evitar que los malos triunfen. Y al final, casi siempre, los malos salen ganando apoyándose en esos aparatos, esas técnicas y esas normas, volviendo a las manos en la cabeza y gritos de desesperación. Mientras tanto, los comentaristas mañaneros afirman que los malos son muy malos, y los buenos son muy buenos. Y habría que matarlos a todos. Joder, pensó para sus adentros, cómo nos gusta soltar gilipolleces con tal de llenar buche y poder ver amanecer, rodeado de tu familia.
Justo al beber el último sorbo de la taza de café, un contertuliano que se hacía llamar especialista infantil, afirmaba su voto para implantar chips de localización a niños pequeños para tenerlos controlados en todo momento y así evitar peligros. El chorro salió de su boca empapando la mesa. El plato con las rebanadas de pan y mantequilla, el periódico, las cartas de su madre, el mantel; gotitas microscópicas creando una película homogénea sobre toda la superficie. Un cisco de cojones. Su madre le escribía contándole lo que ha costado tener que aliviar el dolor tras la pérdida. Tranquila, ya ha pasado tiempo, habrá que luchar para que no vuelva a suceder, sí hijo, sí, el problema son éstos programas de la tele que siguen metiendo el dedo en la herida abierta, que no nos ayudan nada, ya, y además lo exageran todo, que sí mamá, que sí, que ya no veo eso, que la he tirado, ahora solamente leo la prensa, no, tranquila, como bien, sí, el trabajo también va bien. Y tras recordar el final de todo aquello, con los ojos inyectados en sangre por la mentira, por no saber qué hacer, por lo solos que se quedan cuando ya todo está perdido y no hay vuelta atrás, por la arrogancia a costa de la decencia, tiró con saña el desayuno por la ventana, yendo a caer encima de la parte delantera de un coche estacionado a la puerta de su casa.
En dos minutos llegará a la marquesina del bus que le llevará al tajo. Las caras que reinan el lugar son las mismas de ayer y serán las mismas de mañana. Nadie se ha sorprendido y nadie se sorprenderá. Ni siquiera el ver caer una tostada con mantequilla, una taza que escupía café caliente y papeles de cartas que se clavaban, como piedras de grandes dimensiones, en el morro de un coche.
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