2.03.2010

Chocolate.

Le cedí el paso. En ese momento no lo pensé, pero llevaba tiempo con el semblante agrio y tosco, sin ganas de refutar un solo argumento en contra de todo el vaho de tantas tardes frías y silenciosas y largas. Para qué negarlo, si cuando me decidí por escupir esgarros ajenos en sumideros taponados de avenidas desiertas sabía que no todo iba a ser jauja, como cuando salí de ver Malditos Bastardos y no supe si mirarme al espejo o dejar de ir al cine, en ese eterno quiero y no puedo, de cuando somos muy malos y queremos serlo, por el bien de todos, de la puta mayoría que siempre te da la espalda, en ese espectro de imbéciles que dicen hacerlo por amor al arte mientras sueñan a escondidas en catalán, como al imberbe felpudo del Aznar, en mundos con recibimientos masivos en cenas de gala y coños gratis abiertos en canal, que hasta se les puede ver las sinvergüenzas al fondo a la derecha, igualito que los retretes de los bares cutres, llenos de mierda podrida y estúpida, de cuanto se han pasado por el forro, en esa interminable cuesta arriba, pezones apunten disparen fuego, por acabar queriendo hacer sin hacer por no hacer nada de nada, que digo yo, que para ser un solidario del copón, mejor métete a puta y tírate a uno que aparezca en la caja tonta, y luego menéate un poco, así no, así, me gustas, otra más, venga, y luego una de bravas, y que vayan descargando las cajas de los camiones, que esto lo paga mi exclusiva. Sin embargo, y a duras penas, le cedí el paso.
Entramos queriéndonos tanto que nuestras miradas de repugnancia se cruzaban con ojos espantados y asustados, que nos miraban, te miraban primero a ti y después a mí, lascivos, enfermos y putrefactos sedientos de carne, vísceras y azúcar de caña, al paso del olor a fritanga y conversaciones ajenas que hacen gracia precisamente por pasar al olvido con la misma rapidez con la que la luz alcanza un paso. No lo neguemos, pues, que los que estaban allí, a ti y a mí, nos importaban una puñetera mierda, como nos importan, a ti y a mí, que el camarero de camisa impoluta refleje sudores primitivos que parten de sus manos hasta dar con la balleta, en un acto de sadomasoquismo animal, que reparte hormonas gratis por todas las mesas, haciéndolas de dominio público, alarde de buen hacer y el maniqueísmo reinante en todos los cargos de contacto personal y paga pésima, conocedores de la realidad depauperada que les espera antes incluso de firmar un acuerdo tácito con su hipoteca. Camino sinuoso entre escombreras mentales de guiñapos que son carne de psiquiatra, que por no poder no son capaces de observar su culo sin toparse con un letrero luminoso que les obligue a volverse sobre sí mismos, no sin antes haberse ruborizado, y taparse ojos boca y orejas con las manos que nunca tendrán para apartar la puta silla que molesta a todo el allí presente. Joder, si es que me provocáis rechazo hasta para vomitar bilis, acérrimo yo a cagarme en vuestra puta madre con asiduidad, desearía que fuéseis negros o moros y justificar una insulsa y repulsiva atrocidad anal, como una xenofobia castrante envuelta en papel de estraza de colorines y marcas comerciales, chimpancés ridículos de vuestro juego hipócrita de un infumable sendero de constantes descartes humanos, en donde encontrar juicio a esta locura, y enfundarme un cono y un mono de color blanco, y lanzarme a vuestras calles, vuestros pueblos y vuestras casas a quemaros vivos, jauría de lobos y perros incluída, rencorosos animales ansiosos de venganza, en veros arder con las entrañas chamuscadas, casquería fuera de una piel que ya estaba pútrida antes de chasquear el primer mechero de la verdad y el amor, para mandaros a todos a tomar por el mismísimo culo, y obtener así la tranquilidad que tanto la naturaleza maltratada y yo esperamos obtener algún día, y así poder disfrutarla, en la eternidad de los días, y el placer del chocolate... mmmmmm...
-mmmmmm...
-está bueno, ¿eh?
-pa morirse. Hacía tiempo que no venía aquí.
-sí, ¿eh? Y eso que tú me enseñaste este sitio.
-sí.
-sí.
-mmmmmm... Ya creo que ni recordaba el sabor del chocolate amargo. Últimamente no tengo mucho tiempo para estos placeres.
-ya veo. No sales mucho, ¿no?
-no. La verdad es que no. Estoy muy liado.
-ya. Además, te veo como cansado.
-un poco.
-ya. ¿Y no me quieres contar nada?
-y qué quieres que te cuente.
-pues no sé. Algo. Hemos entrado aquí, nos hemos sentado, hemos pedido, y lo único que has dicho en los diez minutos que llevamos sentados ha sido un ruidito de gusto...
-ah, ya, bueno, perdón. Estaba en mi mundo. Sólo estoy un poco cansado. Nada más.
-ya, claro. Bueno, entonces, ¿no me vas a contar nada? No sé, no te veo desde hace la tira.
-mmmmmm... Pues no sé. No hice muchas cosas desde la última vez que nos vimos. Chapé hasta quedarme ciego, y no vi la luz en dos meses porque no tenía mucho tiempo.
-jajajajá. Ya. La verdad es que, cuando te vi aquella vez por la calle, medio zombi, creí que te pasaba algo.
-jejé. Sí, bueno, tampoco hay mucho cambio desde entonces.
-ya, supongo que tus cualidades siguen intactas, ¿no?
-supongo, no sé, ¿a qué te refieres?
-sigues dándole a la cabeza, con ese espíritu criticón...
-pues para qué te lo voy a negar si ya lo sabes...
-ya.
-mmmmmmm...
-está bueno, ¿eh?
-pues sí, mucho. ¿No te lo terminas?
-uf, qué va, ya estoy llena.
-hay que mantener la línea, ¿no?
-¡eh! no te burles. Me ha salido algo de chichita. No me lo vas a negar ahora, ¿no?
-jajajajajá. Tranqui, mujer, que estaba de coña. Pero, ahora en serio, ¿no te lo vas a terminar?
-que no, coño.
-vale, tranqui, tía, tranqui, que la prisa mata.
-ya.
-mmmmmmm... por cierto, ¿te has fijado en cómo te mira ése chico?
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