2.03.2009

Bolsas de plástico de color blanco.

Nadie dijo que la morgue fuese la tétrica morada de los sosegados, ni que las maletas que llevamos a cuestas con nuestra vida pesasen tan poco. Pero así es. Y no hace falta tirar de bibliografía para educarse en cuestiones del corazón ya que, y como dicen los filósofos, a ese hijoputa no hay quien le enseñe nada. Así que, la única manera de hacerle frente es estando detrás de la barrera, con la razón de tu lado. Y no es difícil. Sólo hay que estar en el momento inoportuno y en el sitio inadecuado. Llegado ese punto, lo único que tienes que saber de antemano es cerrar la boca y ponerte a escuchar. He de reconocer que me he pasado media infancia y media adolescencia yendo de hospitales como quien se va de cañas. Las salas de espera se vuelven familiares, y las palabras que albergan tuercen por momentos la espalda del mundo para ponérnosla en la cara y sentir, por unos segundos, el frío que vuelve los pelos de punta. Demasiados algodones recubren nuestra sesera desde que nacemos que parece una tontería ponerse a llorar por algo que merezca la pena porque, al fin y al cabo, cuesta más eso que comprarte uno nuevo. Y la frivolidad pasa a ser el alimento de la burocracia, con la excusa de tener que sonreir hasta en los momentos pésimos de nuestras vidas, para acabar siendo caldo de cultivo de nuevas generaciones imberbes, alérgicas a la lactosa pero no al lagrimeo facilón y la desgracia ajena. Por eso transcribo mentalmente las sensaciones que emanan de lugares así. Porque en el fondo me duele. En el fondo es una putada. Y es siempre la misma. La misma cara de estupefacción, de no acabar creyéndolo, de la incredulidad inicial y la mala hostia final, de querer buscarle tres pies al anuncio de la teletienda, como convenciéndote a ti mismo de lo poco que vale la mentira, por mucho que la quieras tener contigo. Por eso es difícil enseñar a corazón. Solamente entiende aquellas cosas que no ves, que no sientes, que no padeces. De ahí lo de estar en el lugar inadecuado. Pero aquí es demasiado como dar la vuelta y pedir que canten un bis, y que ello te deje un gusto menos agridulce. Siento decirte que es una jodienda, y que no hay forma de escapar. Por eso, una vez asimilado, son siempre las mismas caras de angustia, dolor y decepción las que reinan entre las cuatro paredes. Tantos somos los que caminamos sobre dos piernas que al mundo no le da tiempo para percibirnos, y cada vez con más frecuencia, pasamos de largo sin que nadie nos de un último adiós. Un último apretón, un hasta luego, un nos vemos en los bares, un te quiero, un pásame la sal, un jódete mamón, un nunca te olvidaremos. Quizá lo sepan ya, pero el olvido dura toda la vida. Eso lo aprendí observando esa desesperanza que surge de la soledad. No hay peor llanto en los ojos que aquél que se hace solo. Recordando inútilmente los mejores momentos de una vida que pasará a engrosar la interminable lista de la tragedia humana, una tragedia que no tendrá fin por mucho que peleemos. Porque no se trata de luchar contra la muerte, sino luchar por tener una muerte decente, y no un descuido estadístico. O una obra teatral. Tanto da. Alguien dijo que las buenas personas no merecen morir solas, y eso es quizás lo que de verdad importe. Por eso todo es más triste si te vas sin haber avisado, sin decir nada. Y es que nadie dijo que la morgue fuese la tétrica morada de los sosegados, ni que las maletas que llevamos a cuestas con nuestra vida pesasen tan poco. Pero así es. Que yo lo he visto. Cientos de personas que salían de los hospitales, con los ojos inundados de lágrimas, llevando consigo la tristeza de la pérdida, y una bolsa de color blanco marcada con un nombre, llena de objetos que la gente llama personales.
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