11.09.2010

Conversaciones con Caridad.

Texto original que fue editado para publicarse en este reportaje sobre la visita del Papa a Barcelona.

Me ha gustado el ambiente, pero todo lo que se ha montado con la visita del Papa me parece una chorrada. Ahí, donde más duele. Oye, que te conozco, no me pongas cosas que no son, que reconozco que soy muy crítica con mis cosas, pero siempre iré con la fe por delante. Asiento. No lo puedo negar, aun siendo ateo convencido, su voz convence, y por momentos, conmueve. Cincuenta y pico años, natural de Cartagena, Presidenta del Movimiento Bíblico de Galicia, es capaz de repartir tanto a la diestra como a la siniestra sin pestañear. No me creo mejor que nadie y lo sabes, pero en el criticismo constructivo está el futuro. Y por qué. ¿Es que acaso no lo ves? Vivimos inmersos en una crisis que abarca todos los aspectos. Ya no nos vale nada, ni la educación, ni la economía, ni la religión, ni la política… Y qué hacer. Tirar las estructuras abajo. ¿Abajo? ¿Así a saco? Sí, como lo hizo Jesús. Como Jesús. Y como Lutero. Ya. Y, al contrario de lo que piensa la gente, la fe volvió a nacer de entre sus cenizas. La Iglesia, tal y como la conocemos no vale. Yo creo en la Iglesia como pueblo sacerdotal, es decir, que concierne a todos. ¿Como una pirámide social invertida? Algo así. La jerarquía debe estar al servicio del pueblo, y no al revés. Ya, y… ¿eso cómo lo ven tus colegas del arciprestazgo? Pues cómo lo van a ver. Pues mal. Les envié una carta con motivo de la visita del Papa, una crítica con todo lo que se ha montado, y ni siquiera me respondieron. Pero tengo entendido que te llevas muy bien con las altas esferas de la Iglesia. Sí claro, tengo amigos obispos, me llevo muy bien con ellos, y ellos me aprecian a mí. Pero no les gusta que alcemos la voz para determinados temas, somos como los rojillos de la Iglesia. Entiendo. Me llamaron para ver si podía reunir un grupo de gente de la zona e irnos en bus a montar jaleo en el aeropuerto, y me negué por una sencilla razón. De nada sirve hacer propaganda sobre grandes concentraciones multitudinarias y luego tener las iglesias vacías. Si es que siempre somos los mismos cuatro gatos, joder. Las cosas no se hacen así. Algo tiene que cambiar. ¿Entiendes? Espero no haberte liado.

Dos horas de conversación distaron mucho de la consabida moralina a la que estamos acostumbrados. Según Caridad, una mujer que parte siempre del prójimo para actuar, y cuyo punto de vista está filtrado por el respeto y el amor, no entiende a cuento de qué viene el hacerle una estatua al Santo Padre, ni a gastarse una millonada en recibimientos de tal calibre, cuando la Iglesia la hacemos todos, y cualquier gesto, por nimio que sea, será siempre bien recibido. Que sí, que me emocionó cuando abrazó a aquella niña, mostró su lado más humano y dejó atrás a la figura que tiene que representar. Porque es un reputado teólogo, una persona culta, con una formación vastísima de cuyas palabras muestran una profundidad aplastante. Pero llorar a su encuentro, rodeado de guardias, coches y más guardias, no lo entiendo. En las reuniones somos los mismos de siempre, y con el tiempo quedan menos. Nadie mueve un dedo por algo que nos implica a todos. Nadie se hace nunca responsable de nada. ¿Y la Iglesia lo hace? Pues claro que no. Me hablaba el otro día un amigo diciendo que ahora tenemos que sembrar para luego recoger, a lo que le respondí que como cristianos ya estamos recogiendo lo que sembramos. ¿Y qué recogéis? Tú qué crees. Ya. Vuelvo a asentir con la cabeza.

La Iglesia a la que tanto se refiere es lúgubre y oscura. Además, no parece el típico templo sagrado. Quien no conozca la zona de Sada, una ciudad-dormitorio de A Coruña en el pasado, ahora convertida en una pequeña villa tranquila y apacible, diría que en donde se reúnen los feligreses semeja un mercado de los viejos. Un edificio sin forma de cruz ni por casualidad, revestido de baldosines blancos de cerámica, como los de las cocinas, los baños, o los puestos de pescado fresco de las lonjas. La he visto muchas veces, eso que parece un mercado, pero lo importante sigue sin ser eso. En el respeto hay cariño, en el cariño está Dios. Todo lo demás es paripé. Se lamenta. Tiene mala leche y no lo niega. Le molesta que la gente no haga Iglesia salvo para casarse o para la comunión del niño. Ni mensajes con enjundia ni moralejas finales. Los encumbran de regalos, y ni se te pase por la cabeza pedirles que se hagan cargo de la situación, ya sabes, la comunidad, la amistad, el amor. Con suerte te mentan a la madre y con eso te puedes dar por satisfecho. Ya no hay ni respeto. ¿Por vosotros? ¿Os sentís perseguidos? Menudo órdago me acabo de soltar, pensé. Y esperando un envite, su voz calma y segura trató de explicarme que no se trataba de eso. Porque no es la Iglesia, ni las religiones ni nada que se le parezca. No. Aquí el malo de la película es el propio ser humano. Tendemos a gobernarnos, a imponer nuestras convicciones. Hemos pasado de una sociedad castrada, en donde las instituciones eclesiásticas abusaban de su poder, a renegar de ellas y volvernos contra nosotros mismos, a matarnos, a odiarnos, y todo ello por tener la razón. Es que acaso no es triste que hayamos perdido ése sentimiento de comunidad que tanto nos caracterizaba. A mí me importa un pijo que creas o dejes de creer, pero no jodas a los demás. Llámalo como quieras. Llámalo fe en las personas, fe en algo divino, fe en el más allá, en el amor, en el buen hacer. Para mí es Dios, para otra persona será distinta, pero el hecho es el mismo, y lo estamos dejando de lado. ¿Cómo es posible que, siendo todos parte de una comunidad, queramos ser o tener más que los demás sabiendo que les vamos a perjudicar? Porque no se trata de ganarse un sitio en el cielo. El cielo se gana en tierra, aquí, con la gente de a pie. Por eso me revientan tanto las señoronas que se engalanan una vez al año para hacer la ofrenda y tomarse el vermú mientras se cuentan cuánto lloraban al paso de la Virgen como los que pretenden ponernos a todos en el mismo saco sin tener ni puta idea de lo que dicen. Apenas se han leído la Biblia y ya cuestionan todo lo que ven. Si supierais leer entre líneas, os daríais cuenta de que habla del ser humano y sus relaciones con los demás. Pero en cuanto dices eso, te desacreditan, y se ponen a mirar hacia otro lado. Y al año siguiente, más de lo mismo. Las mismas carreras, los mismos agobios y pidiendo, eso sí, que esté todo bien hecho y masticado. Y la fe la vivimos todos, no es una mercancía. Se puede vivir ayudando a tu vecino, mostrándole respeto e intentando comprender su situación. Las monsergas y las doctrinas forman parte de un pasado muy oscuro que debemos superar, y eso pasa tirando las estructuras existentes. Las de ahora no valen. Santiago se llenó, pero mañana las iglesias seguirán vacías.

Siempre que la he visto me ha recibido con una sonrisa, y en su casa nunca ha faltado de nada. Rodeada de los libros con los que va aprendiendo, recuerda su infancia con pesar. Dice que no tiene estudios, porque su familia era muy pobre. Con escasos doce años tenía que cargar sacos de sal para llevar algo de dinero a casa. Su fe no vino de los libros, vino del respeto y del amor para con sus familiares y amigos. Cuando le pregunto por los obispos, me dice que los aprecia mucho, pero cuando rememoro la rebeldía que le caracteriza, esboza una sonrisa cómplice. Es que claro que tenía que negarme. Cuando vino el obispo todo el mundo corrió a lamerle el culo y pisarle el suelo. Yo me negué. Yo no me arrodillo ante nadie. Le saludé de la misma manera a como lo hago a un amigo, o a mi hermana. ¿Y qué pasó después? Que cada vez que me ve, me viene a saludar. Porque saben de lo que hablo. Conocen mi fe, y lo demuestro con el trabajo diario. Ellos saben que mi guía espiritual no es el obispo de Tal o el Cardenal de Cual, sino Dios. Esas figuras son representantes de su palabra, y yo tengo el derecho y el deber de leerlas, entenderlas, comprenderlas y analizarlas. Y es ése análisis el momento crucial para todo creyente. Proceso por el cual todo mortal se enfrenta a la realidad. Entonces, ¿qué es lo que falla? Pues que la gente no sabe a dónde tirar. Lo dicho antes, no nos vale nada. Primero tiramos la piedra, al tiempo que escondemos la mano. Apenas dedicamos unos segundos a intentar entender. O pecamos de un extremo o del otro. No hay crítica constructiva posible. Verás. Una de las cosas que me gustó fue el sermón de Benedicto. Humilde pero seguro, ha defendido la institución y todo lo que representa, pero… ¿por qué siguen defendiendo esa idea de que la unión de Dios es indisoluble? El matrimonio se rompe cuando la relación de amor se deshace. Lo que no se romperá jamás es justamente ésa relación de amor. Y todo el mundo puede tener esa relación, ¿no? Sí, claro. Y los homosexuales. Y los homosexuales, claro. Mi idea de nombrarlo como matrimonio, quizá no vaya por el mismo sendero, pero tienen todo el derecho del mundo a quererse y a amarse. ¿Y cualquiera que lo desee?, sea ateo o agnóstico o de la Sociedad de Amigos del Mus. Pues claro, si el agnóstico y el ateo ayudan a los demás, son tan religiosos como el Papa.

Uno de los lugares en donde suelo coincidir con esta mujer es en El Rincón de Burgos, un mesón cercano a su iglesia. Esta cartagenera que acabó en Galicia, primero en Ferrol y posteriormente en Sada, por amor y por buscarse un futuro, se relaja conversando entre cafeses mañaneros en compañía de sus libros sobre teología, su Bíblia, cuyos márgenes están repletos de anotaciones, y de un buen par de batallitas que contar. Adora sentirse rodeada de su familia, convencida de que el amor mueve montañas. Javi, el camarero, nos pone un café y le cuenta un chiste. Nos reímos. Allá por donde va, se siente como en casa. Segura y rebelde, su sitio sería estar en lo más alto, pero citarlo sólo conlleva una negativa rotunda, a lo que sigue eso de que uno no se hace rico siendo honesto. Es de infantería, y se siente orgullosa de serlo. Su cara no muestra resignación alguna. Su veteranía es un grado, como la de un entrenador de fútbol de niños pequeños. Ha tenido que lidiar con padres incompetentes, feligreses desquiciados, niños repelentes y cargos eclesiásticos intratables. Sin embargo, su cara se ilumina cuando habla de las personas. Prefiere ayudar a los que tiene cerca, ser una más y no andarse por las ramas. Trata a su institución como si fuera una madre, algo a lo que querer y admirar, pero cuya comprensión implica crítica, sacrificio y paciencia. Ni circunloquios ni tecnicismos. Sobre lo que ha visto, oído, hablado y leído prefiere citarlo con sus propias palabras. Al rato llegan sus hijos. Uno filósofo, tiene mil y una historias para tumbar, dice, los razonamientos de la existencia de Dios, la otra, química, entiende cualquier fenómeno como la interacción de partículas subatómicas. Ella escucha. Si sale el tema, se puede armar. Pero es de las que se guardan el último cartucho para no usarlo nunca, porque errar es de humanos, rectificar es de sabios, y el “te lo dije”, esa arrogancia vestida de sapiencia barata, no va con ella. Estamos para estar juntos, aunque todo esto se vaya a tomar por saco. Su hijo se enerva y se caga en la madre del Papa y en la Xunta. Le pregunto si ha dado algo en la pasada del cepillo. Niega con la cabeza. No por nada en especial. Aprecio la figura del Papa, pero no entiendo por qué han dado dinero. Él es un peregrino más, como tú y como yo. Se merece atención y respeto, no una fiesta con cánticos y lloriqueos. Es el representante máximo de Dios, pero no es el único en esta tarea. Estamos todos involucrados, hasta tú que no crees. Asiento una vez más. Doy otro sorbo al café. En la tele aparecen hombres de traje que discuten, pero apenas nos fijamos. Me pregunta por mí y por mi familia. Mi trabajo, mis aspiraciones. Sonrío. Le digo que soy cooperante, o lo pretendo. Eso es lo que nos une y no debiera separarnos. Lo dice porque lo cree de verdad. Supongo, todos lo hacemos.
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