3.04.2013

Viaje a USA. Las cosas claras y el café americano.

A modo de final sin ser un final: Las cosas claras y el café americano.




El último desayuno en Savannah sabe igual que cualquier último desayuno. Cuando dejas una ciudad te haces a la idea que cualquier sabor, cualquier olor, dejará de serlo en cuanto pongas pie en tu casa, no ya para convertirse en recuerdo, sino en historia, en anécdota, en batallita, en relato, en cuento, en comentario de ascensor. Es difícil revivir esos momentos pasados, a menos que los hayas tomado como propios, y lo siento mucho por los bohemios new age que se llenan la boca con aquello de que, cuando te vas, dejas una parte de ti, y todas esas monsergas facilonas, sensibleras y, digámoslo claro, cutres de cojones. Porque estar diez días en Buenos Aires, por mucho que luché, caminé, hablé o comí, no pude ser un bonaerense más aunque hubiese pagado por ello. Lo intenté con todas mis fuerzas, pero no lo conseguí. No fue como Barcelona, o Coruña. Estuve más tiempo, y uno acaba por ser de allí. Porque es como hacer un caldo, o un potaje, o un guiso. Son experiencias que requieren tiempo y, sobre todo, paciencia. Por eso prefiero no aferrarme demasiado a esos recuerdos fugaces que no son míos. Pude pasar por encima de ellos, y que me quiten lo bailado. Estuve en tal sitio y en tal otro. Y ya. Ni orgullo, ni pecho a punto de explotar, ni golpecitos en la espalda. Fui, vi y vencí, como diría el otro. Y eso es mucho más de lo que otros podrán aparentar. Como todas esas personas que, henchidas de orgullo y satisfacción, te llenan la retina y los huevos con miles de fotografías y batallitas, todas ellas aburridas, insulsas e insípidas como la madre que las parió, esperando embargarte la emoción, para acabar sentenciando, con cierto retintín, aquello de 'tendrías que ir'. Claro. Si tú me lo pagas, no te jode.
Recuerdo haberle contado a mi hermana mayor qué era lo que me había comprado el día anterior, justo después de recuperar la cartera y lanzarnos juntos al abismo consumista. Recuerdo, también, habernos topado con un garito en el que hacían referencia a Forrest Gump, y que tal chiringuito yanqui, había servido como referencia en una de las escenas, en la que la prota está currando en una cafetería y ve en la tele al tolili de Forrest haciendo de las suyas por el mundo adelante. Con las mesas de formica, el suelo de baldosas desgastadas, las camareras con el vestido de enfermera de color rojo putón sirviendo café a viejales que piden tortitas o huevos revueltos, mientras, al otro lado de la ventana, los niños juegan con el chorro de agua que sale disparado de una boca de riego. Justo al lado, había un anticuario, en el que me hice con un ejemplar de la revista Life, un especial sobre Picasso, con fotos de Elliot Erwitt, unas postales, y una fotografía ampliada de Marylin.
Le contaba esto a mi hermana con el café mañanero de habitación, al tiempo que nos arreglábamos y hacíamos hueco en la maleta. Tras la misma bazofia de fruta congelada y bagels tostadas -las cuales nos salvaron el pellejo, además de convertirnos en fans acérrimos de ellas- salimos camino de Tybee Island, debido a la casualidad, totalmente fortuita, de haberle dado la vuelta al mapa turístico que cogimos nada más llegar al hotel. Pasamos el puente que cruza el río Savannah, para dar a unas marismas enormes, de esas típicamente sureñas, de esas en las que la peña sale de los puertos de madera que están anclados sobre pilares de madera, y salen en lanchas planeadoras, con un ventilador enorme en la popa, a tal velocidad que no llego a entender cómo aguantan el tipo cuando, en las pelis, consiguen pilotar esas máquinas y disparar hacia atrás a la vez y besar a la chica y agarrar el maletín y desactivar la bomba.
Tybee Island es una prolongación de Savannah, con las mismas calles, las mismas casas, los mismos chiringuitos. Lo único que la hace diferente es la playa. Una playa enorme, de arena tirando a fina, la cubre de norte a sur. Un malecón gigante, cerca de la punta del sur, presidido por una caseta inmensa, toda de madera, cruza la playa hasta entrar en el mar. En la punta, un pequeño tejado, en el habitan decenas de palomas, que cagan sobre él y lo dejan de ese color blancuzco ocre tan desagradable. Varios lugareños tiran la caña para pescar algo, pero están demasiado sumidos en sus birras y sus parlamentos. En la arena hay pintados corazones enormes, con motivo del día de San Valentín. A veces, al caminar unos pasos, te encontrabas otras cosas, como un pene gigante, o un ojete, supongo, llevados a cabo por los escépticos de tales fechas. Como solamente tenemos un par de horas, tocamos la arena, observamos el entorno tan agradable que nos hemos perdido por no haberle dado la vuelta al mapa turístico, vamos a un chiringuito a comprar cuatro chorradas y emprendemos el viaje de regreso.
En Athens, nos da tiempo a un café. Recorro de nuevo las calles con ese color grisáceo del cielo. Piso una nuez, y la guardo en mi chaqueta. Nos despedimos de mi hermana, a la que no veremos en un par de meses. Cogemos el bus a Atlanta. Al llegar al hotel, atardece. La luz es anaranjada, me retrotae a otras tardes. A Barcelona, cuando esperaba que me llegase la inspiración sentado en aquel balcón minúsculo de la calle Bretón de los Herreros, en el barrio de Gracia, mientras fumaba como un carretero, pegado al café de tarde -sí, bebo mucho café, debería dejarlo- con el portátil sobre mis muslos, trabajando fotos que a nadie le importaban una puñetera mierda, y escribiendo cosas de escasa relevancia, o a Coruña, a la ventana de aquella cocina infecta, cuando la luz naranja pintaba los edificios de la calle Menéndez Pidal, en los Mayos, mientras fumaba, imaginándome yo en otros barrios de otras ciudades grandes, como si, tras un día largo, la pesadez del anonimato y la soledad de la gran ciudad tuviese un último cartucho que gastar sobre ti, antes de caer la noche.


Al día siguiente, me despierto con la luz blanquecina de Atlanta, para apenas coger el primer shuttle que me lleve al aeropuerto. Militares, gente aplaudiendo, máquinas de facturación estropeadas, gente hablando como si hubiese una cámara en alguna parte. En Chicago, nieve, más gente hablando en alto, revistas y comida grasienta de todas partes. Me como mi última hamburguesa. No encontramos la puerta de embarque, y un poli cubano que trastabilla las palabras de ambos idiomas nos muestra el camino, muy amable, gracias, muy amable. Otra vez la bazofia que nos dan en el avión, otra vez el agradable tacto del personal de vuelo -desde aquí, un apoyo a todos los de Iberia, merecen un trato mejor, no que los echen a la calle-. Una señora que habla inglés se sirve azúcar en la comida. Este país no deja de sorprenderme. Recuerdo que, en una peli sobre BalzaC, interpretada por el gordo ahora ruso de Depardié, hacía un monólogo en el que hablaba de sí mismo. Venía a decir que, aquellos que lo hacían bien, daban en el clavo de la misma manera que aquellos que lo hacían mal. Y creo que esta gente peca de lo mismo. Son estúpidos, ignorantes, engreídos, petulantes, autoritarios, horteras y vanidosos, de la misma manera son también sensibles, valientes y afables, y si pagas, cocinan de puta madre. Bueno, si pagas, hacen todo de puta madre. Quizá, si tuviera que escoger una palabra para definirlos, sería infantiles, con todo lo que eso conlleva. Son geniales, como los niños, con sus lloreras y sus pataletas, con esa crueldad tan natural y, a veces, tan aprendida de los que ya llevamos unas cuantas palizas encima, increíblemente sensibles, arriesgados en sus tareas, incluyendo las más triviales. Son exagerados hasta sangrar. Son soñadores y arriesgados. Son gilipollas y cabezones a tiempo completo. Son yanquis.


Me desperté con las primeras luces en el aeropuerto de Madrid. Crucé los pasillos amplios de mármol blanquecino durante unos minutos. A un lado y al otro cruzaban personas con maletas y chaquetas y abrigo y bolsas de plástico con las palabras Duty Free dibujadas en los laterales con colores rechamantes. Desdibujé, a lo lejos, un skyline de cabezas con sus orejeras, los trolleys simulando perneras deformes y tabletas como miembros aplanados de extremidades superiores. Paré a coger aire. A través del ventanal un pequeño avión recargaba combustible y maletas y comida. El letrero de la puerta de embarque pone en letras capitales 'A Coruña'. Ya no impone. Pero es mi casa, y eso me vale.
Quizá llegue el día en el que considere mi casa la tierra extraña que pisé estos días. Y la haga mía. Y la recuerde.
Publicar un comentario