2.05.2015

Fotografía para vagos: Lección 2. Terminar un trabajo.

Hace dos años volví de Barcelona con una mano delante y otra detrás. Lo intenté y no me salió.  En uno de estos días perdidos paseando con mi viejo por Ferrol, le respondí a su pregunta del "y ahora qué" diciéndole que estaba buscando temas. Pasamos por la calle Callao cuando, delante de la cafetería Las Palmeras, había un obrero cortando con una radial el suelo, rodeado por completo por una nube de humo blanquecino y opaco. Al rato mi padre me contó que últimamente habían salido muchas sentencias con los afectados del amianto. Yo no tenía ni idea de qué era eso del amianto.
Hace dos años que me fui de cabeza a Agavida, Pensé que sería un reportaje de un mes y acabó siendo un libro de dos años de investigación. Se me fue de las manos. Me metí de lleno en sus vidas, los entrevisté en sus casas, en la asociación, en las cafeterías que hay en Caranza, Esteiro o la zona centro de la ciudad. Hablé con más de cien personas, observé detenidamente al menos veinte expedientes médicos y leí palabra por palabra una docena de sentencias. Pasé dos años yendo mañanas enteras a la asociación para pescar a incautos que quisieran contar su historia. Oír, ver y callar. Hice mi trabajo hasta el límite de lo personal. Pregunté y repregunté hasta hacer daño. Dudé de todos y de cada uno de ellos. Apunté hasta los detalles que dejaban entrever las flaquezas del otro para construir mejor su relato. Pero no saqué ni una sola foto.
Ni una.
En dos años no saqué la cámara ni una sola vez.
Cuando hace un par de meses, harto de cantarle la misma batallita, Javier Nadales se decidió a comerle todo lo comestible a sus jefes para venirse a hacer un reportaje bestial a Ferrol sobre el amianto, agarré mi cámara vieja y me decidí por resolver el problema de la imagen. Llevaba meses con la idea de sacarlo adelante, pero no tenía idea de cómo. Le pregunté a colegas del gremio qué hacer al respecto. Y me quedé con la reflexión más interesante y relevante, dicha por el gran Marcos Míguez, que, además de darme un par de collejas e invitarme a comer, me soltó que si no hacía las fotos yo, el trabajo no estaría terminado, y eso podría perseguirme por mucho tiempo.
Nunca me lo había replanteado. Dicen que a un gran número de personas que escriben se enfrentan con dificultad al llamado síndrome de la hoja en blanco. Y a eso siempre le tuve un especial respeto. Pero nunca pensé en los problemas de no terminar un trabajo.
Llevé la cámara vieja para tratar de construir de forma onírica un relato de las personas que tenía delante, porque para la imagen periodística ya estaba Javi. Quería escaparme de mi rutina como fotoperiodista y hacer algo diferente. Quizá estaba todavía en una nube, porque, cuando a Javi se le encogía el pecho escuchando las historias que ya tenía casi aprendidas de memoria, a mí me daba por darle detalles y hacer discursitos rancios sobre lo que ya sabía. Pero una de las dudas que me revoloteaban era que todo eso estallase. Que, cuando terminara la tensión, cuando acabase, todo se derrumbara. Y no ocurrió al acabar el reportaje. Ni ocurrió cuando escribí el libro y lo envié a la editorial.
Sucedió en el final. Cuando todo termina, terminó también para mí.
Fue en un entierro.
El domingo pasado falleció Ramón Capotillo. El último afectado que entrevistamos para el reportaje. Le echó muchos huevos, la verdad. Estaba hecho una mierda, y aun así nos dedicó tiempo y detalles de su denuncia. Como consideré importante el hecho de su fallecimiento, llamé a Javi. Consideramos la opción de ir, al menos uno de los dos, y sacar un par de fotos. Se enterraría el martes, en el cementerio municipal de Ferrol que hay en la parroquia de Catabois. El entierro era a las 12 del mediodía.
A las 11.30 llegué. A las 11.36 empezó a llover. Y me vi en lo peor.
Empezaron a llegar al mismo tiempo hombres de traje oscuro, pantalones grises y americanas negras que hablaban a gritos con el mismo retintín de los de dentro, con mirada ajada y pelo canoso. Algunos cuantos tenían la voz renqueante y rasgada, como la tenía Capotillo y tantos otros. El día era gris, y de forma intermitente llovían cuatro gotas. La gente se agolpaba en el arco de entrada del cementerio, y veía, desde allí, a los que llegaban, con la misma tranquilidad de quien está en un bar.
Llegó el coche fúnebre a las 12.13. Volvió a llover.
Seguí los pasos de la gente, y luego me centré en fijar la mirada en la mujer y los hijos. Observé sus movimientos y traté de enfocarme en gestos y miradas. No saqué apenas cuatro o cinco fotos. No sacaron ataúd, y por tanto las figuras estéticas clásicas que siempre funcionan -como la imagen de los portadores con el rostro desencajado por el dolor, o la columna caminando en la misma dirección- no aparecieron.
Esperé.
La foto apareció.
Saqué la foto. Una serie de tres disparos de un mismo momento que vi crucial y definitivo. Tan definitivo que daría el final a todo el trabajo de dos años. Tan definitivo, que me derrumbé. Me di la vuelta, y simulando atender una llamada telefónica, lloré hasta cansarme.
Regresé a mi posición e hice un par de fotos más. Le mostré mi apoyo a uno de sus hijos, que es también fotógrafo de La Voz de Galicia y me despedí.
Me fui a Narón, al McDonalds. Pedí un café doble de esos que te dan por un euro. Allí le pasé las fotos a Javi. Me bebí el café casi de un tirón. Escribí unas palabras que, pensé, podría presentar en la delegación de La Voz de Ferrol para publicarlas, como despedida. Después de escribir dos folios, negué dicha idea. Defendí el hecho de haber terminado mi trabajo de la forma más profesional que pude, y que no necesitaba nada más. Que se había acabado para mí, aún sabiendo que esto no te abandona y volverá a llamar a las puertas algún día.
Por Capotillo, por Pardos, por Teijeiro, por todos ellos. Por los que quedan y por los que ya no están. 

(c) Rober Amado

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