1.12.2009

Dios ama a la infantería.

Aunque me gusta contar historias, reconozco que nunca fui muy bueno. Me relaja, me tranquiliza y me sirve como terapia. Hay quien le da por ir al gimnasio y darle guarrazos a un saco de boxeo, yo le doy al lápiz y el papel y, cuando no puedo, a la tecla. No obstante, como me ocurre con la cámara de fotos, uno no siempre está en el lugar adecuado con el equipo adecuado, y se vuelve importantísimo el sujeto como parte del objeto, que se mezcla con él y sale del mismo no sin antes desgarrarlo por completo, es decir, que cuando no tengo ni papel, ni cámara, ni una mísera servilleta de cafetería cerca, las cosas que pasan por mi alrededor se cuentan por sí solas y uno tiene que esforzarse en memorizarlas, dedicarles tiempo a la par de escrutarlas minuciosamente para no caer en un subjetivismo que atrofie, desgarre la anécdota y caer así en el mito, en la exageración, en la batallita. Por eso dije al principio que, aun siendo pésimo, me gusta contar historias. La gente excepcionalmente buena en lo suyo narra la Historia con su puño y letra, los demás, la infanteria, contamos batallas. Y yo me considero de infantería. Como otros que vinieron de otros tiempos y nos enseñaron a hacerlo, las aventuras de tierra firme suelen ser caldo de cultivo para mis frustraciones y glorias personales, y en ellas se configura un buen punto de partida, tanto para quienes deseen conocerte, como para aquellos momentos de indecisión en los que la conversación de ascensor se vuelve rutinaria y hay que agilizar la cosa como sea.

Bajo las luces ténues de los farolillos de un bar cualquiera he pasado muchos de los mejores momentos de mi vida. He conocido a esos gatos pardos de los que habla el refrán y he de admitir que me mosquean un rato. La opacidad de sus pensamientos me provoca alergia, y eso teniendo en cuenta que yo también he salido a pillar cacho. Las noches interminables, en las que el destino pende del peso de la excusa para tomar la penúltima, para acabar rememorando los pasajes que todavía no han necesitado de una destilación para comprenderlos, conversando los pormenores del escote de aquella chica que te pedía tabaco mirándote a los ojos, entre bocado y bocado de hamburguesas de carne genéticamente alterada que sabe a gloria, la especial acidez del garrafón en la primera copa que nos hace escupir y la dulzura extravagantemente espumosa del garrafón a partir de la quinta copa, el serrín del suelo y la manzana macerada, el olor a limón de una buena copa preparada por un barman que te habla de usted con sus manos, sabias no por su buen hacer sino también por lo que han derramado, cigarrillos fumados al derecho y al revés, en esos segundos en que parecíamos mayores y nos enfrentábamos a muñecos de papel maché, lloreras por caprichos de andares vertiginosos que nos hacen perder la cabeza, cuando no lo ha hecho ya la poca sangre en el alcohol, eres música para mis oídos, muñeca, no, no soy tu música, que es diferente, y la melodia que se va por la ranura de su minifalda y el tocloc tocloc de sus tacones, tras ardua tarea la tuya por hablar de flores en medio de un campo de nabos, y la filosofía, qué grande es la filosofía de la caña bien tirada, levantada nunca más arriba del cogote, porque mirar a través del amarillo dorado a la salud de los que están y de los que no es levantar el estandarte de los que nunca nos rendimos a dejar el hábito por mundos felices, plastificados y asegurados hasta los bordes de un retrete y las esquinas de un sofá. Levantar el vaso es saludar a los que siguen contigo en esa dura aventura de vivir sin perder el sentido.

Esto va para todos aquellos que, al menos durante un segundo de sus vidas, compartieron conmigo el gusto de un buen trago y el agradable amargor de un cigarrillo rancio, en una conversación de un bar. Por las duras y por las maduras. Por Chu, por Miguel, Jou, May y los demás, por Mike, Manu y las duras noches en Sada velando por la espalda del de la izquierda, Ra, Sabe, Laura, Raúl y Santana, los veteranos como mis maestros de la infancia Rafa y Manu, y todos los de Ferrol que tantas cabelleras hemos aguantado por no tropezarnos con nuestra propia porquería. Porque siempre me ha gustado la infantería.
Publicar un comentario