3.21.2017

Las cosas aquí fluyen de otro modo.

Quedé con Aitana en el número uno de la calle Álvaro Cunqueiro. Llevaba más de cinco kilogramos de peso en equipo de grabación. Me había montado la película cojonuda porque días antes había visitado la asociación y me encontré con un video de padres hablando a cámara sobre su primer recuerdo. Y era terrible. La historia era durísima, la calidad gráfica era malérrima, lo que le daba una sensación como de desgaste que me recordaba a cuando leía Las Uvas de la Ira de Steinbeck y cuando llegaba al final me sudaban los dedos y las páginas me rozaban como papel de lija. Salí de aquel despacho con la mirada fría y los puños apretados.
- ¿Cómo es posible?
Se lo pregunté a Mercedes como un imberbe pregunta a su padre por el uso de los condones. Esa mirada inexperta de alguien como yo que ya ha visto llorar y morir a unos cuantos me hace sonrojar cuando lo recuerdo. ¿En qué cojones estaba pensando? ¡Pues claro que esto existe! Es que pareces idiota. Precisamente tú, que has visto sufrir y morir deberías saberlo. ¿Es que acaso no nos gusta estar en el equipo de los malos, querido Rober?
De pequeño mis padres me enseñaron que es mejor se listo que ser tonto. Gracias a ello, mi petulancia, mi pedantería, a veces, alcanza cotas inimaginables. Pero es lo que me permite sobrevivir ante tanta hostilidad. Lo difícil es verse en el lado malo, en el de los ignorantes, y verse la cara de sorpresa como en un espejo y luego bajarla por vergüenza. Pero así fue. Me quedé mirando a los ojos redondeados como almendras de Mercedes y no supe qué decir. Si acaso alguna gilipollez del estilo "la calidad del vídeo es muy mala, pero el fondo es muy potente", como si eso arreglase algo mi ya declarada sorpresa y posterior bloqueo.
Prometí el oro del moro y al moro también. Luego tuve un pequeño acto de conciliación con mi parte más humana y entendí que aquello tenía limitaciones a las que yo no quería tentar. Vamos a hacerlo bien, pensé.
- ¿En qué crees que puedo seros de ayuda?
Bien. Vamos bien chaval.
En una salita pequeña que hace las veces de cafetería y de centro de reuniones -porque, pese a los avances tecnológicos, el ser humano tiende a reunirse al calor de la lumbre- quedamos en que lo más sensato sería tratar de sacar algún material práctico que poder emplear el día del síndrome de Down. El 21 de marzo quedaba a dos meses. No problem, añadí.
Esa fue la primera cagada.
Lo de avanzar pisando mierda es lo mío. Aprendí desde el punto de vista anglo-protestante que la vida es una consecución de palos en el bazo a los que hay que resistir, superar y aprender. Ya lo decía Rocky, ese grande. "Nadie golpea más fuerte que la vida. Hará que te pongas de rodillas, Lo importante no es lo fuerte que tú golpees, sino lo que puedas aguantar y seguir". O algo así. Lo del método católico-mediterráneo lo llevo bastante mal, porque si tuviese que tirar la toalla al primer fracaso, yo habría dejado mis maletas sin siquiera haber puesto un solo pie fuera de la casa de mis padres. No porque sea bueno sorteando las barreras, o inteligente como para anticiparme. Yo soy más de los bobalicones que van dando palos de ciego y se dan de bruces contra el muro aún viéndolo desde kilómetros.
Los puntos de vista que me ofrecieron fueron todos muy interesantes y válidos y salí de allí con la cabeza como un bombo. Cuando llegué de nuevo con todo el equipo tenía claras varias ideas. De nuevo, cuando alcancé a cruzar el umbral de la puerta me di cuenta que los planes tendrían que cambiarse en cuestión de minutos. Y así fue. Mercedes se me acercó y me dijo.
-He pensado en otra idea. ¿Y si son ellos los que hablasen a cámara contando su opinión sobre las barreras que tienen que superar cada día?
Mi cara de estupefacción tuvo que ser colosal. ¿Cómo no me di cuenta de eso? Es un punto de vista tan obvio como genial.
-Vale. Me parece estupendo. Lo haremos a tu manera.
¿Lo haremos a tu manera? ¿En serio? ¿Desde cuándo hablas así? Rober, quítate el palo que tienes metido en el culo y ponte a currar. Déjate de planificaciones complejas e historias de final abierto. Espabila carallo.
Fui colocándome con la cámara mientras iba y venía de las diferentes habitaciones que tienen en Teima. Trataba de no meterme en las conversaciones y de alterar lo mínimo el estado de la gente. Hicieron un esfuerzo enorme por tratar los temas más difíciles de la manera más amena y sincera posible.
Hasta que el tiempo se paró. Y regresé al punto cero.
Por eso me gusta esta forma de trabajar. Sé que no durará mucho tiempo y que tarde o temprano tendré que dejar este gremio. Es duro decirlo pero así es. No gano dinero, no puedo mantenerme cuatro semanas sin ingresar un solo euro y gastando en gasolina de mi bolsillo. Pronto llegará la época en mi vida en que tendré que decidir entre disfrutar y perder dinero o ganarlo adaptándome a un trabajo estable que no sea precisamente mi sueño. Porque lo que hago es lo que quiero hacer, es en lo que disfruto y en lo que me dejo la piel.
Lo que me gusta es esto.
Lo que me gusta es estar ahí.
Hay veces que me tiro horas en un mismo sitio sin hacer -aparentemente- nada. Estuve dos semanas yendo todos los días para estar con ellos y verlos vivir su vida. A Manolo contarme que curra en la resi echando un cable con la prensa, y a Vanesa decirme que la gente tiene serios problemas para hablar de sexualidad con ella. A Ru comerse galletas como si no hubiese un mañana y luego ver a sus colegas echarle alguna pitada y verle sonreír de medio lado, como John Wayne. A Icía fantasear con personajes de cuento -que, curiosamente, todos vuelan- y a Mar decirme que le encanta la cocina -y luego enterarme del drama y el cabreo que hay detrás de esa historia, en la que ni personas ni instituciones son capaces de sacarse la cabeza del ojete y tratar de mirar de una manera óptima y ayudar a una persona que quiere ser independiente-. Hasta me invitaron a una cena, pero por temas de curro no pude ir. Aunque me quedé reventando por dentro de las ganas.
Traté de buscar financiación sin éxito alguno. Entre que se me echaba el tiempo encima y me salían otras historias, tuve que aparcar  la edición hasta el final. Cuando me puse a ello, a dos días de la fecha límite, traté de poner los recuerdos en su sitio. Busqué las notas de la libreta en la que hablaban del cambio de paradigma -ahora no se busca la integración sino la inclusión-, de las conversaciones perdidas en la hora del café, los pasos que se tardaba en ir a hacer la compra, de las miradas de los padres que iban a buscarlos, de Vanesa diciéndome que le gustaba la fotografía. Fui una última vez a sacar unas cuantas declaraciones a cámara fija. Suficiente. Y salí de allí como quien fue a comprar el pan sin decir el tipo de barra. Como si fuera mi casa.
[Editado 15/05/17]
Entregué el material. Recapacité en lo que había ganado y lo que había perdido. No gané un duro en tres semanas de trabajo. Pero me llevé muchas cosas conmigo.
Voy a echar mucho de menos este curro de mierda cuando lo deje. Mucho.






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