8.22.2008

La insoportable levedad del voluntario.

Mujer, joven, de unos trece o catorce años. Vomitaba de forma compulsiva y se llevaba los dedos a la boca. Labios cianóticos y sudor frío. Había bebido demasiado. Le pregunté a sus amigas qué. Histéricas todas, no sabían cómo reaccionar, solamente miraban con los ojos fijos a su amiga, que se volvía a llevar los dedos a la boca y tosía bilis espumosa y amarilla. En minutos rozaba el coma etílico. Traslado a urgencias. Sirena, gente molestando el paso, poca solidaridad, fiestas, fuegos artificiales explotando al fondo como bombas de cloro, chisporroteando luces de colores y estelas de lluvias plateadas que hacen crepitar los reflejos de los ojos de los enamorados que, sin querer saberlo, simulan desearse. Al rato un varón, también joven, demasiado, la gente sigue molestando y no te deja trabajar. Mano, brazo y antebrazo quemados. Segundo y tercer grado, alrededor de un ocho o un nueve por ciento de superficie al carajo. Se asusta porque le han dicho, sus colegas, que en el hospital te quitaban las quemaduras con una plancha al rojo vivo. Sirenas, gente molesta que quiere molestar, de fondo los putos fuegos de artificio y las putas bombas de palenque de los huevos. Gritos, aplausos, fuego concentrado, insultos, botellas que hacen clonc y luego tras, y los pequeños pedacitos pidiendo a los pies descalzos que pasan alrededor un poquito de compasión, por favor, que tengo ciento y la madre de hijos a los que mantener. Más quemados, más atenciones, alcohólicos con problemas resistentes a la conciencia, multitudes aborregadas celebrando un no se qué, que qué sé yo, de un cuándo sin por qué, no vaya a ser, que yo no soy de ésos. Y en la parte de atrás de un vehículo medicalizable, mientras relleno los datos de próximo inconsciente que viene con la mano abierta chorreando sangre a borbotones, pienso en si mañana habrá tortitas y café recién hecho para desayunar. Y después de unas pocas risas y una multitud de llantos flojos, te vas a limpiarte la sangre y la mierda que otros te han dejado impregnadas en la cara.

Y al día siguiente vuelta a empezar. No hay mal que por bien no venga, ya sabéis. Es sencillo como ponerse el uniforme lustroso y salir a la calle con el lema del perdonavidas: a mí me las den todas. ¿Acaso importa buscarle sentido a todo? me preguntaron un día unos que pasaban de pensar dos veces sobre la misma piedra, y qué quieres que te responda, si por lo poco que hago más preguntas me salen a la palestra. Porque lees en los libros que las personas somos idiotas por naturaleza, pero cuando de un minuto depende un alma y la muchedumbre no te deja pasar sabes de sobra leer entre líneas a aquél que dijo que somos idiotas por naturaleza. Y pagas por un módulo de cooperación y desarrollo y viene el profe y te baja los humos a hostias cuando te cuenta que cada año mueren 1,6 millones de niños por enfermedades relacionadas con la escasez de agua, se te ponen los huevos de cuarzo y la sien hinchada. ¿Qué harías tú si cada mes y medio hubiese un tsunami como aquel de Indonesia, que salió por la tele y cambiaste de canal para ver cotilleos, ese que murieron 200 mil personas, y la gente se movilizase como lo hizo, y al mes y medio otro, y al mes y medio otro, dime, tú que harías? ¿Te has preguntado alguna vez qué pasaría? ¿Realmente crees que habría la misma respuesta mediática cada mes y medio? ¿Y la gente? ¿Se preocuparía por ello con la misma intensidad la primera vez que la cuarta o la quinta? ¿Y TÚ no te das cuenta que esa cantidad de niños que mueren al año equivale a ocho veces lo que salió en la tele en solo un año? ¿Y me quieres decir que prefieres no darle a la chola para así poder holgazanear a gusto? Entonces, ¿cómo tienes los santos cojones de cuestionar mi trabajo? Lo importante, decía Naomi Klein, es la información. Pero, qué pasa cuando esa información no te gusta. Cuando te cae un rapapolvo así, te pones a la defensiva -como estos que me preguntaban sobre la inutilidad del voluntariado en general- y miras hacia otro lado. Y lo haces tan frecuentemente que se vuelve una rutina. Y la rutina crea hábito. Y el hábito se transforma en norma, y la norma en ley. Y pobre de aquél mono que quiera alcanzar el plátano que está sobre la escalera, porque siempre vendrá otro que te diga que no, que no se puede subir, que aquí siempre se ha hecho así, y siempre se hará*.

Y al día siguiente, más de lo mismo. Mírame y no me toques, ya sabéis. Qué bonito es el amor, las panxoliñas y el lacón con grelos. Salida matutina de marras con lustroso recién lavado. Hace poco atendí a uno que se había arrancado medio antebrazo y sangraba como un cerdo. No sé si estaba de fiesta, ni me importó. Sólo escuchaba gritos desesperantes y llantos y sollozos y el repiqueteo constante del malherido que ya empezaba a cansar. Recordé unos instantes de "Los Ángeles Perdidos" de Manuel Leguineche, concretamente el segundo y tercer párrafos de la página 316 -tengo el libro delante- editorial Espasa, año 98, Madrid, y cito textualmente:
Durante la guerra de Nicaragua, un niño que trabajaba en una gasolinera se acercó a los periodistas que viajaban en el coche, y les preguntó que de dónde eran y si en su país había guerra.
-No -le respondió un reportero-, no hay guerra.
El chiquillo, desconcertado, preguntó entonces:
- ¿Cómo es un país sin guerra?”


De haber sido uno mismo el que estuviese en el coche, ¿qué responder? O mejor dicho, ¿habrías estado allí para responder? Porque, pensándolo mejor, el simple hecho de imaginarte en un coche destartalado camino hacia tierra de nadie, con la imagen de un niño de, pongamos, siete años, con la barriga abombada y rodeado de moscas, podría suponerte un trauma para toda tu puñetera vida y te valdría para regocijarte en tu mierda para, al menos, un par de temporadas. Vamos, digo yo. No sé si lo recuerdas, lo de la rutina, el hábito… Hasta cuando te preguntas el porqué de algo acabas cayendo en lo mismo. No seré yo, no me tocará a mí. Y todo te vuelve a parecer tan divertido y chachi que hasta te entra la efusividad por los poros y rezumas júbilo a cada paso que das. Y lees cosas guays porque, dicen, hay que leerlas, y te compras tu desodorante atrapacachondas y te las tiras y luego no preguntes de dónde vino la cigüeña, y las fiestas, el coche, tus amigos que te felicitan y te dan palmaditas, y el todopoderoso –si eres creyente- está contigo y siempre lo estará. Hasta que sucede. Algo. Lo que sea que te haga mucho daño y no se pueda reparar con programas televisados ni goles a traición por la escuadra.

Entonces, al día siguiente ya no es lo mismo. Ni traje lustroso ni sonrisa con destellos. Ya no hay mierda sobre la que chapotear, ni amigos que te inviten a cañas y puedan comprender lo que sientes. Ni abrazos ni palabras ni besos ni miradas. Ni hostias. Luego alguien vendrá y te dirá lo que a mí, lo que tantas personas me dijeron en su día, como mis familiares más cercanos, mis amigos, o profesionales del gremio –como los del módulo de cooperación y desarrollo-, como lo que tantas cosas aprendí de las vivas voces de los libros que contaban las penas y glorias del mundo en el que vivimos y sabrás leer entre líneas. Y te preguntarás por qué, y al rato por qué no. Desearás estar allí, allí donde el niño preguntaba cómo era la vida sin guerra, allí donde la tranquilidad es solamente un periodo de entreguerras, allí donde las manos piden ayuda y no botes de mayonesa con la cuenta, allí donde se abrazan a personas y no cachos de plástico y silicio. Y cuando aparezca otro que te cuestione sin preguntar, pensarás en si mañana habrá tortitas y café recién hecho para desayunar, te limpiarás la mierda y la sangre que otros te habrán impregnado en la cara y seguirás adelante sin traje lustroso que llevar. Y le contestarás, vaya si lo harás.
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