3.08.2010

A tomar por el culo.

Ya sabía yo que esto no iba a durar mucho, pero no sé si me alegro. Hostia, puta y mierda, son las tres palabras que últimamente me salen nada más encender la tele por las mañanas mientras trago compulsivamente el café con aroma a canela que compro en el Condis (ahora me pasé al Gadis catalán). Ahora repaso los blogs que comentan el fiasco que aconteció con Avatar. Bueno. Que os cuenten mis viejos lo que dije de la peli nada más salir del cine. Algo asín como, joder, qué parecido tiene a Pocahontas, la parida esta, que hasta casi me duermo, y tal. Pero lo peor no es eso, insisto. Lo chungo vino después cuando gente de todo el mundo se pintaba las cejas de azul, el ojete de azul, la nariz de gato y se armaba con un taparrabos a poblar las calles inhóspitas y pútridas de la ciudad de amor, paz y solidaridad. Tanto, que hasta blogs decentes como Canalsolidario.org se hacían eco del tema, y comparaban la simplona historia del buen salvaje que es explotado por el hombre blanco malo que solamente camina por propósitos económicos con situaciones aberrantes que suceden en el mundo hoy día. Y vale, que sí, que es una putada, pero no todo es tan simple. No podemos observar la realidad desde la ventana, porque el ser humano es partícipe de su propia realidad, se implica y la cambia. Comparar a los bosquimanos con los muñecos gigantes azules de la peli es una burrada, ya que su situación, aunque en un principio similar, es más compleja, y exige mayores esfuerzos de comprensión que el lanzar al aire la idea de revolución. El mito del buen salvaje es justamente eso, un mito, una idea de aproximación que, algo así como la idea de Weber y sus tipos ideales, una pauta en la que establecer extremos estereotipados es algo necesario para acercarse al amplio espectro de posibilidades que nos ofrece la escena. Creamos un blanco y un negro, y luego comenzamos a entender, no sólo la gama de grises, sino de todos los colores existentes. Sin embargo, nadie se para a pensar en eso, sobre todo en la escala de grises, que hay muchos y son muy puñeteros, entre los que se encuentra la propia codicia humana, expresada incluso en caciques locales, autóctonos de esos salvajes buenos que empañan su lucha banalizándola a su expresión máxima, partícipes de esa imagen occidental de dinero a espuertas, chicas de coño fácil y coches de 75 litros a los cien, llegando a confundir al personal, convirtiendo a una comunidad en blanco fácil, y nunca mejor dicho, diana de propósitos empresariales, pero no los únicos, sino también humanos, ya que en dinero se convierte en un medio para un fin, y en ése pastel todos quieren comer. Y como digo, faltó poco para que esa imagen pseudorevolucionariaprogre sirviese como pasto para tanto petardo, consciente en menor grado de la complejidad mundial, para salir a la calle dispuesto a salvar al mundo, como si el resto fuésemos gilipollas, que no nos damos cuenta, tío, que las personas con dinero son malas, y los que van con taparrabos fuesen buenos, y además van en taparrabos porque les mola, y así nos cargamos de un plumazo todos los argumentos antropológicos, psicológicos, sociológicos, filosóficos, filológicos, biológicos y económicos realizados hasta la actualidad para concluir, agárrame los machos, colega, que hijo de puta blanco el que no bote, insolidario el que no se pinte de azul y diga libertad para los pueblos, y tonto el que lo lea. Y en éstas, algunos zoquetes, botarates e insensatos, se lanzan con esa misma imagen, pululándoles la chola, y se ponen los trajes de primitivos extraterrestres, -como si los pueblos indígenas fueran a parecer subnormales toda la vida y sólo los que viven en ciudades son malas personas- y se parapetan delante de una barricada, en plena frontera israelí, con soldados armados con lanzagrandas y tanques y todo, y se ponen a cantar y a bailar en favor del pueblo palestino y su independencia. Antes de seguir con esto, vaya por delante que apoyo la causa palestina pero, como decía, no todo es tan simple, y la tele -y en este caso, también el cine- hacen mucho daño. Pero eso no debió entrarles bien. Así que, para ello, los soldados de uno de los mejor equipados ejércitos del mundo, sabedores de su trabajo -porque el ser antimilitar no equivale tampoco a ser retrasado, y todos sabemos, o deberíamos saber, que los que portan armas saben dispararlas- se quedan allí flipando, al observar cómo un grupo de tarados se ponen allí, delante de ellos, en plan jarekrisnas, besitos en los mofletes, arrumacos por doquier, independencia para esto, independencia para lo otro, oye pásame el móvil que voy a llamar a mi madre por si me ve en la tele, y tal, y entonces el sargento del pelotón, de los cabrones del ejército, del palo que se queda a cuadros, cabo, que me meo del descojone, y el capitán responsable del puesto fronterizo se cabrea porque le han tirado el café por encima, y se entera del percal por la tele, y pilla el talki y le comenta la batalla a su sargento, en plan ya sabes, colega, que se piren de ahí que aluego damos imagen de mariconas, así que va el otro y le hace caso -como era de esperar- y mientras el cómputo de anormales que bailan y se manifiestan pacíficamente vestidos de azul -es que tiene guasa la historia, joder- los soldados hacen ca-clack con sus fusiles y sus tanques y tirachinas de bolas de goma que duelen mucho, y empiezan a tirar pelourazos a espuertas, pumba pumba, piñaun piñaun, gas lacrimónego y todos a tomar por el culo prontito, que quiero comer y los Simpsons empiezan en diez minutos. Y al rato salen miles de comentarias políticos cargando unos contra otros, si es que la culpa de todo la tiene Zapatero, y el otro que no, que eso es culpa de Aznar, que nos metió en todo esto, y mientras, los palestinos, que intentan sobrevivir como pueden con el agravio que supone tener que acostumbrarse todos los días a escuchar los silbidos que provoca un obus cuando hace parábola nada más salir de la boca de un cañón, flipando, intuyo, al ver a tanto occidental perroflauta azulado con billete de vuelta a casa y cama caliente tocando los cojones. Es entonces, y solamente entonces, cuando la situación de los que pretendemos creernos esa utopía de que otro mundo es posible, y participamos de ello con una actividad medianamente loable, como puede ser cualquier otra vía de escape de frustraciones personales, sea voluntaria o no, cae estrepitosamente a niveles de un ridículo inconmensurable, y hacen que, personas que obtienen únicamente información de la televisión, nos miren incrédulos buscando una respuesta, del tipo qué, sois todos así de gilipuertas, o la tontería viene con la edad.
Por eso miro fijamente a la pantalla y me sorprendo. Hostia, puta, mierda. Refunfuño. Y yo que quiero trabajar en fregaos de este calibre. Qué pena. Gandhi pasando hambre y rompiéndose el espinazo para retomar una identidad que les fue arrebatada, con la conciencia de cientos de muertos a sus espaldas por una libertad que les correspondía, y ahora nos disfrazamos de pitufos.
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