2.19.2013

Viaje a USA. A modo de introducción introductoria.

Chapter 1. A modo de introducción introductoria.
'Mi madre sentencia una obviedad de esas a las que nadie molesta porque son tan necesarias que de no decirlas alguien tendría que, irremediablemente, inventarlas: ya estamos en América'


Crucé los pasillos amplios de mármol blanquecino durante unos minutos. A un lado y al otro cruzaban personas con maletas y chaquetas y abrigo y bolsas de plástico con las palabras Duty Free dibujadas en los laterales con colores rechamantes. Desdibujé, a lo lejos, un skyline de cabezas con sus orejeras, los trolleys simulando perneras deformes y tabletas como miembros aplanados de extremidades superiores. Paré a coger aire. A través del ventanal un airbus de considerable tamaño recargaba combustible y maletas y comida. El letrero de la puerta de embarque pone en letras capitales 'Chicago'. Impone verlo así, tan distante, tan de película, tan de diario. Tan de haberlo visto en tantos lugares, tantas televisiones, tantos cines, que suena a imaginado. Como si ya fueras a saber que huele de esa manera, y sabe a esa manera.
Compramos unos bocadillos a sabiendas de que servirían comida en el vuelo. A saber qué mierda nos ponen, pensamos. Por si las moscas, porque ya nos pasó en el viaje a Argentina, dijo mi madre, que nos pusieron de comer y sabía a plástico. Y luego nos cagamos en todo por no haber comprado algo en la zona de embarque. En la cola, los primeros acentos, las primeras prendas de ropa extraña a nuestra memoria y nuestras referencias diarias. Mira, ése debe ser yanqui, por cómo pone la boca. ¿Pero de qué boca me hablas? Sí, hombre, así como cuando pones cara de culo, con la boca piñonera.
Subimos al avión por el finger ese que le llaman a la pasarela que se enchufa a la entrada delantera del aparato. En este, concretamente, hay dos. Nosotros vamos por la segunda. Hace un frío de cojones. Huele a sobaquera. Mi padre piensa en alto, que huele mucho a Nola. Nos reímos. 'Oler a Nola' quiere decir oler a nolavarse. Supongo que sólo tiene gracia como cuando perteneces a un club y te vanaglorias de los que no están en él. Apenas hemos dormido. Cogimos el primer avión desde Coruña a eso de las 7 de la mañana. Llevamos en pie desde las 4.30. Reírnos del olor corporal de otros es lo más cuerdo que he hecho desde que comenzó esta locura. Al subir al avión y encontrar mi asiento, mi culo va a parar al abrigo de un paquete de plástico en el que habitan una manta marrón y amarillo y una almohada. Vemos que faltan asientos por cubrir y soñamos con no tener vecinos. Mis padres cubren las dos plazas de su fila. Yo me siento en un extremo de una de cuatro. Al otro extremo se sienta otro hombre, rubio, bien peinado, algo más alto que yo, y algo más robusto. De ojos claros, acomoda sus pertenencias con extraña elegancia, y coge de su bolsa un pequeño libro. Saluda a todos los pasajeros que se rozan con su antebrazo derecho, e inclina levemente la cabeza al personal del avión. Detrás de mí no se sienta nadie, y detrás de esta fila están los baños. Mi padre juega con la idea de que quede vacía y así poderla ocupar entera para dormir a pierna suelta. Reímos. Al rato, a alguien de los tres se le ocurre rentabilizar el vuelo y cobrar a cinco euros la media hora de descanso en la fila desocupada. Descojone general. Entonces mi padre salta de su asiento y ocupa la fila libre. El hombre rubio que se sienta al otro extremo de la fila en la que estoy ríe. O al menos me lo ha parecido.
Justo unos segundos antes de que la sobrecargo dijese aquello de 'personal, preparados para el despegue, cross check y cerramos rampas, por favor', una mujer negra, mayor, con arrugas que mostraban años de trabajo y penas y alegrías se sienta al otro extremo de la fila de atrás, y los ojos de mi padre hablan de desilusión.
A las pocas horas el personal nos atiende para darnos la comida. Es inversamente proporcional al trato recibido. Excelente servicio, nutrientes pésimos. No, lo siguiente a pésimos. Escogí albóndigas, porque todo el mundo quería pasta, y pensé que la mejor opción era meterse un poquito de caña al cuerpo para que aguantara mejor el envite. Mal asunto. Al abrir el paquetito de aluminio incandescente descubrí una pasta blancuzca, mezclada con otra verde con tropezones naranjas y, en una esquina, cuatro bolitas marrones que simulaban ser carne. Insípido todo como la madre o en laboratorio los parió, dejé de lado la bandeja y me comí el bollo y la ensalada opaca que lo acompañaban. Mis padres se miraron, y no tardaron en concluir que la idea de los bocadillos había sido la mejor de las opciones posibles. Una de las azafatas preguntó la bebida, y mi padre, respondió que quería vino. La agradable azafata sonrió, y dispuso si, además, como procede, querría un poco de cava. Más ancho que pancho, mi viejo asintió con la cabeza. Mi madre, en ese momento, me dirigió una mirada cómplice y me obsequió con el postre: un pegote que sabía a chocolate. Al rato, la misma azafata me preguntó, mientras se excusaba de no haberlo hecho antes, que si quería cava. Dije que sí. Se volvió hacia mi madre también. Al rato, tenía en mi bandeja tres botellines de cava, varios vasos de vino y bandejas multiplicadas de postres, restos de migas de varios bollos de pan y alguna que otra bandeja malparada de eso que parecía comida. La del rubio elegante, impoluta, bien organizada, recogida según tamaños e impecablemente vacía.
Giré mi cuello a la derecha como no lo había hecho en, al menos, dos horas, y observé que el rubio elegante reía entre dientes mientras leía, atónito, la revista que sale los miércoles. Sorprendido, fije la vista en él un rato largo. Tardó un tiempo hasta que separo sus ojos de la satírica de El Jueves para replicarle en perfecto español sajonizado (ya saben, queridous amigous) no sé qué de un error con su billete a una azafata. Algo así que, por culpa del sistema informático, no le habían dejado comprar uno de primera clase. Ante las disculpas de la paciente azafata, el hombre dispuso su culo y su resignación en el asiento, eso sí, con mucha educación y una envidiable elegancia. Volvió a la lectura, no sin antes hacerle caso al alboroto que se estaba formando a su izquierda. Mi padre, detrás, le espetaba a la mujer negra de avanzada edad un estridente 'jaguar yu fron', que nos dejó a todos, mujer negra, azafata, rubio elegante ricachón, mi madre y yo, patedefuá.
Llevamos encima cerca de las siete horas, y en el monitor ha acabado la película. Nos hemos comido el bocata de mentira que ofrecía el vuelo, y los otros bocatas que quedaban de nuestra cosecha, además de más vino y cerveza. Nos hemos levantado unas veinte veces pero el cosquilleo en las piernas invita a hacerlo siempre una penúltima vez más. Me he leído medio Primavera Silenciosa de Rachel Carson, y otro medio de Gay Talese y sus mejores retratos. El hombre elegante se descubre ante un reportaje publicitario que aparece en el monitor del avión que habla sobre marisco gallego y, sin apenas mostrar compasión, se relame de gusto con los ojos. Río maléficamente como esperando un renuncio, un momento de debilidad evidente en los gestos de aquél rubio elegante, que me despeje de mis errores y de mis prejuicios. Sin todavía pertenecer a territorio americano -pues el avión no lo será legalmente hasta que pise el suelo- me regocijo en mi orgullo cañí y cutre de ver a un inglesito clamando a los dioses por comer una buena tortilla de patatas cuando, de pronto, mi madre me sorprende para avisarme de que mire por la ventanilla.
Campos enteros de nieve se extienden hasta el horizonte, surcados por caminos hechos por las orugas de bulldozer y otras máquinas adaptadas a la nieve a modo de líneas paralelas rayadas sobre el manto blanco, que dividen el paisaje de montañas, colinas y montes, que fintan y esquivan lagos enormes de aguas azules, que se transforman en verdes conforme se unen y se funden. Entonces me quedo perplejo. Mi madre sentencia una obviedad de esas a las que nadie molesta porque son tan necesarias que de no decirlas alguien tendría que, irremediablemente, inventarlas: ya estamos en América.
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