11.05.2008

No, si ya verás tú cómo; o la importancia de aprender por errores desde el principio.

Ya vino a decir algo similar el gran Forges, con el que hablé dos nanosegundos de uno de sus colegas, que resulta ser un profesor muy querido por mis carnes, cuando decía que aquí, siendo muy nuestros, te encuentras perlas filosóficas que no tienen comparación -ni traducción, aseguró- con otras tierras, otras lenguas, otros caracteres. Le preguntaron cómo, y él respondió que muy jodida está la cosa, porque aquí siempre damos un paso con una mano delante y otra detrás, por el qué dirán, por cómo lo dirán y a ver qué es lo que hacen. Y, al resumen final, la única expresión válida es la que sigue: no, si ya verás tú cómo...

Y eso, que de endiñamientos laterales va la cosa, hablando el otro día con uno de ésos que pretende vivir de la filosofía -compararse a mi Dios es blasfemar en suajili sin tener puñetera idea, ni orden ni concierto, así que vas listo por mis partes- porque se descojonaba con los de su quinta, y en adelante, también. Y con razón. Era algo así como una docena de gallitos sabelotodo, en pleno programa de comento mi vida a ver si me crece otra, diciéndose -yo pondría otro término, pero bueno- de todo sin llegar a nada en concreto. Y digo llegar a nada porque, y esto nos pasa mucho a los que padecemos de cabezonería, cuando nos metemos de lleno en el fango, al intentar salir de él airosos, o bien chapoteamos y nos salpicamos, o salpicamos de mierda a otros. Y no se llega a ninguna conclusión. Y esto carecería de importancia si no fuese porque, los que chapoteaban en su mierda no eran pánfilos de a pie, como yo y como muchos otros. No. Se supone, y espero que sea así, que esta gente que me comentaba el becario son personas con unas miras interesantes, por no decir que pueden colocarse más de dos dedos en la frente. O lo que es lo mismo; que si le quitas sus virtudes y sus defectos ficticios, esa corteza de transición entre lo personal y lo social, lo grupal, te puedes encontrar un resesillo de inquietudes, preguntas sin respuesta, intenciones sin pregunta y mucha, mucha mala leche, dispuesta a cambiar el mundo o lo que se tercie. Alguien entrado en años diría que es normal, que a estas edades ya se sabe; y sí, en cierto modo tendría razón -como contaba, creo, W. Churchill, que "quien, de joven, no era rebelde, es porque no tenía corazón; y quien de adulto no era conservador, es que no tenía cerebro"- si la realidad -uf, cómo os gusta éste y otros términos abstractos- reflejase dicho comentario con ejemplos locales, como hacemos todos, para corroborar lo que hemos citado. Pero como a los cabrones de Sociología nos enseñan a comparar numeritos, y prácticamente todo lo basamos en teorías generalistas, puedo asegurar, y aseguro, que ese mito se tiró por el retrete hace ya una década. Porque ya no es normal. Los jóvenes, del primer mundo, en general, partiendo de los siguientes a la generación X -los nacidos desde el 75 hasta el 85-, somos apáticos y vagos, sin fundamentos rebuscados ni inquietudes. Dicen algunos teóricos sociales y psicólogos sociales, que se debe al periodo de bienestar y apachorramiento que tales personitas vivieron. Los siguientes a dicha generación perdida -los pringaos que somos ahora- recibieron todo cuanto se antojaban y nadie les pidió explicaciones por ello. No hubo transmisión oral de valores, debido a los cambios en el ritmo natural del trabajo y la conciliación laboral de los padres con respecto a la educación de sus hijos, y aumentó la incomprensión de éstos con respecto de sus mayores, debido a la llamada brecha digital, que convierte a los nuevos jóvenes en máquinas mecanizadas incapaces de relacionarse con sus semejantes. No hubo una adaptación al medio. La aceleración de la Historia provocó una ruptura enorme, un abismo, en el cual no hay nada, y todo lo que viene se crea o se destruye, según la ocasión, la oportunidad de, y los medios disponibles para. Ya no hya cuatro, o cinco, identidades férreas -que yo rechazo profundamente- que formaban un núcleo familiar estanco. El hombre fuerte y trabajador, la mujer florón y cocinera (y cuidadora, y barrendera, y paño de lágrimas, y polvo seguro, y...) y los agradables retoños, dispuestos a relevar sus escaños con total fidelidad y compromiso -menos en el caso de las mujeres, que estaban por cojones-. Y ahora no hay a lo que aferrarse, y mejor un clavo ardiendo que no caer en el anonimato, en la libertad, con todas las letras, a la que tanto tememos. Y es por ello que las identidades nacen como setas en cualquier parte, y desaparecen con la misma rapidez con que llegaron. Y si no, bueno, un ejemplo local: ¿cuántas personas conocéis que, por Internet, por el messenger, o donde puñetas sea, cambian de parecer, a saber, parecen majos, parecen cultos, parecen guapos, parecen sensatos... Todo es un eterno "parece". No hay que pensárselo mucho. Al quebrar un esquema arcaico y muy cuestionable, se crea otro, y como no existe ninguna directriz a seguir, ninguna pauta a marcar, les damos un huevo de información y maricón el último. Que cada uno apechugue con lo suyo, ea. Y cambian con una rapidez asombrosa: un par de años soy rapero, otro soy rockero, y mañana, cuando toque hablar de política, me canso de un bando y me junto, finalmente, con el que me dice papá. Y no exagero; he tenido por colegas a algunos que luego se unieron al grupo neonazi de mi ciudad, cuando años antes íbamos juntos a las manifestaciones de la LOU o de la burrada medioambiental del Prestige.

Por eso me resulta interesante verles peleándose, así como tirándose al cuello, aún sin tener casi nada que decirse -joer, porque estáis en primero, coño, que lo de hablar por hablar lo hemos hecho todos, para parecer...- pero con mucha mala leche por delante. Porque la mayoría ni se cuestionaría algo de lo que le pasa por delante. Es conocida la frase de que, cuando hablas con alguien que no sabe, ni le interesa, se escaquea alegando en su defensa que, mira, dejes de rayarme. Por ello confío en que todo siga su curso. Aunque lo nieguen. A pesar de su conformismo, de la apatía y la constante repetición de los mismos temas, de los mismos pareceres y de las mismas sensaciones que evocan, se supone que, partiendo de esa mayoría abúlica y tonta del culo, los poseedores de más de tres dedos de frente deberán sentenciar cátedra. Y así se conseguirá caminando y llevando patadas en la boca. Y con gusto. Que, saltando de identidad en identidad, partiendo de una y quedándose a la mitad en otra, monitor por medio y kilómetros físicos que te dejan a buen recaudo de una muerte segura, es todo demasiado fácil. Mi hermana mayor, mis padres, cualquiera que supere en edad esa generación perdida de la que hablaba antes lo puede contar. A la cara y en solitario, ni Dios suelta palabra. Así, en corto y de frente. Ni argumentos ni palabras bonitas; como sentenciaba el gran Einstein, es en ésos momentos cuando vale más la imaginación que cualquier sabelotodo. El que anda mucho y lee mucho, ve mucho y sabe mucho. Ya sabéis lo que sigue. Se espera que vosotros heredéis la humanidad, y que nos digáis, a los tontos del haba como yo, en qué cojones la estamos cagando. Sin embargo, como suele pasar al principio de vuestra historia, os creéis implacables e indomables, y justificáis vuestra falsa seguridad poniendo un ojo aquí, y otro en Despeñaperros. No, si ya verás tú cómo... Y lo que no sabéis es que, desde la barrera, vemos que todo pasa y todo se repite -de una u otra manera- tal y como lo vivimos otros. Que no decís nada nuevo, nada que salga de ese aburrimiento, esa atención a lo nimio, y esa argumentación excesiva -y lo digo yo, después de soltar esta parrafada sin sentido, oyes-.

Que me lo dijo mi Dios -que es mujer y ya os lleva un abismo de distancia en estos menesteres-, que no te preocupes, Ro, que en primero siempre los hay muy listillos que levantan la mano por todo. Pero espérate a que se den cuenta que, fuera de todo lo que saben, habrá ocasiones que tendrán que aprobar por cojones, otras catearán porque sí, y la mayoría creerá que han suspendido porque el profesor les tiene manía, cuando en realidad les importan una puñetera mierda.
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