10.20.2011

Todo lo demás, sobra.

La primera vez que pisé Barcelona un yonqui estaba dándole una mano de hostias a un negro, mientras un segurata los miraba indiferente. El perro que lo acompañaba levantaba sus puntiagudas orejas.

Ocurrió en la entrada que hay debajo del paso de peatones de la Plaza Cataluña. En ésa estancia circular que une varias líneas de metro y cercanías. Una chica joven, así como de estética perroflauta moderna se acercó hasta el segurata y, al tiempo que agitaba los brazos, increpaba del porqué de su impertérrito semblante. Creo recordar que el susodicho apenas se inmutó. Quizás arqueó una ceja. Supongo, le achantaría algo del estilo no es de mi jurisdicción, en plan peliculero. Al rato se hizo el corro de la patata. Al menos dos docenas de ávidos guiris en cuestión de segundos, mirando el percal, haciendo fotos y haciéndose fotos, divisándolo todo con una mirada etnocéntrica brutal, acorde al unánime sentimiento de repudia y atracción fatal. Ya saben de lo que hablo. Que qué locos están estos romanos. Y tal.
Esa mirada absorta que se les pone a las personas que no quieren ver es bastante común. A mi madre se le puso cuando, siendo yo bien pequeño, en mis primeros pasos de uso de razón, extendí unos cuantos Lacasitos en la mano morena y trabajada de una señora que estaba sentada en el suelo con un niño en su regazo. Se me puso a mí cuando, ante la mirada atenta de mi chica, le soltaba una perorata sobre la honestidad y la integridad moral a un individuo que previamente me estaba pidiendo un euro y luego me soltaba aquello de si no quieres darme nada, dímelo y ya está, pero no me mientas. Y se le pone a todo cristo cada vez que la mirada cabizbaja de quien no tiene nada se cruza con la nuestra y sólo podemos negar con la cabeza, un gesto universal como cruel, como si de pedir la cuenta en un bar, instintivamente, incisivamente, sin siquiera girarnos a ver su reacción. De haber una definición exacta de una puñalada aséptica, creo que esto sería lo más cercano. Pues nos enfrentamos a esa misma mirada todos los días, en nuestro espejo del baño, ante nuestro jefe, ante la cola del súper, en el aeropuerto. Somos (ellos también) esos niños pequeños que son escogidos siempre en último lugar, a la hora de repartir los equipos.
Hoy, mirándome justamente en el espejo del baño, mientras goteo mocos transparentes del gripazo que estoy incubando, me vienen a la memoria las noches en el albergue provisional de Cruz Roja, en las que, en las noches de invierno duro, cuando la piel se agrieta porque no tiene boca para gritar, atendía a esas mismas personas de las que hablo. Venidas de todo el mundo. Chaquetas roídas, abrigos enormes y botas parcheadas. Comida caliente y mantas, pero antes regístrese, sisplau. Gracias, joven, no hay de qué, estamos para lo que estamos, ya, qué me vas a decir, que estoy hecho una mierda, que tropecé y me abrí la pierna. Un moro se niega a dormir en el pabellón de hombres, porque el olor es nauseabundo. Su dignidad no cabe ahí. No es un animal, no lo tienen por qué tratar así. Nos da las gracias y se marcha. Ocho horas de párpados caídos y batallitas sin sentido de voluntarios que quieren ser escuchados. Leche caliente. ¿No hay café? No, no hay. Pues vaya puta mierda. ¿Quieres otro bollo? Llévate más, si quieres, que siempre sobran. ¿Tú por quién me tomas? ¿Por un muerto de hambre? Ya, te pido disculpas. Al rato vuelve. La misma escena. No le digo nada. A los diez minutos otra vez, me mira y asiento. Como quien pide la cuenta. Así hasta cuatro ocasiones. Un chabal rubio, del este. No se despide. Tampoco hace falta. Un noche así, para alguien que no ha visto una cama en dos días por tener un fin de semana lujurioso puede ser un alivio, para él, es solamente otra noche más.
Me seco las lágrimas y los mocos y agarro el asa de mi taza. Me sirvo café caliente. Repaso los poros del yeso de la pared. Ignoro lo que dicen por la tele -esto último no es un efecto secundario de la gripe, lo llevo haciendo desde hace años- y parpadeo mentalmente mis recuerdos. Los perroflautas de la calle Portaferrisa con los que hablé de comunismo e igualdad para los pueblos, el pendón que nos pedía tabaco, a un colega y a mí, porque su novio se había alejado demasiado, y con la talanquera que llevaba no era capaz de localizarlo entre la muchedumbre, la señora bien vestida y siempre rubia teñida que me para, para decirme que tiene hambre, y da igual lo que le respondas, porque te increpará sobre su condición y te hará culpable, o las decenas de mujeres con espalda inclinada que agitan un vaso de plástico mientras se llevan las yemas de los dedos a la boca. El de la mirada estrávica, que vende paquetes de pañuelos, me agarró por banda en una estación de Renfe, mientras esperaba a mis suegros, y me espetó que yo era muy listo, que escuchaba a la gente y la respetaba, que a ver si hablaba con los indignados para ver si espabilaban, porque la cosa sigue igual de mal, y había que tomar medidas. ¿Qué medidas? dije yo. Lucha armada, tío. A matarlos a todos, joder.
Debe ser cierto eso que me cuenta la Loles, que voy por ahí con un cartel luminoso que dice algo así como te escucho. Y debido a esa mirada absorta mayoritaria, solamente lo ven aquellas personas necesitadas de un poco de atención. Aunque no sé si será atención lo que necesitan, si es que necesitan algo. El café me rasga la garganta y la estrecha. Me sobran muchas palabras en esta reflexión. Los momentos que viví son demasiado viscerales. No sirven. No despejan dudas. Ni siquiera las reformulan. Yo tengo café. Ellos no. Punto de partida. Todo lo demás, sobra.
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