6.04.2008

Gracias Tino Soriano.

Es una pena que nos despercidiemos durante tanto tiempo y sea justo al final cuando, tirados en una cama de hospital, en pose agonizante de tócame la mano, mariano, que quiero decirte lo mucho que te estimo, nos demos cuenta del error y, de tener más tiempo, habríamos montado un hogar de refugiados, una casa de acogida para niños con tetas en la nuca sin padres ni vacas ni luz, o un pequeño rincón donde dedicarles a tus amigos unos minutos de afecto y palabras estúpidas sin sentido. Sé muy bien que es un tema muy reiterado en las tonterías que digo -quizás porque soy consciente de no haber pasado esa etapa- pero encuentro peligroso que nos pasemos la vida diciendo perogrulladas y gilipolleces sin fundamento, así como a ráfagas pequeñas, como sin querer gastar munición pero tanteando, que no tentando, a la suerte, por aquello de a ver si cae la puta breva esa de la que tanta gente habla. Tampoco quiero ser excesivamente pesimista, pero con tanto soplapollas pululando por ahí -¿has visto? se escribe "ahí", y no "hay", cojones, que cada vez escribes peor, coño, cuida un poco las faltas de ortografía- es difícil sacar alguna conclusión válida. Y a la larga crea adicción. Y te rodea, te envuelve, forma parte de ti, te acaba gustando y luego no hay vuelta atrás. Es por eso que los imbéciles solemos sentenciar -ya ves, hasta tenemos el ego tan subido que nos tomamos la licencia de sentenciar, como si lo supiésemos todo- que se aprende a base de hostias. Que al final, viene alguien bueno, o malo, todo depende, que te da las mentadas leches en la entrepierna y te enteras, mucho antes de esa escenita de cama de hospital, de que todo parte de uno mismo y de su voluntad por querer cambiar las cosas que quiere. Por eso no sirve de nada decir sin pensar ni reflexionar en lo dicho, y que repetir hasta la suciedad -tengo una colega que me enseñó a jugar con las expresiones y utilizaba ésta con mucha inteligencia- que uno es malote, que no es nada, que todo es una mierda, que yo soy rebelde porque el mundo me ha hecho así, que nadie me ha tratado con amor... En fin, qué te voy a contar, tonto del nabo, si ya sabes de qué va la historia. Te repites. Nos repetimos. En la abulia y en la pasividad absolutas. No hacemos nada ni queremos hacerlo. Hasta que viene alguien y te lo dice y te lo cuenta. Lo dicho antes, ya sabes el resto.
Este fin de semana estuve en Barcelona -tieeerra soñada por miiiii...- en un curso cojonudo, de alguien veterano en un gremio no muy delimitado ni agraciado. Me enseñó muchísimas cosas. Luego estuve con mi hermana mayor y mi maestra, y hablé de muchas cosas con las dos, tanto juntas como por separado. Y si cuento esto es porque, hablando con mi maestra -o al menos, la que ostentó el cargo durante varios años- quedamos en claro que la tontería se tiene que acabar cuanto antes. Tener veinte tacos y pretender vivir del pasado parece una aberración cuando miras al frente en la vida de otros y te entra la risa. ¿Qué pasado? ¿Pero de qué pasado me estás hablando? ¿Acaso has sido tan importante que ahora solamente te queda bajar? Al no poder predicar con el ejemplo por lo bien que vivimos y las pocas ganas que le ponemos, nos inventamos nuestras anécdotas para mentirnos sobre la intensidad de nuestras experiencias, esperando que otros se contagien de nuestra sabiduría personal y reflexionen sobre su aburrimiento y su rutina, y te miren, nos miren, con envidia y adulación. Pero no has hecho nada por ellos, ni siquiera por ti. Eres un petardo, siento decirlo. Como casi todos los que poblamos en planeta, eres mediocre y normal, te guste o no. Ya sé que no soy nadie para juzgarte, pero, ¿y qué? ¿Acaso no lo sabías ya? La diferencia estriba en que todo el mundo te alaba, y mezcla de pillería e interés, te mantienes en un falso plano de igualdad, para que el resto puedan creer que son como tú, cuando en realidad no te llegan ni a la suela de los zapatos. Ello fomenta más la envidia y el deleite que sienten por tu persona, inalcanzable y chachi piruli como eres, y te mantendría, otra vez, en tu pedestal. Porque, he de admitir que tan tonto no eres. Sabiendo cómo funciona la sociedad de la información en la que vivimos, el que permanece en esa imagen de misterio y aparente distancia, es el rey. Alguien debió decirte algún día que, cuando menos sepas de tu ídolo, mejor. Y así te va, campeón, que mientras nos vendes la moto con ese rollito de que soy la puta pena, que no vales para nada, que todo de cheira y todo te duele, al llegar a casa te regocijas en nuestras penas, tan vacías como tu sesera, pensando en qué pobre y efímero es el ser humano y su destino. Tu verborrea sobre lo etéreo, ínfimo, vacío, absurdo, melodramático, paradójico, estrambótico, demencial, esperpéntico y ridículo de la filosofía de la vida resulta tan infumable que, a veces y cada vez con más frecuencia, me hace creer que en tu puta vida has leído en el diccionario el significado de cada una de esas palabras que con tanta devoción sueltas por esa boquita. Vivir de los errores no es lo mismo que vivir del cuento, que te quede claro, nené. Que mientras unos la cagamos con frecuencia, otros miden sus posibles errores dependiendo del qué vendrá después. Y si así lo hacemos es por algo muy simple: sabemos que somos del montón, que no somos muy listos y que quizá no sepamos hacerlo de otra manera. Por eso interesa tanto que alguien experto en la vida nos enseñe algo, a poder ser que nos sirva de lección para aplicar en el futuro y zafarnos del león que nos viene a comer. Porque lo creas o no, hay mucha gente humilde -como el que conocí este fin de semana- que sí desea ponerse en el mismo plano que tú, y en vez de mirarte por encima del hombro te enseña, con sumo agrado, las cosas que ha visto y que ha oído, las peripecias que ha hecho para dar de comer a los suyos y el tremendo trabajo que supone el ser una persona adulta y responsable, demostrándote, una vez más, el verdadero significado de palabras como dignidad y sabiduría. Pero, como me contó una vez mi hermana mayor, el orgullo y la testarudez son una putada, porque te impiden aprender. Te impiden crecer. Así que ya estás bajando de la parra. Cierra la puta boca y escucha. Que estás molestando, y el resto de la clase queremos aprender.
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