25 de octubre de 2017

Perdedores.

Os voy a contar una historia que no incluí en el libro porque, supuse, a nadie le interesaría. Es la misma historia de siempre. La nuestra. La de todas. La de todos. La recuerdo ahora que ha pasado casi un mes de una noche mítica solo para las nueve personas que estuvimos en aquella mesa. A ellas va dedicada.

En 1942 a Simonne Monet todo le cheiraba. Había decidido casarse con un sindicalista, un tal Michel Chartrand. Otra gran guerra había estallado y su novio había conseguido salvarse del alistamiento forzoso gracias a un programa de estudios superiores de la universidad de Montreal (ello no impidió que a su maromo le diese por mandar a la mierda al ejército canadiense por ver que los documentos oficiales estaban solo en inglés). Estaban profundamente enchochados. Su relación era respetuosa, íntegra y plena. A diferencia de amigos y vecinos, ellos sí se querían. Entendían el mundo como un lienzo, como un libro, como una canción. Flexible, resiliente, moldeable y bello. Obtuvieron tanta oposición que hasta tres sacerdotes se opusieron a casarlos. El cuarto pater un día la llamó a capítulo. Antes tenía que saber una cosa. Se ajustó el alzacuellos y le espetó:
-Hija, ¿tú eres consciente que te vas a pasar el resto de tu vida con un fanático?
Simonne creía que el matrimonio debía cambiarse, que las leyes laborales debían cambiarse, que la identidad de la mujer debía sobreponerse y empoderarse. Que todo debía cambiarse. Mandarlo al carallo y darle la vuelta. O, al menos, mirarlo desde otro punto de vista.
En una región tan estancada como Quebec, que nada pasase era síntoma de que algo iba a explotar.
A Michel Chartrand tampoco le iba mejor. En el 33 había sido monje en Oka y durante dos años hizo voto de silencio. Salió por patas. En plena guerra se fue a la universidad.  Se unió a un programa de capacitación de oficiales. Como todo estaba solo en inglés se cagó en la madre del jefe y lo dejó. Después luchó contra el reclutamiento militar. Y en esas estaba que una chica guerrera le tocó la patata. Digna heredera de Simone de Beauvoir, le dijo qué tal muchacho y a él se le hizo el culo pesicola.
En diciembre de 1948 las zonas mineras de Quebec quieren mejorar sus condiciones de trabajo con la patronal. Subida de un dólar por hora, un plan de pensiones (qué cosas más locas piden estos trabajadores, ¿verdad?) y la mejora de medidas de seguridad en su trabajo. Y aclarar eso de qué cojones pasa con el mineral con el que trabajamos. Que dicen por ahí que el asbesto es cancerígeno y que estamos preocupados. Que, a fin de cuentas, nuestro trabajo es importante, que eso sí que lo sabéis (por aquél entonces, Canadá producía más del 90% del asbesto que se consumía en todo el puñetero planeta y convertía a la región en el motor industrial principal de todo el país).
Canadá estaba dividida. La parte anglófona tenía ideas más europeas, más cercanas al progesismo que sus vecinos del sur estaban trabajando. Pero la parte francófona seguía siendo el motor industrial. Sin embargo, sus trabajadores eran más explotados que los de la parte inglesa. Control social desmesurado a la manera tradicional y reglas económicas del capitalismo más salvaje ("yo vengo con el dinero en la mano" que diría mi colega Fraga Iribarne) hicieron que a los currantes quebequianos les diese por mirar más allá de lo que Maslow creía -y sí, por cosas como esta Maslow y su teoría de la pirámide de las necesidades fuese tildad de patraña, aunque siga teniendo mucha vigencia entre el cuñadismo actual-. Que no es todo dinero y comer. Que hay cosas superiores que hay que arreglar. Que en mi pobreza mando yo, vamos.
La patronal les hace un ferrolano "chao no te viera".
En febrero de 1949 comienza una huelga que, según ambas partes, durará poco y costará menos. Era una fiesta. Durante los primeros días había hasta músicos -lo juro por lo que más queráis que en los documentos registrados aparecen violinistas y acordeonistas-. Grupos mineros de Montreal acuden a la huelga en solidaridad con sus compañeros. Algunos sindicalistas, como una pareja joven, un tal Chartrand y Monet, arengan con discursos pro huelga que se hacen muy comentados. Y la fiesta sigue.
El primer ministro canadiense, un tal Maurice Duplessis es un fulano que teme el cambio y cualquier cosa que huela a eso. Hasta ahora no se había preocupado en los problemas mineros de su gallina de huevos de oro, puesto que era el motor estatal y también la zona más conservadora, lo que daba algo de aire cada vez que la parte anglófila se ponía tonta. Pero los mineros ya llevaban una semana en paro total y la cosa empezaba a ponerse fea. La industria del amianto de todo el mundo le estaba petando el buzón de sugerencias pero cosa fina. En plan ponte las pilas chaval que nos jodes el chiriguito. La empresa yanqui que gestionaba el amianto canadiense era la ya conocida Johns Manville (sí, sí, aquella que en 1939 montó todo el pabellón principal de amianto de la Exposición Universal de Nueva York, sí joder, aquella misma empresa que luego financió un estudio del Saranac Laboratory de Nueva York en el año 1943 que afirmaba que el polvo de amianto era cancerígeno y que cuatro años después decicen cancelarlo, sí, hostia sí, esa misma empresa que en 1982 creó un fondo de compensación que se agotó en seguida y acto seguido se declaró en bancarrota para no seguir pagando pero luego volvió a resurgir al día siguiente y hasta hoy como si nada hubiera pasado) y los mineros les estaba tocando mucho las bolas al parar la producción. Y le cuenta al prime minister que, oye, córtate un poco si eso. De lo otro ya tal. Así que el 23 de febrero declara la huelga ilegal y manda un batallón de la policía provincial para pacificar las cosas. La empresa Johns Manville contrata a trabajadores para continuar la producción.
Hala. A la mierda con todo. A tomar por el culo.
De repente, las manifestaciones dejan de ser pacíficas. Las toñas vuelan como panes. La violencia aumenta y recrudece. Las huelgas son totales y eso no mejora la situación. La policía suelta tiros de fuego real para dispersar a los manifestantes, además del uso de gas lacrimógeno y golpes de porra. Pero no mejora. Aquella sociedad estancada en valores tradicionales y esa sensación de inmovilismo social ha despertado.
El 14 de marzo unos huelguistas secuestran a un oficial de la empresa Jonhs Manville y le dan tantas hostias que se le quitan las ganas de volver a trabajar. Durante los días siguientes la tónica violenta aumenta. Los piquetes montan barricadas en las entradas fabriles. En una manifestación la policía vuelve a hacer disparos de advertencia, y los manifestantes los sacan de los coches y les dan las del pulpo hasta dejarlos inconscientes. El 6 de mayo, una fuerza policial fuertemente armada entra en la ciudad como un elefante en una cacharrería. A mamporros arresta a varias personas. Uno de los testigos es un fotógrafo de la revista Time que al verlo dice:
-Me enfermó ver todo aquello.
Ya es mundial. Ya lo sabe todo dios. En Canadá hay ciudadanos que quieren cambiar las cosas.
Hasta la Iglesia Católica se pone de parte de los manifestantes. El mismo arzobispo de Montreal, el señor Joseph Charbonneau dice que olé vuestros huevos toreros, el primer ministro lo manda a Vancouver a darse un paseo por listo.
Fue la iglesia la que media en el final de una huelga que durará casi seis meses. El 1 de julio se llega a un acuerdo. Pero los y las trabajadoras no han ganado nada. De hecho, muchos de ellos no han sido re contratados. En la puta calle e igual de mal que antes. Solo algunas personas relevantes se hicieron más fuertes debido a su firme oposición a la empresa porque la huelga se había convertido en un antes y un después para la Historia. Algunos intelectuales como Chartrand, como Monet, o como Trudeau, un fulano que luego sería primer ministro del país y el tercero de trayectoria más larga. Ahora está su hijo. Fíjate tú qué cosas.
Perdieron. Aquella gente perdió. Aquellos meses de huelga cambiaron al país, abriéndolo a nuevas ideas. Pero aquella gente perdió. Lo perdió todo.
Luego vinieron movimientos nacionalistas que buscaban público entre todas aquellas personas descontentas. El chiringuito se les vino abajo -o se lo tiraron abajo- y Quebec dejó de ser el motor del país. Gracias a aquellas ideas molonas, la zona anglófona levantó el vuelo y es ahora la parte con mayor tirón del país. Y eso es todo. Una historia de perdedores.

Eso debí pensar la pasada noche del 30 de septiembre. La familia Teijeiro Lamigueiro nos invitaron, a Cary y a mí a cenar. Había mucho que celebrar. Tras siete años y un día el Tribunal Supremo les había dado la razón. Sentencia firme la llaman. Su padre había muerto prematuramente por causa de la exposición prolongada al amianto, lo que provocó su enfermedad y el posterior fallecimiento.
¿Sabéis qué? En las películas este es el momento en que lloramos. Sí, de verdad. Lloras porque alcanzas el clímax de la historia. Después de mil putadas los buenos ganan y los malos se joden y se pudren. Y van a la cárcel y allí un marulo de dos metros diez les revienta el culo en el baño metiéndoles el puño hasta la traquea. Pero en la vida real es otra cosa. Los malos pagan una multa y ya. Y el resto se queda con cara de gilipollas. A llorar a sus muertos y a soportar la ausencia y el duelo.
Cary y yo nos presentamos en la casa de María y Pepe. Allí nos esperaban su hermana Vero, sus dos hijas, el maromo de una de ellas y su madre. Vestidos modestos y comida a cascoporro en una mesa para nueve personas. En una casa modesta y en un barrio modesto. Pero el montante que la justicia les daba era una auténtica animalada, así que en ve de guardarlo, había que tirar la casa por la ventana. Empanada de pescado, almejas en salsa y churrasco traído del restaurante. Y un botellón de litro y medio de vino tinto. Y licores, muchos licores. No sé cuánto bebimos, pero a mí ya se me pegaba la lengua a los dientes.Y nos reímos de nuestras vergüenzas y brindamos por el adversario. Que ojalá nadie lo tuviera que volver a ver. Y bailamos con la música india que a Pepe le gustaba y vimos a Adri imitarlo.
Reímos en medio de ninguna parte como aquellos que lo perdieron todo, en una ciudad que a nadie le importa en un tiempo que parece que todo está inventado. Ahora que abundan los sobrevalorados, los siempre amantes del Dunning-Kruger y de los delirios de grandeza, de ese sesgo cognitivo que nos hace creernos superiores a lo que realmente somos, aquellas nueve personas brindamos por nuestra miseria. Brindamos, joder si lo hicimos. Por todos aquellos que se fueron y que nos robaron. Somos la retaguardia de la mierda, de la escoria. Somos el escombro que queda tras el derrumbe.
De nosotros harán bellas esculturas, tabiques de escuelas y hospitales o ropa reciclada. Y nadie se acordará de ello.
Pero yo siempre recordaré aquella noche. Y lo bien que me lo pasé es algo que no me lo quitará nadie.
Nadie. Nunca.

P.D: el efecto Dunning-Kruger ganó el Ig Nobel el año que se publicó. Y ahora es una referencia psicológica muy considerada en el campo de la psicología social.
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