10.21.2008

Cuando alguien te dice que tiene miedo de que algo malo pase y tú le contestas lo que es para ti la felicidad.

Con una sonrisa he conseguido que un japonés que estaba de viaje me diese una tarjeta de crédito regalo en la cola de una caja de supermercado. Se iba ése mismo día de vuelta a su casa. Con una sonrisa me rebajaron diez céntimos en cada perfilador de tinta negra que compré en una papelería a una chica joven. Tendríamos la misma edad, supuse. A la señora que limpia las escaleras del edificio en el que vivo le dedico una sonrisa siempre que me la encuentro fregando. La pobre, que trabaja como una mula, tiene que rehacer la tarea porque siempre coincide cuando yo salgo de casa y está todo empapado. Siempre me ha perdonado. Y también me han cedido un aparcamiento, algo realmente difícil en la ciudad, gracias a un par de palabras en gallego cerrado a un currante que se dedicaba a recoger las monedas de las máquinas tragaperras que tiene el bar de enfrente. Y la panadera, un día me regaló un bollito de pan. Y la de comida casera unas croquetas, un día penoso, que llegué cuando estaban hablando -los cocineros y un par de clientes- de lo chungo que es trabajar sin cobrar ayudando a los heridos, por lo del avión en Barajas, y yo que estaba con todo el petate de la Cruz Roja, uniformado y todo porque había tenido guardia de noche, y me miraron de arriba abajo, y sin apenas soltar palabra aparecieron las croquetas, por arte de magia, en un lado del fondo de la bolsa. Y me dijeron, en su día, que la gente estaba muy sola. Y yo me lo creí.

Salí a comprar unos regalos y unas macanadas tontas que necesitaba, que había visto en edición de bolsillo uno de Susan Sontag y otro de Gerda Taro que hablaban sobre fotografía y tal. Al final compré el de Sontag y otro de John Berger, pero en fin, a lo que iba, que estaba de camino, y a lo largo de una plaza con un edificio de curioso nombre me encontré lo siguiente: una mujer salía de un coche con un niño en brazos y una chica de unos quince, llorando de rabia. Al rato se giró sobre sí misma y mandó a tomar por culo al del coche, intuyo, con sus dos hijos de su parte; unos padres vestidos de curritos les estaban propinando una soberana bronca a sus dos hijos -niña y niño- que iban vestidos como seudomacarras, muy a la última, ella así como muy choni y él como un proxeneta, de unos dieciséis, y en cuanto puse un poco la oreja, escuché que ni iPod ni hostias, que si no fuese porque ya sois mayorcitos os íbais a cagar, y que ya estaban empezando a buscarse la semanada por su cuenta; en un banco una parejita. Ella muy mosqueada, él llorando, constreñido. No hizo falta acercar la oreja, a dos pasos que di ella le dijo a él gritando que le importaba una mierda sus palabras bonitas y su mierda barata, que si tanto la quería a cuento de qué viene liarse con otras veinte, y al rato se fue; justo cuando me adelantaba con paso ligero, un hombre, canoso, con traje y maleta de cuero de cocodrilo, así como muy típico y cojonudo para contar la anesdota, va y tropieza con uno de los adoquines de la calzada y, a poco, se hostia con todos los morros en el suelo. Luego, casi riéndome, me lo pego yo. ¡Ah!, me olvidaba, el edificio de la plaza es el de Justicia. También me dijeron que en la buena fe se halla la justicia poética, que si haces algo malo a los demás no tardarás en recibir lo mismo, algo así como acción y reacción. También me lo creí.

Todos estos apuntes han tardado en surgir unos cuantos meses. Ya véis. No da ni para pipas. Sé de sobra que hay muchos más momentos dulces como estos en los meses que llevamos de año. Pero, proporcionalmente, siguen siendo pocos. Además, no soy de los que tenga muchas coincidencias, típicas como muchas probabilidades teóricas del caos absoluto, que de repente aparecen, así, de la nada, y a toda leche, y en cuestión de días o de semanas vengan las cosas bien y todos contentos y a parecer felices de la muerte. O sea. No. La cuestión es que, si nos parásemos en ése momento de júbilo inverosímil, a analizar nuestro alrededor trascendiendo de nuestro propio ombligo, seguiríamos viendo la misma mierda y la misma soledad en los ojos de quienes nos rodean -nos rodeamos-. Para quienes la felicidad juega un papel importantísimo en sus vidas, es frecuente que este fenómeno se reproduzca a costa de otros males ajenos. Si te dan un trabajo por enchufe, joderás el puesto a otro; si te dan un trabajo por tus méritos, joderás a los que se oponían a que accedieras; si pides un regalo más grande que el de tu hermano, posiblemente tu hermano se quede con uno menor; si la economía familiar es solvente, será tu hermano el que pida un regalo mucho mayor que el tuyo; si te das un capricho, que sea por ti, ya que si es a costa del capital parejil te aseguro que hoy te toca sobar en el sofá; si prefieres unos pantalones de marca, en fin, pregúntales a los chinos, a los negros, los moros, o incluso las señoras costureras del colega Amancio, cuánto les pagan por la prenda que han hecho para tus piernas; si tu empresa quiere más, si se anexiona con otra, si compra el monopolio, si tu mujer desea el quinto abrigo de bisón, si tu marido admira el descapotable de su jefe, si tu país necesita petróleo, si tu conciencia te mantiene inquieto, si tu religión te mantiene inconsciente, si el mundo te pide guerra...

Y en medio de todo el percal, del puñetero nosotros y ellos, de esa eterna justificación de que lo mío es mío, y lo tuyo de todos, de lo cansino que resulta ver que la gente es muy egoísta porque está sola, y que está sola porque es muy egoísta; ahí en medio pululan muchos conceptos. La mayoría, aunque sin sentido y con muchas contradicciones, nos valen para mantenernos medianamente cuerdos y no acabar soltando absoluteces sin sentido, como queriendo pretender llevarte a la cama a la chica cuando sales de copas, incluso cuando no hay ni copas ni chica. Sabiduría, honor, valor, honestidad, solidaridad, empatía, justicia. Tienen tan poco sentido que cuando las dices en público provocan risotadas. Otras veces parecen ofensivas. Sin embargo, para poder ver más allá de las narices propias es necesario entenderlas un poco. Obtener anesdotas sin aparente sentido y con poco valor añadido, para mí, son cruciales para mi existencia. Y una vez que todo encaja, o pretende encajar, y el mundo te pide guerra, evito provocar el mal ajeno, forzar la sonrisa y sacar del cajón mis botas viejas y echarme a caminar.
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