4.19.2012

Cartagena

Mar, montañas flanqueando un puerto. Barcos y veleros. Ráfagas de viento. Voces electrónicas en varios idiomas. Estúpidos armarios empotrados enfundados en coches maquillados escupiendo palabras apenas digeridas por un bulbo raquídeo adaptado a aquello de Freud y el largo de corbata, ya sabéis, que cuanto más se presume, menos dedos caben en la frente. Un vendedor de lotería que grita a los cuatro vientos otra de las muchas posibilidades que tiene uno de desesperarse ante la hipoteca y la insolvencia. Olor a marea. Fantasmas de guerreros que se destrozaron la cara a machetazos, espadazos, balazos, alterados por siglos de imperios ruinosos por dentro y pulidos por fuera. Granizados de leche merengada. Playas sin olas y cantos rodados y hombres gamba. Calor húmedo atmosféricamente sin sexo ni posibilidad de. Bollos con nata. Guiris sin calcetines blancos con cámaras digitales que no saben guardar un recuerdo si no es posando delante de un monumento y poniendo la cara de gilipollas que aquél guiri con calcetines que ya ha posado y se va. Caldero de pescado, fritura de pescado, tortilla de camarones, empanadillas de pisto, bechamelas. morcillas y migas. Un buenos días de un camarero acompasado por aguas frías y cañas de turistas ingratos y poco profesionales. Yonquis con carritos del supermercado que llevan su vida entera y un gato que acompaña. Yo soy un moro judío, que vive con los cristianos, no sé qué dios es el mío, ni cuáles son mis hermanos, decía Jorge Drexler en una canción. Cenas abundantes paradas a desmano para provocar llantos de risa y risas que hacen llorar. Folletines de imprenta plastificados que te hablan de cómo las pasaban antaño cuando todavía no se había inventado el concepto de "pasarlas putas". Palabras de afecto tras media de mantequilla y café mediano con sacarina y corto de café. Miradas de hombres furtivas a curvas de mujeres de rompe y rasga, ésas que van a las tiendas a probarse la ropa en vez de fijarse en el espejo e imaginar que las están observando. Sobremesas de tres horas, una hora de conversación, dos horas de comprensión. El ritmo del crepitar de los cubiertos, de las latas de cerveza, y el sentir que el que está al otro lado de la mesa, cuando dice que te comprende, es que te comprende. Gemelos endurecidos de tanto caminar, de soportar anécdotas familiares en la chepa, bajo un sol abrasador que sólo te castiga de una manera. Al instante te secas el sudor con la mano y observas a una muchedumbre enfervorecida por querer un lugar común que visitar. Te preguntan: ¿cien lentas o cincuenta rápidas?, como niños inexpertos que quieren saber, que nunca supieron, y es entonces cuando giras la cabeza, y aparece ella, y te escondes en un lugar apartado, donde no te vea nadie. Y lo ves, lo sientes. El mar, las montañas flanqueando el puerto, los barcos, los veleros, las ráfagas de viento, las voces electrónicas en varios idiomas...
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