2.22.2013

Viaje a USA. Mi imperio por un columpio.

Chapter 4. Mi imperio por un columpio.



Guadalupe es la asistenta del servicio que, por las mañanas, desde las seis hasta las nueve, ayuda a los pobres turistas incautos que caen en las fauces tenebrosas del hotel. Es una mujer bajita, con una sonrisa de oreja a oreja en cualquier momento, sin posibilidad de renuncio o bajón, que le resalta los carrillos y las arrugas de la comisura de la boca y de los ojos, risueña, educada y, sobre todo, mejicana. Desde el primer día advertí su presencia allá a donde iba a meter la pezuña: cuando quería hacer tortitas y no sabía por dónde comenzar -y eso que la máquina tenía un botón enorme con letras capitales en las que ponía START, y al lado, justo a escasos cinco centímetros del botón, un letrerito con letras capitales que ponía PANCAKES IN 30'!!!-, cuando no lograba encontrar la leche en vasitos pequeños precintados, cuando no lograba encontrar los paquetes pequeños precintados de mantequilla... ella estaba allí. Esta mañana, Guadalupe está sonriente, como todas las mañanas desde que pisé Athens. La saludo con un buenos días y, entre dientes, me muerdo la lengua para no gritar viva México cabrones a continuación. Me hago con los litros de café  y las bagels tras haberlas tostado un poco. Le pregunto por la leche, y me indica que en la nevera hay pequeños bricks. Cojo uno, y es exactamente como en las películas, como aquella peli de Suarseneguer -no sé escribirlo y tampoco cometeré la pedantería de mirarlo en google y ponerlo aquí como si lo supiese de toda la vida-, creo que se llamaba 'poli de guardería', o algo así, en la que aparece él repartiendo unos pequeños cartones de leche a los niños para que se la tomen antes de dormir. Pues así, exactamente iguales. Cojo otro. Lo llevaré a la habitación, junto con un sobre de cacao en polvo, y lo guardaré en la nevera. Me doy cuenta para qué sirve la nevera vacía: veo muchos guiris que, al acabar el almuerzo, llenan sus bolsos y sus mochilas con comida para llevársela a la habitación. Veo que Guadalupe pone una bandeja de hamburguesas y bacon churruscado. Pienso en variar el menú mañanero y atreverme con algo salado. Cojo un par de hamburguesas y las pongo en los panecillos judíos. Le pregunto a Guadalupe la posibilidad de ponerle algo que lo haga tragable. Me da tabasco, ketchup y mostaza. Sonrío. Me confía, con voz suave, que a veces la gente se queja de la poca variedad del desayuno, ¡y yo les digo que hay que saber cogerle el gusto!
Guadalupe se sorprende elevando el tono de voz y rápidamente se vuelve tenue  Le agradezco la confidencia y regreso a la mesa. Apenas sobra nada, e incluso repito. Tras dos cafés de un tercio de litro y un almuerzo copioso al estilo yanqui sureño, mi ojete pide paso y yo me alegro. Tras tres días he conseguido alcanzar la cagada mañanera tras el café. Lo peor del jet lag parece que ha pasado.
Vamos a buscar a mi hermana y damos otro paseo. El día mejora por momentos. Sale algo de luz solar por entre las nubes. Nos lleva por calles algo accidentadas. No todo es plano en Athens. Damos con un pequeño parque privado, lleno de sillas oxidadas y bancos con la pintura levantada. Rodeando el parque hay montículos de hormigón, con forma de pirámide maya, de un metro de altura, más o menos. Me explican que, sobre ellos, se apoyaban enormes depósitos de agua que, presumiblemente, abastecían a la zona. Vamos por calles un tanto sinuosas, flanqueadas por casitas típicas, todas ellas con su porche, con la fachada de madera, con los tablones superpuestos, con las mecedoras y los juguetes de los niños ciscados por el jardín poco o nada cuidado. Pero no hay gente a la vista. Llegamos a un claro que acaba con las vías del tren, elevadas sobre una colina. Subimos por un pequeño camino, abarrotado de ramas cortadas y vigas de tren metálicas, Mi padre se sorprende de que estén así, tiradas, porque, según él, cuestan una pasta. Seguimos las vías del tren, como los niños en las películas cuando van de aventuras y quieren atravesar el bosque, y de repende tienen que cruzar un puente y piensan que sí, que no hay problema, que adelante, porque apenas se han visto circular trenes por la vieja vía del puente, y entonces al guionista le da por atragantarse de absenta o de grifa mala y pone un tren a toda leche a cruzar por el puente de la vieja vía y, a estas alturas de la película, ves como el grupo de niños se pone a correr cagando leches hasta llegar otra vez al claro del que salieron, salvo uno, el gordito, porque todas las putas pelis yanquis tienen a un gordito -o a un negro, pero solo salen en las de acción, para que muera el primero- que corre que se las pela para llevar tanto peso encima, porque el tren no parece alcanzarle, o al menos no logra hasta que el chaval alcance a sus amigos, que siempre lo hará de un salto, y se llenará de mierda, y los colegas, en vez de loar la proeza, se agarran un choteo del copón a costa de él.
Al cabo de unos cien metros, llegamos a otro claro, en el que cruzaba un río. Había, en el puñetero punto medio del claro, un árbol de proporciones colosales y, colgando de este, un columpio. No sé quién cojones los tuvo tan cuadrados de subir a enchufar la cuerda a lo alto del tronco del árbol, pero ese columpio fue la cosa más curiosa que tuve el gusto de ver en todo el viaje. Nos montamos. ¿Alguien lo dudaba? Uno tras otro fuimos haciendo el imbécil, como niños pequeños, dando vueltas e impulsándonos con las piernas, mientras agarrábamos la cuerda que lo sostenía, y de vez en cuando estirábamos el torso hacia atrás, y veíamos el cielo moverse el círculos, y nos mareábamos, y ello nos hacía todavía más gracia, y pedíamos que nos empujaran todavía más. Un puto columpio. Lo que hay que ver...
Pese a que el día mejoraba, y daban ganas de dar un paseo, dado el absurdo de hacerlo, dimos unas vueltas hasta dar con un pequeño parque, que era atravesado por un río. No me extenderé demasiado en describirlo. No le llega a la suela del zapato a un parque como el que tengo cerca de casa, el de Carballiño, o las Fragas del Eume, sin ir más lejos.
Comimos temprano en el National y bebimos cerveza negra local, que estaba muy buena, y mi madre quiso probar una cocacola, pero estaba aguada a causa del hielo. Miré la etiqueta, y en el indicador de azúcar con respecto a la dieta diaria de una persona adulta resulta que para treinta y nueve gramos, la proporción es de un 13 por ciento. Me digo a mí mismo que va a ser que no, que en casa sé de buena tinta que es más de un tercio del azúcar diario. Regresamos al hotel y nos tiramos toda la tarde haciendo el ganso. Yo veo la tele. Saco un paquete de lacasitos yanquis con mezcla de galletitas saladas y uvas pasas y almendras -lástima no haberme traído unos cuantos de vuelta- y observo los indicadores. Me sorprende ver que, en el de azúcar, el porcentaje ni siquiera está calculado. Mucho me temo que la cultura de azúcar que tienen aquí provoca serios problemas, y que tiene a demasiadas empresas implicadas, así como a los políticos chupópteros del ramo, metidos en el ajo para hacer la vista gorda. Porque en este país estoy seguro que, de ocurrírsele a alguien chupar la pared, ésta sabría a dulce.

He aquí la prueba del delito, para quien tenga dudas. Estará permitido esto en Europa?


Cenamos en otro chiringuito de gente guapa y cool, pero no recuerdo el nombre. Sólo recuerdo a jóvenes más jóvenes que yo, pidiendo cocacolas y aguas, y yo hablando de vinos con mi gente. Eso me hizo sentir un poco entrado en carnes. Eso, y lo de no pedir postre, por aquello de que ahora no ceno grandes cantidades. Ya saben, un yogur, una manzana, y para cama. Que mañana nos espera un largo día.
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