5.06.2010

Un buen comienzo.

Dicen los conocedores de la psique humana que las características que componen a los líderes naturales son idénticas a la de sus seguidores, de forma que se compenetren y se fundan en un todo que no pueda ser liberado de alguna de sus partes para ser analizada. Ídolos y fans son lo mismo, aunque se odien o se amen, se necesitan para sobrevivir.
Siempre quise comprender esa satisfacción personal. Supuse que, llegado el día, yo también sería admirado por una muchedumbre, y vería en los ojos de los demás los mismos ojos de estupefacción que se me ponen a mí cuando veo a alguien que adulo. No lo puedo negar. Creo que toda mi vida ha sido encauzada a una cuestión personal que limita las posibilidades de conflicto al infinito, de forma que, nada más soltar una palabra, un gesto, una mirada, callase bocas y liberase al mundo de sus fatalidades. Supongo, todavía me encuentro en las filas de aquellos que creen en otro mundo posible, y cansados de tanto hartazgo mediático y político, de tanto trejemaneje y tanta panoplia de irresponsables y estúpidos lameculos, nos resistimos a bajar de nuestras nubes, mecenas de palabra y acción que liberarán los males de nuestras vidas y nos darán la libertad.
Creía, por añadidura, que para alcanzar dicha meta tendría que correr más lejos, gritar más alto, pensar más rápido. Cambiar de casa, de ciudad, de país y de continente. Conocer a los mejores, meterme en sus alcobas, en sus vestuarios y en sus libretas de pensar en bajito, para preguntar por todo aquello que quiero desconocer para obtener los secretos oscuros de la existencia. Lo mejor, pensaba, es siempre lo de los demás. Aquello para lo que he vivido, soñado, reído y vomitado. Marioneta de pensamientos otrora considerados blasfemos, grabados a fuego en mi mente, como guía de buenas maneras en conflictos armados, siempre me encaminé a corroborar la vida de aquellos que consiguieron ser famosos, que lucharon por lo que creyeron y sobrevivieron a ello. En las conferencias de algunos de estos a los que admiro, en ocasiones me he bloqueado, por miedo a que mis pensamientos en alto resultasen ridículos ante mentes tan preclaras. A veces, pienso para mis adentros, que el sentido del ridículo lo he perdido solamente para caer bien y hacer amigos. Pero a la hora de la verdad, me callo, escucho y asiento. Y, aunque me vengan una y mil dudas al respecto, cierro los ojos y recapacito: "no estás en condiciones de hablar. Aún eres un novato".
Cuando me llamaron de la universidad estaba cagando en el baño, con los gallumbos bajados. Cuando me dijeron la suerte que tenía delante de mis manos, no supe reaccionar. Tampoco me lo esperaba. Siempre creí que sería un mierdecilla hasta el preciso instante en el que el mundo me llamase para salvarlo. A fin de cuentas, he currado unas cuantas decenas de horas haciendo guardias en una ambulancia, y cada vez que sonaba la alarma, me imaginaba que a cada paso que daba, el planeta parecía resquebrajarse más y más, hasta hacerse insoportable, y únicamente mi mano llegaría a cancelar la cuenta atrás de la autodestrucción. Pensaba que éstas cosas les pasan a los que luego serán importantes, que llegarán alto, que acabarán dando conferencias y nos mostrarán a todos las huellas que debemos seguir pisando para no caer en el abismo. Y cuando dije el sí quiero, la otra voz que atravesaba la línea telefónica me advirtió que no sería para tanto, que me lo pensase. Quizá no mereciese la pena, pero tomé el avión esa misma tarde. Me acababan de dar mi primer segundo premio de fotografía, y quería verlo con mis propios ojos.
Vi a mi familia, a mis padres, a mis hermanas, mi sobrina y tíos. Todos ellos me felicitaron, pero había algo que seguía sin cuadrarme. Esto no está pasando, cavilaba. Yo soy un pobre infeliz que quiere salvar el mundo. Esto sólo le pasan a los grandes, tiene que haber un error. Algo me dijeron, pero no parecía impactarme. Atravesé las puertas del recibidor del rectorado como las de una oficina cualquiera de atestados, o de atención al cliente, como queriendo obtener respuestas ante un problema surgido de un puzzle irreconciliable hecho con mis pensamientos y mis actos. Esperaba, por otra parte, encontrarme una muchedumbre que gritase sorpresa al hacer clack con el pomo de la puerta, y los flashes de las cámaras repiqueteasen mi cerebro a cada segundo. Pero no fue así.
Éramos siete personas. No había prensa, ni grandes personalidades, ni cámaras, ni chicas en bikini, ni comida cortada en cuadraditos con copas de champán. Nada. Una mesa grande, un par de papeles y cinco minutos. Te han dado el segundo puesto. Tanto dinero. Firma aquí. Enhorabuena chabal. Había muy buen material, pero la tuya nos gustó desde el principio. ¿En serio? Sí, ofcors. No lo dudes. La chica tiene una mirada potente. Quizá no ganaste porque te falta mejorar el encuadre, chico, si es que te sobra información a la izquierda. Si recortases un poco ahí, pues ganaría mucho, pero, en fin, que muy bueno lo tuyo. Vaya, muchas gracias, de verdad. Es mi primera vez. No jodas, y, ¿te dedicas a ello? Pues lo intento, desde hace un par de años que trabajo con una ong, y me hago cursos y tal. Pues dale duro, que como comienzo vas bien.

Como comienzo vas bien.

No hizo falta más. Y no hacía falta marcharse de casa, ni de ciudad, ni de país, ni de continente. No necesitaba tener en mi currículum miles de argucias y gestas heroicas para merecerlo. No se trataba de protagonismo, ni de que me mirasen al pasar, ni que las niñas me tirasen sus bragas ni sus tangas al grito sexual de queremos un hijo tuyo. No va de eso. No tiene por qué ser así. Porque puede que sea el último, o que, todavía peor, pase sin pena ni gloria por los archivos de aquellos concursos que intentaron mostrar algún fotograma digno de remover algo. Puede que no sea válido para esto, que realmente acabe currando de lo que menos probabilidad tenía al iniciarme en planes de futuro, que mire esta circunstancia como justamtente eso, un momento inoportuno en el que sucedió pero una y no más. De todas y cada una de esas maneras, tan rematadamente abruptas y desconocidas para mí, de las que, al menos antes de todo esto, me habría quedado con todas, ahora creo que pasaría página. Porque, de forma inconsciente, siempre he pensado que todo esto merece la pena. Por poco e insignificante que parezca, merece la pena.
Llegué a casa después de una larga tarde. Me fui a tomar una caña, con la sensación de haber conseguido un segundo más de aguante. Recordé entonces lo que me dijo mi madre cuando la llamé por teléfono para contar la noticia: "muy bien, hijo, deberíamos celebrarlo, que estas cosas hay que valorarlas, y tú no lo haces". Pedí otra caña. Encendí un cigarro. Volvía a tener la sensación de querer salvar el mundo, pero esta vez no me importó. Quizás no sea tan malo. Después de todo, soy un novato. Y algún día dejaré de serlo. Y cuando eso suceda, seguiré creyendo que podré con todo, y miraré a los grandes genios con los ojos abiertos como platos. Pero esta vez no cerraré la boca. Puede que sirva para algo.
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