3.08.2008

Sobre volver a las andadas.

A mi hermana mayor, a Cary, a Laura, a Chu, a Ra.


Ya han pasado más de cuatro semanas desde la última vez que nos vimos. Por aquel entonces me dedicaba a mirarme el ombligo para, de cuando en vez, darme de bruces con algún truquillo que me salvase el pellejo del ahora, porque sabes de sobra que los planes a largo plazo nunca me gustaron demasiado, y seguir carretando con alguna estúpida frase lapidaria a cuestas para que los niños de mamá que me mirasen se dijesen para sí que ése era el camino a seguir. Por aquel entonces mi vida se centraba en mirarlo todo con lupa y evitar el inminente golpe brusco al llegar a la letra pequeña. Como acojonado, ya sabéis, sin apenas cuello, agachado tras unos hombros caídos solapados con un ceño que nunca parece fruncirse, como sin creerlo del todo. Pero, tras el breve reposo del guerrero, en cama de uno con diez y colchón de látex, aparecen los de la retaguardia, los que nunca me fallan, y me sacan -otra vez- del atolladero contándome que no, que lo importante sigue siendo la voluntad, que cuando uno quiere, puede.


Mi currículum nunca fue muy extenso en estas cuestiones del hacerlo ya. Siempre fui, aunque me cueste admitirlo, un mírame y no me toques. Con el tiempo se va haciendo callo, y las bofetadas traicioneras se asumen y punto. Así, esas pequeñas cosas que hacen el ahora más interesante siguen sabiendo a gloria. Más de cuatro semanas recluído en casa por culpa de unos examenes, y pensando en volver a verme como un despojo, regreso con más fuerza a una calle tan de todos como mía, y con más premura me paro a hablar con los otros despojos que me caen bien, los que no están en las estadísticas sociales de mi flamante e hipócrita carrera, como el colega del yembé, el que es enjuto y delgaducho que se pone con unos cascos a tocar para devolverle a la mustia callejuela un poquito de por favor. O con las chicas de las ongs, que ya me conocen de tanto que me paro a contarles mis opiniones, que se deben de estar cagando en mis muertos cada vez que les suelto que a ver si necesitan un fotógrafo de guerra y me miran con esa cara de tío, tú lo que necesitas es que te bajen de la nube.


Todo esto te lo cuento así como viene, pensando que basta para existir y que no te coman vivo, pero al rato te canso. Y es normal. Uno tiene que reciclarse, y no vale lamentarse y mirarse y lamentarse y mirarse y al final, sin pena ni gloria, levantar el vaso, brindar a tu salud, y no haber aprendido nada de nada, porque la resaca de mañana, esa que no me gusta ver, desvanece todo recuerdo posible de lo que pudo ser y nunca llegó.


Ya han pasado más de cuatro semanas desde la última vez que nos vimos. Por aquel entonces me dedicaba a mirarme el ombligo para, de cuando en vez, darme de bruces con algún truquillo que me salvase el pellejo del ahora, porque sabes de sobra que los planes a largo plazo nunca me gustaron demasiado, y seguir carretando con alguna estúpida frase lapidaria a cuestas para que los niños de mamá que me mirasen se dijesen para sí que ése era el camino a seguir. Pero qué queréis que os diga. Si me he dado cuenta que por cada persona que veo y me agrada el día, me sale un nuevo plan para hacer, y tengo tantas cosas en la cabeza que me dan arcadas los apologetas de navaja en muñeca, de la abulia absurda de quien se queja de algo que nunca llegará a tocar, lo que menos voy a hacer es venir aquí a contaros lo mal que me va, porque no es así. Para qué negarlo, si me va de puta madre, y disfruto sabiéndolo.
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