8.02.2011

Los retretes del aeropuerto.

-Los retretes del aeropuerto huelen a caramelo, dije en voz alta, manteniendo la cabeza erguida. Luego la bajé instintivamente, hacia la raja del pantalón, como un resorte, como si de cada vez que fuera a sacarla para mear algún imprevisto neuronal obligase a mi brazo derecho levantarse antes de tiempo y no tuviese la vista puesta en ello para avisar al perezoso cerebro de rectificar. Huele a caramelo dulzón, insistí.
Sin percatarme de los constantes avisos de vidas cercanas más allá de las paredes móviles que me determinaban, sentencié aquello como si fuera una verdad de peso. Una verdad verdadera, sin medias tintas ni dobles sentidos. Porque, en aquella parcela de contrachapado y plástico, mirando a una pared de azulejos rojos, al ruido del chorro cayendo de soslayo por las paredes del marfil blanco del retrete, por aquello de no parecer demasiado vulgar o, quizás, demasiado imbécil, como para poder sacar algo en claro de un momento tan crucial y, a la vez, tan baladí, supe que el olor era a caramelo, de ese que se inserta (sí, penetra, en el sentido más estricto en cuanto a la reacción del cuerpo ante un olor intenso) en las fosas nasales y hace que te estremezcas, y que tus nervios estallen, y los parietales pidan glucosa en cantidades ingentes, y que las imágenes que retuviste durante toda tu experiencia vital afloren, en eso que llaman trailer, como en una película, durante apenas dos segundos, dos segundos que dan para siquiera darte cuenta que algunas micro partículas de orina no han llegado a donde se esperaba, para siquiera darte cuenta que el que está a tu derecha hace chasquear lo que parece ser un mechero, y recuerdas los bollos de chocolate con cacaolat que tomabas por las tardes después de salir del colegio con mamá, y las mañanas de domingo despertándote con ese olor a café hecho por tu hermana, con croisans comprados por papá, vestido con un chándal y sudando por las axilas, sin entender el cómo, después de tantos años, puede un hombre solamente sudar por las axilas, como una especie de tormento mental, y los momentos pasan, como a cámara lenta, hasta que en alguna fotografía de las que quieren decirte algo pero todos están con la boca abierta sin oir nada, una mujer con cuerpo escultural te grita, y todo corre como si tuviera prisa, acelerado casi como querido por alguien, y las voces se entrecruzan y no entiendes nada, y se desvanece. Entonces vi otra vez los azulejos rojos, y debajo una placa de aluminio con dos botones de diferentes tamaños. Apreté el más pequeño, cerré la cremallera y me fui.

Al salir un guardia me pidió la documentación, a lo que yo le respondí que los servicios olían a caramelo. Una pareja de centro europeos me miraba con desdén mientras apuraban el paso, repletos de bolsas con logos de colores de las que sobresalían objetos inservibles, que se balanceaban al compás de las tristes masas de grasa que salían del torso de aquellas personas, embutidas de colores y formas y letras grandes y gafas oscuras y pelos con formas disparatadas. Les devolví la mirada con asombro, porque dudé por un momento que no creyesen lo que acababa de decir. El guardia repasó mi atuendo una y otra vez. Intentaba encuadrar la foto del carné con mi rostro, buscando algún tipo de quiniela mental en la que yo estuviese dentro de la categoría de criminales en potencia, rastreando alguna objeción a lo que acababa de decirle. Al rato se acercó otro guardia. Se hablaron algo, no sé muy bien el qué, tampoco me interesó. Uno de ellos frunció el ceño, y me clavó los ojos, y luego los clavó en la puerta que da a los servicios, y se fue. Regresó al cabo de unos segundos, segundos en los que tardas en fumarte dos caladas a los veinte minutos en los que esperaste ese tardío bus, y con la mirada me señaló que me largase de su vista. Volví en el tren buscando miradas perdidas en las caras de los perdidos turistas que deseaban encontrarse en huidizas fotos de paisajes que nunca visitaron y nunca lo harán, a través de fastuosos equipos de miles de euros que apenas les contarán la verdad de lo que han escogido, inertes maletas, mochilas, neceseres y bolsas que apelotonan diversos ropajes ridículos en armarios de casas ajenas a carnes quemadas al sol. Atravesé el camino a casa en el metro, ese pene protuberante que se menea a través de vaginas gigantes para acabar escupiendo semen travestido, de miles de zombis dirigidos al culmen del deseo: un museo, una casa, un tejado, una fuente, un yonqui, un rico; transeúntes de su propia vanidad, carentes de vida y sobrantes de gula, fagocitan sueños convirtiéndolos en suvenires horteras que regalan a sus hijos bajo el lema del siempre hipócrita recuerdo.

Dejé las cosas (qué importa que llevase un sacacorchos o un buitre leonado) y miré a mi entorno y no vi nada. Solamente olor marchito a mierda sin recoger. En una especie de extasis bizarro, de danza sucia, se apilaban los platos y los cacharros en el fregadero, restos de comida apenas masticados y grasa. Abrí la nevera y le di un trago a una botella de plástico. Cerré las ventanas. Cogí las llaves y el tabaco y me fui. Bajé las escaleras y me topé con la vecina. Cuando paso a su lado notó temblarle la comisura de la boca, pero no oigo palabras audibles, solo susurros. Al salir a la calle noto la inquisitiva mirada del capullo de enfrente, que mira con inquina a las mujeres de cuerpo esbelto que se pasan por su radio de acción. Si tuviese una pistola le pegaría un tiro en la sien todas las mañanas que me levanto para ir a trabajar, y con el trabajo bien hecho volvería a su cuerpo mutilado para tirarle cupones de racionamiento y números de teléfono de los anuncios de contacto que hay en la prensa. Doy unos pasos y las pilas de bolsas de basura hablan sobre historias de otros tiempos, de cuando no eran cómplices de nada, de cuando eran inocentes, y gritan lo mismo una y otra vez hasta que el camión se las come y lloran por su condena, en una especie de martirio penal, con verdugos vestidos de verde fosforito, en la plaza pública, delante de todos. Alcanzo la puerta de la cafetería y pido un café. Paseantes anónimos con el cuerpo encogido forman una hilera a lo largo de la barra, con una ligera sombra en sus caras, a la altura del entrecejo, con los párpados caídos y los dedos mustios, sujetan papeles reciclados con noticias de sus propios delitos, y tosen de vez en cuando para no delatarse y miran de soslayo al que tienen al lado y tocan sus bolsillos para cerciorarse que tienen todo lo necesario a mano. Son las doce de la mañana y todavía no he comido nada. Y pienso que seguirá así durante el resto del día, porque el estómago no se resquebraja, y tengo la sensación de poder soportar el límite de la demencia con una chupada de aliento amargo aun cuando la muerte me llame a filas.

-Y... ¿eso es lo que sueña todos los días?
-Sí. De un tiempo a esta parte, me levanto con esta sensación.
-Entiendo. ¡Bueno! Es hora de irse. Pero nos veremos la semana que viene, ¿no? Podremos darle un par de vueltas a lo que me ha contado.
-¿Es preocupante doctor?
-No, no hombre, tranquilo. Les ocurre a todos. No se preocupe, deberá relajarse un poco estos días, e intentar no tomarse en serio esas visiones. Es probable que los constantes viajes en avión puedan ocasionarle algo de estrés, y las comidas a destiempo y tal, pero tranquilo; la semana que viene empezaremos con unos pequeños ejercicios de respiración que le vendrán muy bien para calmar esos ánimos, ¿le parece?
-Sí, sí, claro. Muy bien, doctor. Muchas gracias.
-A usted. Y relájese. No pasa nada.
-Ok, gracias. Muchas gracias.
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