1.08.2009

[El] cuento de [la] Navidad.

Es miércoles siete de enero y unas señoronas zarandean a sus hijos pequeños y berrean con ellos; mientras, un hombre que parece ser el padre de alguno de ellos entra por la puerta del bar con un libro bajo el brazo. No, no parece ni más interesante ni más cuerdo ni más intelectual que los que estamos allí por el hecho de tener un libro, lo que lo hace más interesante y más cuerdo y más intelectual es el hecho de dejar el susodicho tomo en la mesa más cercana a la entrada del local en cuanto ve a toda una maraña de niños que le invaden su espacio vital dispuestos a no dejarle aire en los pulmones. Y ríe y juega con ellos, durante las dos horas que llevamos tomando un café, viéndolos ahí abajo, en su mundo, hablando con ellos de los regalos que los "Reyes Más Mágicos" (Cary dixit) han traído. Sin embargo, ninguno de ellos ha traído nada. Están jugando solos, con sus manos manchadas de chocolate y sus pulmones perfeccionados a lo largo de siglos de evolución selectiva, que les permiten gritar sin compasión, con un hombre que parece el padre de uno de ellos, que grita también y se ríe también. No era el más interesante ni el más cuerdo ni el más intelectual, pero jugaba con los niños, y eso le hacía parecer humano. Al menos, más humano que los que estábamos en el bar.

El mundo cambia y sus costumbres también. Viéndonos desde la barrera alguien podría pensar que aquello que decía Buda, de dejar fluir los momentos como el agua, sin pretender aferrarse a la felicidad eterna ni a la tristeza eterna, como aprovechando el momento y no querer prolongarlo más allá de los límites que impone nuestra propia frustración, como decía, se diría esa persona distante que nadie lo ha leído jamás, y que solamente con citar ese pensamiento se tildaría de herejía, en unos tiempos que el materialismo infame nos hace censurarnos privadamente y permite encerrarnos en casa convenciéndonos de que aquello se llama libertad. Y no, no es otra perorata en contra de la Cocacola ni Papanué ni la madre que los parió a todos. Tampoco quiero hacer una oda a las tradiciones ni a su falsa eficiencia en pos de una familia unida y feliz. Nuestros padres nos han vendido muchas ilusiones, desde la creencia en omnipresentes -lo mismo da Dios que los Reyes Más Mágicos que el Ratoncito Pérez- hasta la forzada y forzosa creencia en una unidad comunal que nos hace impunes a los peligros más aberrantes creados por la humanidad -como una crisis mundial, la muerte de un familiar o qué sé yo, que se te pinche una rueda un día de lluvia en un camino de vacas-. Pasan los años, el mundo cambia y sus costumbres también, y aquellos que las vivimos, porque inmersos en ellas estamos y eso es algo que no podemos negar, tenemos también el deber de cuestionarnos, tanto a nosotros mismos como nuestra proyección en eso que llamamos sociedad. Y qué queréis que os diga, pero empiezo a cansarme de esa liviana y aparente hipocresía que reina el ambiente festivo. He sido engañado, injustamente engañado en nombre de un sentimiento que no entiendo y que, en momentos de máxima reflexión, tampoco comparto. Por aquellas circunstancias que nunca comprendí, por esos momentos que eché en falta, esos segundos que pedí y que nadie me ofreció, esos litros de sudor que nunca derroché, esas risas que por derecho -y por el hecho de ser niño-nunca tuve, por todo ello y mucho más, hoy me voy a cobrar las deudas pendientes que tiene la puta Navidad conmigo. Por traidora, zorra, mentirosa y desconsiderada. Hoy, neniña, te vas a cagar.

La Navidad y su "sentimiento" es todo un cuento chino, y lo sabemos, pero los gilipollas que crecimos en esa adolescencia dulzona de querer morirnos, de la pena eterna, la tristeza y el lagrimeo fácil -ya sabéis, como muy emo todo- y luego, por su propio peso, caímos todos como moscas en la rutina de la verdad y en la sabiduría de la "experiencia por bofetón", a saber, palo llevas, lección que aprendes, nos dimos cuenta un poco tarde de la trascendencia que tenía en nuestras vidas unas pautas tan comunes y sencillas como el hecho de juntarnos todos en determinadas fechas y hacer lo que se espera que hagamos en determinados contextos. Porque todos intuímos -como sé muy bien que canso, pecaré de simplista para no explayarme demasié- que en determinadas etapas vitales, uno hace lo que hacen los demás, y punto. Cuando eres niño todo es felicidad y alegría y dolor de cabeza -para los padres, claro-. Amigos, familiares, un par de juguetes y horas de diversión. Fantástico, genial, fenómeno, como diría el Pequeño Nicolás. Yo recuerdo que, ya desde bien enano, me regalaban un par de cajas de Lego de tamaño medio y me tiraba días enteros montando y desmontando. Otro año me regalaron un muñeco de tela al que le pegabas leñazos. Duró unos quince años, desahogándome y ensañándome con él hasta desgarrarle la entrepierna. Todavía sigue en activo. Lo tiene mi sobrina de ocho años. Y lo que sigue es lo que todos conocen, intuyen y creen saber y que, no les voy a engañar, fue así: yo tuve una infancia feliz. Como se espera que pase, creí a pies juntillas que la Navidad era el motivo de alegría de toda la especie humana, aprendí a tener paciencia esperando un año el turrón de Suchard, creí que los Reyes Más Mágicos y Papanué venían de Oriente y de Laponia respectivamente, que los mensajeros Reales de sus majestades estaban estratégicamente colocados en todos los centros comerciales porque, según nos contaban, allí iban los padres a escoger los regalos que luego traerían a través de la ventana, o la chimenea, la buhardilla, trampilla o puerta, y me lo tragué. Veía pasar con admiración los tractores de los militares llenos de carbón que sólo los verdaderos hijos de puta -me decía a mi mismo con siete años- recibían al amanecer del día seis, por sacar malas notas, por pegar a los demás niños, por ser, en general, malo malísimo. Era, en resumen, un niño normal, ingenuo a veces y lúcido en otras, aprendiz sumiso y dependiente de los quehaceres típicos navideños. Cuando, de repente, en una noche de esas en las que apenas conciliaba el sueño por la tan esperada llegada del gordo de rojo, ¡pam! Me encuentro al final del pasillo, en el salón, a mis padres colocando los regalos debajo del árbol que con tanto esmero preparaba cada vez que llegaba el periodo estival. No supe reaccionar. Tardé unos años en convencerme de lo que pasaba delante de mí. Yo creía, bueno, todos creíamos en ello. Yo sacaba unas notas de puta madre, intentaba no ser demasiado imbécil, invitaba a todos mis colegas en mi cumpleaños y disfrutaba como un enano con lo que me traían. Y en un segundo todo al carajo.

Llegada la adolescencia yerras el tiro y lo pagas con los símbolos que más sobresalen. Me pasé la adolescencia gritando contra el capitalismo, los americanos y la Cocacola, fascistas opresores que nos obligan a engordar las filas de sus ejércitos malvados. En fin. Mirar para otro lado siempre fue fácil mientras se entonan los cánticos pertinentes y la chica que quieres llevarte a la cama se lo cree. Si se lo cree. Siempre la creencia detrás de todo. Creencia en que todo tiene que funcionar, que todo está bien, que no hay ningún peligro. Y te mienten, y te mientes. Yo creía en todo eso años después de ver a mis padres en tal situación. En el colegio mis colegas me contaban que también lo hacían porque no querían dejar de recibir regalos. De adolescente participaba en las comidas familiares sin soltar prenda sobre mis pensamientos acerca de tanto regalo y tanta gaita porque, en cierto modo, prefería engañarme pretendiendo regresar a mi pasado infantil y recordar aquellos maravillosos años en los que, verdaderamente, lo pasaba genial con mi primo Emilio jugando a tonterías que nos inventábamos mientras los adultos, que muchos de ellos todavía rondaban los dieciocho, hacían de las suyas contándonos batallitas e inventando juegos, contando chistes y haciendo muecas para luego verlas en video al día siguiente y esmendrellarnos de risa. Pero no voy a negarlo, nunca estuvo del todo mal. Ser un petardo evidente cuyo discurso repetitivo sobre los males del materialismo puede tener sus ventajas. Y yo, aunque nunca fui guay, sí molaba. Yo me molaba. Decía que todo era una mierda pero participaba de ello y nunca me quejé. Hasta ahora.

Llevo unos años viéndolo todo desde otro punto de vista. Para empezar, nunca supe muy bien qué viene a significar el "sentimiento navideño". Cuando le pregunto a la gente me dicen cosas muy dispares, pero todas tienen una motivación muy similar, que va desde la pervivencia de la felicidad, la ilusión y la unidad familiar. La felicidad, uf, cómo nos gusta la palabrita. Necesaria, deseada pero infravalorada por culpa de complejos y faltos de cariño que hacen de ella una simple moneda de cambio que se puede comprar y vender, y que, en determinados contextos sirve de pretexto para darle un cimiento sobre el que asentarse. En este caso, la felicidad es el sustento principal de todo acontecimiento navideño y la excusa más utilizada por empresas y comerciantes. Comprar felizmente compras para hacer felices a los que has comprado. Compras y más compras que se encierran en un círculo vicioso y viciado retroalimentado por su sentimiento inicial: conseguir la felicidad. Y si puede ser a toda costa, mejor. Por ello los padres se enzarzan en una misión suicida que consiste en magrear, almacenar y envolver paquetes una y otra vez mientras sus hijos observan atónitos juguetes apilados por millares en un almacén gigante en donde cuelgan, felizmente, decorosos rulos con brillantina con mensajes típicamente navideños como Felices Fiestas, o Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo. Aquí todo vale, y maricón el último. No vale ninguna excusa, ni crisis mundiales ni cierre de comercios. Ni se te ocurra decir que se te olvidó, y lo del entierro de la abuela ya está muy grillado. Alguien todopoderoso ha sentenciado hace miles de años que hay que ser feliz y aquí ni cristo soltará una lágrima. Despidos masivos y falta de fondos en las arcas estatales que hacen temblar las pensiones de nuestros padres no son motivo para dejar de hacer desde hace siglos. Nos va la marcha y aparentar que nos va, aun cayendo bombas sobre la ciudad. ¿Tienes que tomarte una medicación que te duerme a causa del malestar neurológico que te provocó la muerte de un familiar muy querido, y prefieres pasar estas navidades en casa sin hacer mucho ruido, con tus pensamientos y un par de colegas? Anticristo que te parió. Pero cómo se te ocurre, alma de pollo. ¿Es que no lo oyes? Son los niños de Viena que cantan afuera, en la nieve de tu jardín, para que salgas y les des un chocolate caliente a todos y los despidas con el amor que te profesan, y olvides tus penas y las dejes de lado, para lanzarte de lleno al manto blandito y seguro de la compra on-line. ¿Cómo? ¿Que prefieres afrontar las consecuencias dedicándote unos días sabáticos olvidándote del mundo y pensando en ti, algo que no haces desde años? Noooooooo. No me seas cabrón. Eso no es dignidad ni es ná. Lo mejor para solucionar tus problemas personales es que llames a toda tu familia, a la que no ves en todo el año, no por imposibilidades geográficas, sino por que no los soportas, y les hagas una comida que no pagarán, tirándote toda la tarde y parte de la mañana cocinando algo que pocos agradecerán, para acabar hablando cada uno de su propia vida como la más importante, sin centrarse ninguno en el esfuerzo y dedicación que les has mostrado para, según dice el supermercado de enfrente, encontrar la felicidad. Y eso me lleva a otro punto. El de la unión familiar. Curiosa forma de ver un acontecimiento con tanta solera. Insisto en lo de los tiempos cambiantes. Y dudo mucho eso que se cuenta que antes las familias estaban más unidas y eran más felices. Si era así, en la mayoría de los casos no les quedaban más cojones que serlo. Pero volvamos al presente. He de admitir que, en muchos aspectos mi familia es modélica. Unida, fuerte y abundante. No obstante, ello no la hace perfecta, y como en todas las casas, y en las mejores también, hay rencillas que son lo suficientemente fuertes como para no dejarlas de lado, por mucha Navidad y mucha hostia. Quizá el ejemplo de la pobre moribunda drogada a causa de una depresión sea extremista y poco frecuente como muchos piensan, pero este que viene puede que nos suene un poco más. Qué me decís de los matrimonios mal avenidos, de las separaciones costosas, de las herencias interminables, de las peleas cainitas, de los hijos aguerridos a infumables discursos sobre el eterno valor de su humanidad, violada por hermanos impuros y padres desconsiderados que han provocado su fuga del lecho conyugal. Y si a todo ello añadimos el factor paro, falta de presupuesto, agobio hipotecario, avales sin fondos, qué, suena a algo lejano, ¿no? Y, a pesar de haber vilipendiando a políticos y demás chupópteros por estar todo el año jodiéndonos con quiebres económicos, subidas del Ibex y bajadas de calzoncillos constantes, cuando llega el mes de diciembre, o mejor dicho, noviembre, todos los escaparates incitan y fomentan el sentimiento afable de la navidad y la alegría, y alcaldes y gorrones varios empeñan las bragas de los contribuyentes para engalanar calles y fachadas para que todos disfrutemos de la felicidad y la unión familiar como nos merecemos. Y esto me lleva al tercer punto, evocado por estos dos anteriores: la ilusión. La ilusión que emana de la creencia en algo místico que empaña toda festividad similar. La ilusión de la esperanza llevada al absurdo, de quien cree que no todo es imposible, que siempre queda una segunda oportunidad, un último cartucho que gastar ante la impasividad de un mundo cruel y despiadado que busca la tristeza de los mortales. Visto como lo pintan, parece realmente que el único refugio existente para la felicidad es el búnquer llamado Navidad, en el que se entremezclan grandes celebraciones familiares, encuentros esperados en donde se debate, se ríe y se contagia una alegría pasmosa, en donde los juguetes no son el fin que justifica los medios, sino la sonrisa de cada niño que admira a ese padre que le explica y monta la nave espacial, en donde los veteranos abuelos citan con humildad pasajes de su vida y en definitiva, donde toda la familia junta y unida colabora en las tareas que les llevarán, irrevocablemente, a defenderse del austero mundo con ese escudo tan fidedigno llamado felicidad. Felicidad, unidad, ilusión. No existen niños cabrones que guardan con recelo sus paquetes a la vista de otros niños que miran con envidia, no existen rencillas familiares demasiado potentes como para romper el vínculo del amor fraterno, no existen desgracias ajenas que empañen la inmaculada sensación que evoca una buena copa de champán del caro con todos tus allegados. La Navidad, como la vida, es sagrada. Si con ello te cargas otras circunstancias, otros principios, otras personas, tú mismo. Nadie te obliga, dicen. No existe el dolor. Que digo yo, que por no existir, no existen ni los padres, que dicen, son un invento de los Reyes Magos. Y en enero, rebajas. Que no se te olviden.
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