10.06.2008

Hoy en antena: trucos para la crisis.

Os juro por mis muelas picadas que cada vez llevo peor el tener a la caja tonta como compañera mañanera de almuerzos resesos. Y lo digo en todos los sentidos. Quiero decir, que hasta el tener el aparato material en el salón empieza a regurgitarme las tripas cada vez que mis pies tocan la madera pegada del suelo. Exceptuando el mediodía -que sólo veo dibujos animados- el resto de la jornada apenas toco el televisor, salvo para poner películas y cenar viéndolas, ya que para fregar uso la minicadena, y para cagar me basta el diario gratuíto múltiple que te dan en barrunta cuando alcanzas un puesto de reparto y parece que te van a moler a palos con tanta gente disfrazada de colorines y una infinidad de gracias en dolbisorraun, salidos de mil flancos mientras una docena de brazos extendidos te ofrecen la mercancía. Pero a lo que iba, que siempre me acabo yendo por la parra arriba. Lo de la tele, que no. Joder, es que no es justo. Es como el móvil. Te crean una necesidad, hasta el punto de non retorno, y no te lo puedes quitar de tu vida ni a patadas -iba a decir que no te lo puedes quitar ni pagando, pero está visto que resultaría contraproducente- ,y encima te joden la marrana cada dos por tres, y te exprimen, te cuecen, y cuando ya estás hasta los cojones, se ríen en tu cara y solamente te quedas con la impotencia de no poder decir ni mu. Me explico.
Cualquier persona que ande un poco desconectada del mundo para lelo de la televisión sabe a qué me refiero cuando digo que apenas veo la caja tonta. Esta frase es la típica de aquél que sí la ve, pero en determinadas horas y siempre con un ojo en las tetas de la presentadora y otro en los apuntes de demografía, el móvil, la mosca que rebolotea la habitación que no te deja chapar en condiciones y los perros de los huevos del vecino del quinto que, puntuales como el cambio de guardia inglesa, bajan estrepitosamente las escaleras escaldándose las gargantas con tanto ladrido y tanta pataleta. Y eso, que de ahí no pasa, y todos contentos. A veces ves de más, y te enteras que Fulanita de los Dolores se ha agarrado, además de una friolera que le impide posar a media teta en la Interviú, un maromo con rabo de tamaño berenjena, y que, según los contertulios eso no procede -no voy a explicar los porqués, ya que las razones que proponen caen, no por la fuerza de la gravedad, sino por su propio peso-. La cosa sigue, y como conoces bien el percal intentas no hacerle mucho caso al tema y vives tu vida tranquilo y sin tocarle los flais a nadie. No problemo, te dices para tus adentros adentrosos. Hasta que la vida es invadida por la ficción mediática, tu neurona vaga impávida por entre los occipitales sin preguntarse qué coño pasa aquí.
Sin embargo, el otro día fue la gota que colmó el vaso, la jarra, el bidón, el tanque de almacenamiento y todos los barriles de un año de producción de Terras Gauda. Lo dicho al principio. Me levantaba cuando no estaban las calles puestas, lavándome las manos para ponerme a hacer el desayuno y encendiendo la tele cuando, en plena posición de firmes, un-dos-un-dos, pichafuera... ar! escucho sorprendido los trucos del almendruco para sobrevivir durante una jornada sin gastar un napo, en estos tiempos de crisis en los que vivimos casi sin poder comer carne de perro a la brasa. Lo puedo jurar con mis dientes que se me cortó el chorro ipso facto, se derritió la escarcha cojonera y las legañas saltaron solitas al grito de banzai. Me acerqué veloz a la pantalla y escuché, con medio gallumbo colgando, cómo el intrépido reportero dicharachero acudía a un bar en el que podía tomar el desayuno gratis mientras jugaba a las cartas en inglés, porque de lo contrario sería invitado a fregar los platos del local. Anuncios. En este momento de frivolidad y bizarrismo extremo -algo que le encantaría a mi olvidado David- extremé prestancia a mi almuerzo, meada y aseo general para volver en mi asombro con los trucos del Dr Andreu para las dos, el catarro y la tos. Entonces, con media rebanada de pan con mantequilla y mermelada en la mejilla, el reportero dicharachero aparecía en escena de nuevo, maquillado y risueño como estaba el hijoputa, contando que, bueno, con tanta partidita y tanta leche, ya habían dado las dos del mediodía, ¡y todavía no había comido nada! Temereroso de Dios como estaba, no pestañeé en ningún segundo para ver cómo se sacaba las castañas el intrépido gilipollas. Entonces vi con asombro que lo que proponía, en tiempos de cólera, crisis mundial y doscientas muertes por metro cuadrado era... ¡comer gratis en una suculenta degustación!! Tachán. Me atraganté, con la tostada, el café rancio y la saliva. Arg, mierda, toda la mesa empapada. Qué burro y cuán ignorante de mí, cielos, que no sabía nada de eso. Qué harán los pobres de mi ciudad, que se pasan todo el día en la calle, pudiendo jugar a las cartas gratis en inglés y yendo de degustación en degustación para salvar sus maltrechos estómagos. A la mierda la Cocina Económica, pensé. Qué despilfarro, habrá que contarle a todo el mundo semejante descubrimiento culinario, ¡nos salvaremos todos! Y cuando estaba con un multiorgasmo de narices, el intrepido corresponsal de truquis para la crisis de la muerte mortal, seguía su itinerario. No puede ser, pero... ¿hay mas? Casi tartamudeaba, acongojado como estaba. Hoy -proseguía el muchachote maquillado made in MaxFactor, el maquillaje de los profesionales- continuaremos la jornada llenando nuestro cerebros pensantes de cultura y sin gastar ni un duro. Y al rato se recorría varios museos y centros cívicos sociales y culturales comentando la amplia oferta de actividades y cuadros y señoras con bisutería barata. ¡VÁLGAME CRISTO! Qué perdido estaba, pero, ¿cómo es posible? A los putos museos ya, coño. Quitemos el detalle de que, para llegar a los museos que proponía hay que gastarse una pasta en metro, ya que tardaríamos una media hora a patita entre uno y otro, y la mayoría de estos centros cobran el resto de la semana, y que si los miércoles son gratuítos los centro administrados por Patrimonio, los lunes son rebajados a nivel privado, y el martes es el día del Espectador, y los demás sólo rebajan un par de euros si eres estudiante, o viejales del Imserso. Da igual. A la puta calle ya, joder. Si es que, hasta tardar tanto en comerme la tostada de los huevos me estaba provocando náuseas. Debería estar ahí, donde el tipo lo dice. ¿No ves que estás despilfarrando el dinero? Además, yo soy de los hipócritas que quieren salvar el mundo y todas las almas perdidas que me encuentro a mi paso... debería decírselo a todas esas personas que, en paro o en camino de, se pasan las mañanas buscando ofertas de empleo en revistas baratas. ¡Rayos y retruécanos! ¿Es que no se dan cuenta? Gastan el dinero en periodicuchos en vez de enriquecer sus mentes atrofiadas en museos gratuítos, degustaciones por la cara y partidas de mus con guiris sin calcetines ni chanclas. Qué crisis. ¿Alquien dijo crisis? Este programa nos salvará a todos del mal, sólo necesitamos que los políticos -en fin- y los economistas -otro tanto- nos escuchen o, mejor dicho, escuchen a este buen reportero que, con mucha gracia y más de lo mismo en maquillaje nos ha asombrado a todos con una sencillez y un desparpajo increíbles mientras, sin tener ni puta idea, ha simplificado todos los problemas del sentido de la vida en veinte minutos.
Después de tanta frivolidad y tanta mierda junta, ya estaba un poquito más tonto y más borrego. Tomé el bus y cuando llegué a la facultad, me di cuenta que tenía que hacer la matrícula. Cuatrocientos euros, en el primer pago.Y no hay queja, puesto que hay gente que gasta el doble. Entonces recordé al reportero. ¿Qué habría hecho éste soplapollas en mi lugar? me pregunté. Mmmmm, creo que en el programa de hoy no decían nada al respecto. Pero veré mañana la tele, a ver si así cuentan algo y me libro de esto...
Al día siguiente me levanté y, por supuesto, encendí la minicadena. Mama´s Gun, de Erika Baduh para ser más exactos.
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