1.29.2009

¿Volverás?

¿Volverás?
Su hija le había preguntado lo mismo siempre que tenía que ir a trabajar, como por lo menos unas cien veces. Y a él siempre le había parecido una tontería, como quitándole importancia. Pero cuando subía las vertiginosas escaleras puntiagudas del avión, sentía ese escozor en la traquea que le decía que no era ninguna tontería. Y por eso, cada vez que lo recordaba, creía a pies juntillas que aquéllo parecía una despedida, y que aquélla sería la última vez que la vería. Sin embargo, su trabajo, precisamente su trabajo, sólo le permitía unos segundos para repensárselo. Cada vez que algún pensamiento le atormentaba, era un golpe, o algún bombazo, una sacudida fuerte, una desgracia ajena, el que le sacaba de dudas. Entonces no son las dudas lo que le atormentan, sino, también, el miedo. El miedo a morir solo, sin nadie que cuente su vida, sin testigos ni musiquita ni funeral ni velada ni llantos ni desconsuelos. Nada. Pasar la vida a duras penas para dejarla sola sin nadie que le conteste a lo que te preguntas, a lo que nos preguntamos todos llegado el momento en el que las piezas empiezan a no cuadrar. ¿Por qué? ¿Por qué tú? ¿Por qué tiene que pasar esto? ¿Por qué tiene que pasar así? Los ojos se le quedan fijados en los de su hija por segundos, y lo peor es que ella lo sabe. Sabe muy bien cuando su padre deja de ser un Dios que todo lo sabe, y se convierte en alguien corriente y moliente que atraviesa por los valles desconcertantes que tiene la inseguridad y su puta madre. Quedarse así, mirándola fijamente a sus ojos redondos y verdes es una imagen que quisiera no recordar nunca, porque rememora sus temores y le vuelve humano. Porque todo lo que ella siempre quiso creer que era él no es más que una coraza insulsa y artificial, que muestra lo que quisimos ser pero nunca nos atrevimos a. Lo único indiscutible es ser su padre para ella, y ser su hija para él. Pero ello no es más importante que afirmar que la fruta es saludable, o que indispensable es el agua que bebemos para vivir, que el cielo es azul porque refleja el color del mar, y que las rosas rojas huelen muy bien. No hay verdades a medias ni mentiras sin final en esos momentos de tal obviedad que hacen daño. Lo fácil sería una respuesta piadosa, un parche para los sentidos, que va destruyendo poco a poco el sentido que tiene comunicarse con el corazón para hacer de esa rutina familiar un caos y un desconcierto tan típico como aceptado por todos. Por todos los demás, los otros, la comunidad y sus circundantes que te dicen constantemente lo que tienes y lo que no tienes que hacer. Y quizás ésa sea una respuesta tangible y factible. Los demás. Decirle a su hija que la culpa la tiene el resto, los que no nos conocen ni saben como somos, pero además, nos afectan. No. Porque en el fondo la adora y la ama con todo su ser, pero sabe que no sabe responderle a algo tan simple. Y es que, ¿tanto cuesta ser sincero? No sé, podría ser panadero, comercial o un simple currante de una cafetería, un camarero, o un cocinero. Y sin embargo... Sin embargo no sabría por dónde empezar. Volvería a encontrar excusas baratas para no decir realmente lo que piensa, hasta acabar soltando una perorata sobre la dignidad y la decencia del trabajo bien hecho, de la valía y el honor que emana de alguien que sabe lo que hace. Pero sabe muy bien que tampoco es eso. No se trata del bien y del mal, de lo que él puede pensar que vale o no para sí. Es su propia manera de entender las cosas lo que le impulsa, lo que le motiva a actuar de esa manera, y eso está fuera de toda concepción universal que divida el mundo en dos partes similares. Fuera de lo que cualquier coraza estúpida pueda entender. Que no se trata de buscar una excusa a lo que haces o dejas de hacer. Puede que haya mucha más gente interesada, y que ella se alegre porque sea así, para que ello le reporte un momento de no ver, no oir, no pensar un poquito, y pueda ser feliz. Pero no es así. No la aceptó en su vida para que fuese como el resto, para vivir entre algodones, para que asimilase esa ridícula forma de felicidad que tiene la gente de pasear por los pasillos de un centro comercial, o disfrutar de un buen programa de televisión delante de una cena con vitaminas, calcio, conservantes y colorantes. Si se hizo fotoperiodista de guerra fue porque le parte el corazón ver a niñas de la edad de su hija con las costillas marcándoles el tórax a causa de la desnutrición, o la malaria, o el cólera, porque no soporta tener que enfocar a cráneos deformes tras un bombardeo en nombre de alguien, o de algo, o tener que aguantar infumables ruedas de prensa en las que desaprensivos afirman cruzadas humanitarias cuando poblaciones enteras son masacradas minutos antes, porque le duele en el alma ver la misma apatía en las caras de aquellas sociedades cultas y civilizadas, como la suya, como la de su hija, que protegen esos valores por los que algún día soñó y después luchó. Lo hace porque alguien tiene que ser testigo de la barbarie. Se supone que así se aprende de los errores. Errores que se pagarán algún día. Y él no quiere que los paguen con su hija. Ella no tiene la culpa. Nadie la tiene.
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