5.08.2013

Despedidas.


Una sandía de siete kilos cae en el centro de una piscina a las 8 y 13 minutos de la mañana, creando un estruendo colosal. En ese momento, en el paseo de la pequeña villa mediterránea, bañada por la luz anaranjada del amanecer, una mujer paseaba a su perro labrador negro, y un hombre corpulento permanecía sentado a la espera de su sobrino, para abrir el bar La Veleta.

Carlos es joven e impetuoso. Tiene los labios finos de tanto apretar la tensión con ellos, es enjuto, de pelo lacio y, pese a que no es muy amigo de las actividades gimnásticas propias de su edad, es de esas personas que tienen marcadas las venas en los antebrazos. Carlos está ahora tenso. Duda de si seguir comprando. El carrito de color azul marino chillón se llenaba sin apenas reparar en él. En los momentos en los que tenía tiempo de reunir a su memoria, observó varios artículos fútiles y prescindibles.
-¿Y esto, para qué coño lo llevamos?
Fer escrutó a su colega. Su expresión, mezcla de incredulidad y asombro  provocó que parase en seco. Volvió sobre sus pasos y vaciló. Sus ojos dibujaron varios círculos oblongos alrededor de la figura inmóvil de su compañero  que permanecía clavándole la pregunta. Fijó su postura en dirección noroeste, enfilando el pasillo de los refrescos y las bebidas gaseosas.
-Necesitamos tónicas y birras.
Y caminó lacónico. El resto, flanqueaba a sus pasos, mirando los objetos que se perdían en las estanterías.
-Joder.
Carlos bufó, hinchando la boca, para después soltar el aire mientras alzaba sus cejas al tiempo que encogía los hombros. Resignado, agarró el asa del carrito, el cual, desde hacía unos segundos, acogía a un nuevo huesped poco común.

El movimiento parabólico completo de un objeto dado se puede considerar como la composición de un avance horizontal rectilíneo uniforme y un lanzamiento vertical hacia arriba, que es un movimiento rectilíneo uniformemente acelerado hacia abajo por la acción de la gravedad. No obstante, la presencia en el medio de un fluido, como puede ser el aire, ejerce un fuerza de rozamiento y actúa en sentido opuesto a esta. En esas condiciones, el movimiento de ese objeto en un campo gravitatorio uniforme, como lu pudiera ser una pequeña villa portuaria al sur de la Península Ibérica a las 8 y 13 minutos de la mañana, no seguiría estrictamente una parábola, sino sólo una cuasi-parábola, y la apuesta por la cual habían llegado cuatro personas hace exactamente once horas, se habría cobrado otra víctima. Para un fluido en reposo y un objeto dado moviéndose a muy baja velocidad, el flujo alrededor del cuerpo puede considerarse laminar y, en ese caso, el rozamiento es proporcional a la velocidad. Para alturas suficientemente grandes el rozamiento del aire hace que el cuerpo caiga según una trayectoria cuyo último tramo es prácticamente vertical, al ser frenada casi completamente la velocidad horizontal inicial, lo que provoca un impacto perpendicular al plano terrestre, y dependerá de las características físicas de éste y del objeto, el poder predecir el resultado. Pero en el momento que relatamos no hacía viento. El movimiento parabólico fue casi perfecto. De ahí el color rojizo del agua, y los tropezones de corteza verde que flotaban alrededor.

A las 21 y 47 del día anterior, Roque se encendía el último cigarro que le quedaba, apoyando los antebrazos en el alféizar de la ventana de su habitación, en el séptimo piso de un bloque de viviendas. La noche estaba clara. El día había sido agotador. Llevaba esperando este fin de semana durante meses o, según las ideas peregrinas que le revoloteaban en ese preciso instante, parecía haber esperado años. Fumaba cada calada como si fuera la última. De cada inhalación declaraba a los cuatro vientos todo tipo de maldiciones contra su antiguo jefe, su trabajo, su ex. Se podría decir que se cagaba en la puta madre de alguien mientras jugaba a soltar el humo del tabaco por la nariz. Miró al cielo como buscando algún consejo, pero rara vez encontraba algo. Pensó, mientras el perímetro de fuego en el papel quemado del cigarrillo se acercaba peligrosamente al logo, que aquella cosa que hacía también mereciera alguna de sus maldiciones personales. Entonces se encendió la luz de la habitación, y una voz que retumbaba desde el pasillo, dijo:
-Tío, mañana la tiramos a la piscina.

-Hola mamá, que ya llegamos. No, no hizo falta. No. Nooo. Ya. Que no, que no hacía falta, que nos fuimos rotando. Claro, ¡cómo quieres que conduzcamos catorce horas seguidas! No, ya hace rato, pero no podía llamarte porque me quedé sin batería. Bah, no estuvo mal. Sí. No. Lo peor fue el tiempo. Sí, mucho calor. No. No, ya trajeron ellos para refrescarnos. Que sí, que no había alcohol. Vale. Vale. Te llamo luego. Vale. Vaaale. Besos. Adiós, adiós.
Carlos miró al móvil con ternura, apretó un botón y buscó con la mirada algo en su alrededor, hasta encontrarse con una mano que agarraba una lata de cerveza Estrella Galicia. Eran las 15:02.

El piso no estaba tan mal como había pensado en un principio. Tenía tres habitaciones, cada una con dos camas, salvo la central, que era sensiblemente más grande, que tenía una cama de matrimonio. El salón había dos sofás amplios, uno de ellos de un tejido similar al skay, y cuatro banquetas de mimbre. En el centro una mesita de bambú con cristal, en la que había un pequeño mantelillo blanco sobre el que posaban dos pequeños ceniceros. Estaba bien iluminado, porque los ventanales cubrían toda la estancia, y al abrirlos daban a una pequeña terraza desde la que se veía todo el interior del espacio común a los edificios colindantes. En dicho espacio destacaba una piscina octogonal enorme, de unos veinte metros de ancho. Diego había comentado algo hace unos minutos sobre aquella piscina, algo de qué pasaría si alguien se tirase a ella desde tanta altura. Aunque ahora apenas lo recuerda, porque Diego tenía fama en la pandilla de ser el exagerado.

A las 9 en punto de la mañana, Carlos, Diego, Fer y Roque, salían de la zona privada conjunta de los bloques de viviendas de una pequeña villa mediterránea, cruzaron el aparcamiento que daba al paseo marítimo y allí entraron en la furgoneta que había alquilado. Todos con gafas oscuras, y el semblante tranquilo. Tranquilo pese a todo. Cuarenta y seis latas de cerveza vacías, dos botellas de Cardhu con sus respectivos colines, una de ginebra Tanqueray, dos de tónica y cinco bolsas de panchitos quedaban como regalo de despedida. Al sentarse en el asiento del copiloto, Fer notó algo en su bolsillo trasero del pantalón. Era un plástico de embalar. Lo deshizo. En el centro había una pegatina. Se quitó las gafas de sol, y cerrando los ojos, pudo leer "Frutería Carrefour. Sandía Roja. 7 kilos 200 gramos". Entonces sonrió.
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