3.06.2011

Sacar al perro.

Una me la regaló mi hermana Ana, la otra fue la primera que compré con mis ahorros, y ahora las veo con extrañeza, como quien se mira a los amigos después de haber vivido tanto y sentir que apenas los conoces. Con ese regurgitamiento eterno en la boca del estómago, que te dice que eso no llevará a ningún lado, y aun así lo haces, como una adicto. Sí, eso es. Lo mío es pura adicción.
Lo supe desde que llegué a esta puñetera ciudad. Gracias a ella, a los impedimentos constantes, a la puta abulia que ha crecido nuevamente en mí después de haberla desterrado tras un supuesto prometedor comienzo, a acostumbrarme a cosas tan simples que había creído olvidar, a pedir cafés con leches después de mirar la cartera y no antes, de comprar los carretes haciendo una media entre tomas y días. A mirar de nuevo por el visor sabiendo que cada disparo cuesta 16 céntimos con la 35mm y 37 céntimos con la 120. Y podría decir basta cuando quisiese, pero es que no me da la gana, porque no quiero. Me la pone dura apretar el botón sabiendo que he tenido la foto, que la cogí, y es mía, y de nadie más. Que seguirá impresa en el carrete hasta cuando yo quiera. Y seré yo quien diga si verá la luz o no. Como un puto fascista cabrón, decidido a exprimir el aparato hasta el final, en una relación de amor y odio a partes iguales, igual de agotadoras y estresantes, de tensas y agobiantes. Me gusta sacar fotos. Lo siento. No puedo remediarlo. No soy bueno, y nunca lo seré, eso lo sabemos todos. Pero no me importa demasiado. Quizá me joda por aquello de no encontrar un curro decente, pero está asumido. Empecé a llevarla conmigo a todas horas porque, me decía, algo sacaría de provecho según la estadística. Ya sabéis, cuanto más tiempo esté conmigo, más probabilidades saldrán ante mis ojos. Y sin embargo ahora... ahora no puedo salir sin ella. Me siento mal e incompleto, me siento raro. Cuando la llevo apenas veo nada, pero si salgo a la calle sin la cámara y un par de carretes veo fotos por todas partes y me vuelvo loco. Empecé llevando conmigo un sueño, para acabar por sacar al perro.

Sacar al perro es una expresión que se inventó un día Miguelón, mi colega de lloreras en Barcelona, y se ha convertido ya en una rutina. Él sabe, bueno, todos sabemos, que si no saco al perro, algo me pasa. A veces es porque estoy hasta los cojones de llevar algo tan pesado y tan ingrato como una Canon de las viejas, o peor aún, con la Rollei, que pesa algo así como un par de kg. A veces me cabreo y digo tirar la toalla. Otras me quedo toda la tarde tirado en la cama, autoculpándome. Dice mi hermana que es parte del síndrome del emigrante. Pero me frustro de todas maneras. Me duele estar tan solo. Solos. Porque hay más gente metida en esto. Por eso, cuando ya no puedo llorar más, me levanto, me doy una buena ducha y como algo, agarro la bolsa, el fotómetro de mano y los carretes, los meto en la bolsa de bandolera y salgo a la calle y empiezo a matarlos a todos. Como si fuese un cazador, un francotirador, un asesino cínico e hijoputa. Hablo con la gente, me gano su confianza y luego zasca. A tomar por el culo. Tengo tu cara y ya no puedes evitarlo. Jódete, me digo. Y guardo mis recelos en la bolsa, después de 36 tomas o 16, según la escopeta que saque. Porque las tengo para todos los gustos.

Luego llego a casa y respiro. Quizá no sea todo tan malo, me digo. Luego llega Cary y nos besamos. Ella me dice qué tal el día, sacaste fotos? y yo le digo que pocas, sin nada importante, y ella me cuenta que qué tal en la fábrica, y nada, ya sabes, lo mismo de siempre. Nos cambiamos, cenamos algo y al sofá. Hasta que llega un momento, ése momento, en el que nos intercambiamos miradas. ¿Damos una vuelta? ¿Llamamos a Miguel? Venga, me visto en nada y cogemos el metro.

Y así salen las cosas. Claro que sí. Así acabamos siempre por contar lo que le ocurren a las personas que salen a la calle a vivir. Como la vez que nos partimos el culo en aquel garito de los gintonics de puta madre, con tanto orco y tanto feo de cojones, o la vez que cenamos en casa mientras nos mirábamos sin sabes qué decir del cuarto mosquetero y sus falcatruadas, de las mandarinas y los tomates, ya sabéis vosotros dos, y de la moña tonta con Joe bebiendo hasta el agua de los floreros, o del día extravagante con mi hermana Laura, de esos momentos fotogénicos en los que encontramos a alguien fuera de las normas por las calles, como los travelos del cruce en el Corte Inglés, el borracho putero de la calle Ferrán que nos encontramos Dubín y yo, la conferencia a la que asistimos Quique y un servidor con cuatro cervezas de más, o la cena en el Igueldo, la comida en el Shunka, en el Lobo, o los de la zona del Raval, o la visita guiada de Celia y Oscar por la calle de las putas, la de San Ramón, o los cientos de cafeses en los que insistía en que "había que montar algo, Mike", en el concierto de Jamie Cullum que me regalaste, o el de Sabina que no pude regalarte, o el concierto de jazz improvisado al que llegué tarde, o en los guiris de las ramblas que cada vez que me ven con la Rollei, me quieren sacar fotos.

Y es que siempre hay fotos. Puede que ése día, a ésa hora y en ése lugar no tuviese físicamente el aparato que hace fotos, pero yo las hice en mi cabeza. Porque soy un adicto a hacerlas. Y las guardo en mi memoria. Con ellas me hago como persona, y no pienso olvidarlas nunca.
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