10.31.2013

Anotaciones de Cabo Verde 3.

Durante el capítulo 6.

Ayer cené con el Primer Ministro y varios ministros, en un chiringuito tipo colonial con barra de formica y suelo de madera y un pequeño grupo de músicos tocando canciones tradicionales, con el techo pintado de figuras geométricas de colores, y los manteles de cuadros de colores, tapados por uno blanco nuclear, con platos de loza verde y vasos de duralex, y copas de cristal como no las había visto -ni las vería- durante toda mi visita al país.

No me impresionó mucho cuando lo tuve delante. Es bajito, e iba vestido con una camisa de cuadros bastante fea y vaqueros.

Cuando entré en el restaurante, un señor de traje con una percha imponente me saludó, y hablaba maravillas de España y del mundo. Me impresionó bastante, y por cómo iba vestido, llegué a pensar durante diez minutos que estaba hablando con el mismo Primer Ministro. Y como yo iba con mis pintas de gandul, con pantalones pirata marca 100 Pipers negros, las zapatillas de playa negras roídas y una camiseta con lamparones en las sobaqueras, sentí una profunda humillación por presentarme ante aquel hombre tan cortés, agradable e interesante de aquella manera. Pero la sorpresa vino después, cuando Francisco, el vereador que cuidaba de mí, me echó hacia un lado y me dijo que me presentaría al Primer Ministro.

Apenas crucé varias palabras de cortesía, porque el hombre se limitó a asentir con la cabeza, sin querer cruzar la mirada.

Durante la cena sirvieron bandejas llenas de comida. Arroz con langosta, bifes de cerdo con crema de algo, más arroz blanco, ensaladas, verdura cocida, papas cocidas, papas fritas, y antes de empezar nos ofrecieron grogue añejo que sabía a culo. Y aquella gente se vanagloriaba al hablar.

Estaban la Ministra de Comunidades, el alcalde de Nova Sintra, el Ministro de Cultura, el Primer Ministro y aquel hombre de traje interesante. Francisco me dijo que era abogado, que había estudiado en España y en los USA, que era un tipo muy culto y que tenía dinero. Sabes la casa que está al lado de la embajada de Brasil en Praia? Pues esa. También estaba una pareja de la que no recuerdo los nombres, y luego el parlamentario de la isla de Brava, que se sentó después a mi lado derecho -yo me quedé del lado derecho, apartado de todos los demás, en una mesa con forma de u para abastecer a unos cuarenta comensales, de los que solamente estaban ocupadas diez sillas- me apartó la mirada en dos ocasiones. A la tercera vez me empezó a hablar de colaborar con el Fondo Galego, y yo le giré la cara y me puse a hablar con Francisco. Menudo gilipollas el tío este. Qué le pasa? Por qué me gira la cara cuando le estoy hablando.

Había comida como para una boda. Las bandejas rebosaban comida, haciendo la forma de montañitas. Con toda aquella parafernalia, y tanta gente pendiente de unos pocos, como preparando la boca para lamer el ojete en cuanto se tercie la ocasión, me disgusto un poco. Y tenía a mi derecha al atorrante del otro. Menos mal que Francisco es un buen tipo, y de vez en cuando hablamos de la vida y del mundo y de cómo son los caboverdianos y de cómo son los gallegos y los españoles.

Y el grupo son señores mayores. Y el que canta tiene la voz muy rasgada. Y el parlamentario de Brava se levanta y pide a los del grupo que pidan, bueno, soliciten la presencia del Ministro de cultura para que cante con ellos. Porque, minutos antes, el parlamentario de Brava me había dicho, con la boca bien llena -no sé qué película se montó, o con quién cojones creía que estaba hablando, pero me lo decía como si yo tuviera conexión directa con el teléfono rojo privado del ministro en cuestión- que era un artista, que tocaba y cantaba muy bien, y que debería concedernos a todos el placer y el honor de mostrarnos su arte.

Al principio el tiro le salió por la culata, porque el ministro no quería salir, y tuvo que cantar él. Y lo hacía como el culo, como un gato con resaca de absenta.

Luego, tras un par de canciones malogradas, el ministro salió. Y la verdad es que tocaba con mucho sentimiento, y tenía una voz de puta madre. Templada, melosa. Y yo aplaudí porque de verdad me había gustado. Pero las caras de los demás no parecían decir lo mismo. Y el estallido de las palmadas tampoco.
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