7 de abril de 2015

Fotografía para vagos. Lección 3. Comer con patatas. Semana Santa de Ferrol 2015. Segunda parte.

El jueves 2 de abril, a eso de las 10.00 de la mañana, sin resaca pero con cierto malestar en las sienes (temía que me hubiesen contagiado la gripe en casa) entendí que mi trabajo me lo iba a comer con patatas yo solito. Me ocurrió en otra ocasión, y tardé un mes en levantar cabeza. Fue con los marineros y pescadores de Muxía en el décimo aniversario de la catástrofe del Prestige. Me habían conseguido el mejor contacto que se podía tener: un hombre que conocía la mar y había sido patrón mayor de la cofradía de pescadores. Me invitaron a ir en un barco de pesca durante los días que quisiera, y me bastó uno para coger confianza (y aprender a vomitar) y un segundo para meterme en su espacio vital sin que resultase molesto. Sin embargo, el tema adolecía de una historia que hilase las imágenes, así que venderlo fue imposible. Lo que más me jodió es que había tres fotos de las que estaba muy satisfecho, y todavía ahora las presento por ahí con modestos resultados.
Pero esa mañana del jueves mis fotos no valían una puta mierda y yo lo sabía. Me aseguré tanto de no cometer el mismo error de no tener historia que me volqué demasiado en la historia sin reparar en las propias fotos. Hay que pensar en la imagen, en la composición, no tanto a la hora de mirar por el visor como de conocer qué es lo que vas a ver. Y yo no me informé de nada, creyéndome que, por ser oriundo del lugar, conocería los detalles con solo pisar un pie allí donde fuera. Ni capté intimidad ni supe verla. Fue un fiasco total. He colgado las fotos en mi cuenta y se las he enseñado a Cary (mi editora personal desde hace años) y, vagamente, ha señalado una que le gusta algo.
A mí ni siquiera me parece aceptable.
Agarré la mochila y me acerqué al Area a desayunar. Reconozco que lo hice a desgana, no estaba ya muy animado. Al llegar me encontré con las miradas atónitas de Geni y Diego (o era Chino y Diego?), que me preguntaron que qué tal me iba. Yo me hice el remolón y me senté en mi banqueta de la esquina. Ya ni siquiera me preguntaron qué quería porque lo saben: café largo y un muffin de arándanos. Es agradable encontrarse reconocido en las palabras de un barman, la verdad. Soy muy peliculero, y mi filmografía mental abarca desde la década de los 80 cuando mis hermanas me ponían todas las películas que salían en la tele y yo me las tragaba, con la consecuente pérdida de adaptación social. Me limité durante mi adolescencia (y ya que lo pienso, es algo que forma parte de mí) a tratar de vivir o repetir escenas clave ya vistas en esas películas. El primer romance con pelea previa con el capitán del equipo del instituto, posterior rechazo de la mujer que te gusta y ulterior reencuentro con ella, abrazo (melena al viento) apasionado incluido; el éxito venido de un largo trabajo resumido en secuencias de diez segundos aderezadas con música de sintetizadores con su correspondiente canasta final que me daría la victoria a apenas un segundo del pitido y me elevaría en hombros todo el estadio (os habéis fijado que el equipo contrario que-siempre-pierde nunca tenía afición de apoyo??); o pasar un verano de cagarse por los pinreles buscando cuevas secretas con tesoros perdidos con una pandilla de colegas que nunca discuten y siempre solucionan sus problemas en el último momento. Sé que es del género estúpido pensar que esa mentalidad se puede mantener con los años, pero yo nunca perdí la esperanza. Y en los bares me pasa lo que en las pelis. Me gusta entrar y que me saluden, y que al sentarme ya tenga lo que quiero delante de mí. Cruzar un par de comentarios nada impertinentes y saber que, de alguna extraña manera, eres especial. Sí, especial de trato y de gesto. Algo así como una relación cuasi familiar. Hay muchos subnormales que entienden que si la camarera que está buena te sonríe mientras te pone la copa significa que quiere algo. Craso error. Qué poco entienden de estar detrás de una barra. Cuántas palizas habría dado si mi jefe me lo hubiera permitido...
Leí un buen rato y seguí dándole vueltas al tema. Las cantidades industriales que me tomo cada mañana hacen de mí no un ser productivo, pero sí bastante testarudo. Llegué a la conclusión de que, si el barco se caía, yo me caía con él. Por la tarde, Edu, un viejo colega de la infancia (de aquellos veranos con pandillas ideales y aventuras que sí tuve) me avisó que el contacto que me había pasado hace días estaba esperando mi llamada. Creo que fue buena idea dosificarlo porque en estos momentos era mi última baza. Moncho, un tipo que por la voz y las muletillas (cuando me llamó chatín me vine arriba, la verdad) parecía bastante familiar y cercano, es portador y fotógrafo, y me consiguió el reportaje hecho a medida. Según la idea que le conté, el hombre habló con el mayordomo de la cofradía de San Juan y me dejó que fuera un par de horas antes de salir con el trono. Y allí me fui.
Por desgracia seguía con mi idea de una imagen equivocada y cuando me encontré delante del a cofradía lo supe. El local era nuevo, como recién rehabilitado, pero sin apenas conservar los materiales originales. En pequeño vestíbulo de entrada estaba repleto de objetos de la cofradía, como pendones, banderas o relicarios, y derivaba en dos habitaciones a dos alturas. En la de abajo había una pequeña salita con una mesa alargada en donde los cofrades tomaban bebidas y charlaban, y la de arriba era el vestuario, una pequeña habitación de cuatro o cinco metros de largo por los mismos de ancho rodeada de ropa colgando. Se parecía más a un vestuario de un estadio de deportes que a una iglesia. La iluminación era de alógenos, y apenas dejaba sitio para jugar con ella, así que tuve que improvisar malamente. Me dejé llevar por el buen rollo reinante de aquellos hombres que me saludaban y me preguntaban quién era. Conforme los veía vestirse más me creía que aquello era el preludio a un partido de fútbol. Se abrazaban efusivos, se chocaban las manos con fuerza, y cantaban y gritaban lo que les venía. El mayordomo, un tipo alto y serio, quizá más serio de lo normal por los nervios de estar a punto de salir, puso música en unos altavoces situados en el suelo de la entrada, y sonó alguna melodía relacionada con las procesiones que yo desconocía, pero que al rato todos tarareaban. Éste se puso a seguir el ritmo con los vaivenes de su cuerpo, y otro hombre se pegó a su espalda y comenzaron a bailar, mientras el resto reía. Así fue todo durante la hora que estuve con ellos. Uno viejo conocido del instituto apareció de una esquina y hablamos durante un rato.
-¿Desde cuando llevas aquí?
-Pues... desde el 2006, creo.
-Ya son años.
-Ya, bueno, aquí hay gente que lleva mucho más. Es que, esto es como una droga, ¿sabes?
-Ya.
-Es... no sé. Yo vine aquí y, buf, ya me quedé. Tú lo estás viendo. Hay muy buen rollo, siempre tienes a alguien que te echa un cable, o te recomienda algo. No sé, una vez que empiezas no paras.
Por las cuatro esquinas había hombretones fornidos y/o grandes que ayudaban a ponerse las túnicas a otros quizá más jóvenes e inexpertos. Una veintena de túnicas negras se fueron arremolinando en aquel habitáculo hasta no caber más, y llegado el momento, el mayordomo del trono los juntó a todos en un corrillo y les arengó como lo hacen los entrenadores antes de un partido.
-Recordar el paso, ¿eh? Pasos largos, pasos largos. Que si no, a mitad de camino nos quedamos.

Regresé algo tarde al Area, después de editar las fotos. Busqué mi esquina y allí me quedé leyendo. Al rato pasaban los tronos por delante del local, en la calle Magdalena. La calle estaba iluminada para que las cámaras de la televisión pudieran hacer su trabajo, lo que le daba un aspecto un poco artificial. Pero yo lo vi desde dentro, mientras la gente se agolpaba en la puerta. Al rato se acercó un hombre clavado a Jesucristo. Melena trigueña, ojos claros y barba y bigote marrones. Se llamaba Miguel y era humorista.
-Tú que debes ser listo porque lees, si no te importa, te voy a contar un chiste. Año 30, en Estados Unidos, un niño le grita a su padre: Mira papá, ¡nazarenos! Y el padre le dice, ¡calla little Joe y corre!
Me lo dijo como carta de presentación, así, a pelo, sin conocerme de nada. Y yo, que soy muy fan de la gente que se presenta al mundo, cerré las tapas del libro y agarré una caña. A la hora estaba completamente ido, descojonándome de las ocurrencias de Miguel con unos guiris que había baboseando por allí, tratándonos de convencer que su idioma era el correcto porque no se necesitaba otro para recorrer el mundo. Miguel no se achantó y lo dieron por imposible. Gracias a eso conocí a mucha gente a lo largo de la noche. Hice muchas cosas que no recuerdo pero que, al parecer, hicieron gracia. Solo tengo lagunas, y todas relacionadas con el staff del bar. Mantuve la poca integridad hasta bien entrada la madrugada y acabé por quedarme con ellos mientras cerraban y limpiaban. No pude ayudarles gran cosa, más bien al contrario, pero me quedé. Cuando se fueron, seguí quedándome con César para limpiar lo que quedaba. En una ocasión miré hacia fuera, y la luz de la mañana tenue empezaba a pintar de azul las piedras de la calle. Recordé entonces qué era trabajar de noche en la barra de un bar (aprendí en la Palloza desde la nada, todavía recuerdo mi primer desastroso día: dos vasos rotos, un simpa que me hicieron y la sensación de ser un inútil irredento) y lo que era ver despertar la ciudad mientras tú estabas casi muerto. Eran casi las ocho y me quedé frito acurrucado en la tumbona que hay en la mesa del fondo y me despertó Lorena señalándome con el dedo.
César me invitó a desayunar con él, mientas Lorena me recordaba mis andanzas de mis últimos tres días. Me fui a casa a dormir la mona, pero estaba tan recuperado que a las dos horas resucité, y me puse a editar fotos. Por la tarde quise buscar mi cámara y no la encontré. Pensé que la había dejado en el Area. Pero no estaba allí.

Cuando llegué al Area por la tarde del viernes por segunda vez, Geni y Diego me miraron preocupados. Les confirmé que estaba en casa, pero en un lugar diferente al que la suelo dejar, y nos reímos. Geni me estrechó la mano diciéndome que mi aguante merecía su respeto. Busqué de nuevo mi banqueta y leí otro rato largo. Salí a hacer unas cuantas fotos (tenía dónde elegir ya que era el día grande de toda la fiesta) pero, cabizbajo, sentencié aquello diciéndome que el barco ya se había hundido hace rato y que quedaba poco por hacer. Mis fotos hacían aguas por todas partes y no se sostenían porque no contaban nada. Y guardé la cámara y me fui.
Pocas cosas hay tan amargas como guardar la cámara por decisión propia. Cuando te obligan es porque vas por buen camino. Pero cuando lo haces tú, es que has tocado fondo. Tener que comerme otro tema con patatas no era algo que me gustase, y más en los tiempos que corren. No soy muy activo, me cuesta arrancar. Cuando busco algo y lo encuentro trato de agarrarlo como sea (con el tema del amianto me tiré dos años investigando) hasta exprimirlo. Pero esta vez, aun motivándome en ello, no fue así. Cometí errores de bulto nada más empezar, y me despisté con chorradas durante el camino. Cosas como una investigación del terreno previa, contacto y familiarización previas con la gente con la que trabajas, o un mayor involucrarse en la acción son fundamentales a la hora de abarcar un proyecto, por pequeño y sencillo que sea. Y todo lo hice a medias o no lo hice. Me centré mucho en la idea, pero no en el desarrollo. El mismo viernes por la noche regresé al Area, pero sin ganas. A la segunda caña, sentado en mi banqueta, Monica me preguntó que qué me pasaba. Que si estaba triste. Yo el dije que me sentía frustrado. Me la bebí y me fui sin despedirme. A diferencia de otras noches, en las que hasta saqué fotos de ellos y hablaba y observaba lo que hacían, me fui de la función sin dar tiempo a bajar el telón.

Los de la prensa somos buitres y hienas a tiempo completo hasta con las cosas que nos vienen regaladas. Supongo forma parte de nuestro día a día, no en tanto por las cuestiones morales (sabemos que no la tenemos, no nos preocupa) sino por las cuestiones morales derivadas de la forma de trabajar. Del cómo lo hacemos, y no tanto del qué o el por qué. Somos los chivatos, los soplones, los cotillas, y nos encanta. Al público en general esto chirría y es normal. Hay lubricantes sociales, como la mentira en pequeñas dosis, que son más eficientes, al menos a corto plazo. Por eso no suele gustar tener cerca a alguien que pregunta y que duele. Por eso cuesta tanto despegarse de lugares en los que te aceptan sin más. Aunque bien supe que esta semana mis preguntas no dolieron, y mi trabajo no era tanto de periodista si no, como diría Orwell, de relaciones públicas. Pero me sentí aceptado y cómodo y, por extraño que parezca, supe que durante unos días, una pequeña parcela de esa barra estaba a mi nombre. Y eso me gustó, y es algo que tengo que agradecer.

En otras ocasiones tragarse un tema sin rechista conlleva estar solo y aceptarlo. Habría buscado una alternativa para marcharme y seguir trabajando en otra cosa. Pero allí acepté el reto hasta sus aparentes últimas consecuencias durante una semana. Y eso fue gracias a esa gente. A toda la gente que me invita porque no tengo un duro y sabe que lo que hago, aunque desconozcan gran parte de ello, merece la pena. El viernes me fui a Sada para ver a mi chica y celebrar el cumpleaños de mi suegra. El sábado por la noche, Cary pilló unas jaquecas del quince y me dijo que volviera a Ferrol a ver a mis colegas. Les dije por whatsapp que, salieran o no, yo tenía una banqueta reservada en el Area. Y, pese a lo lleno que estaba el local, allí estaba. Ocupada por un garrulo. Tuve que esperar media hora hasta que estuvo libre. Y cuando me senté, delante tenía a los cinco de detrás de la barra. Y todos me saludaron, gritando. Que había vuelto, me dijeron.
Y delante tenía una caña. Y yo sin haberla pedido, creo.
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