3.31.2008

Sobre profesores y amigos.

Hay un hombre en mi vida del que recuerdo grandes lecciones y palabras serias, un viejo amigo íntimo, profesor de profesión, que extraño con el tiempo, muy a pesar de las heridas y de una deuda eterna que me impide no visitar nunca ninguna de sus clases en presencia física. No obstante, en raras ocasiones, los dos nos sentamos a la luz de nuestras arrugas en la frente a comentar cómo va el mundo que nos hemos creado y, empecinados en asestar el golpe definitivo a nuestras oraciones, nos descalificamos mutuamente y nos olvidamos, por unos instantes, de la amistad que nos une. Pasan los años, y los kilos de grasa contumaz en la línea de flotación, y esos momentos de ira se hacen eternos, y son necesarios muchos los esfuerzos por mantener la compostura. Pero, al contrario de lo que los pesimistas puedan creer, más sabio se hace uno por diablo que por saber demasiado, y es la picaresca lo suficientemente brava como para despertar en nosotros un nuevo afán por seguir contándonos cómo va la mierda en la que vivimos. Y una de esas anécdotas a pie de página, roñosas como la madre que las trajo al mundo, es la que sigue.
Son las nueve y diez de la mañana de un lunes cualquiera, con atascos y nubes de humo y polvareda y trueno de tambores en obras que parecen no acabar nunca. Nuestro profesor, mi admirado colega, mira apesadumbrado a sus alumnos con mirada de lobo avizor, pues sus cejas pobladas y su arrugado fruncido le dan ese aspecto, además de sus ya treinta y cinco años de experiencia a cuestas. En un día así nada debería preocuparle. Pasa lista, repasa su material, las tizas del encerado, las miradas cansadas de mañanas infernales que tienen sus pupilos. Faltan unos cuantos, nada especial, salvo la importancia que tiene para sí el hecho de no tener a toda la plantilla mirándole con ojos de cordero degollado en cada explicación que da porque, seamos sinceros, desde el primer día prefiere que sea así, y así lo hace saber. Es, como digo, un lunes cualquiera que nada debería preocupar. Y nada lo hace, o así le parece al maestro, que con el perfeccionamiento de varias décadas, abre la carpetilla y comienza a entonar unas palabras para desentumecer al personal.

El día remata en empate, como siempre. Esto no es como los bancos, me cuenta, que siempre tiene que ganar uno. La mayoría de las veces te dan por el culo y te tienes que aguantar. Lo que vale es ése uno por ciento que viene y te dice que fuiste un gran profesor, o que le sirvió de mucho tu ayuda, o que, simple y llanamente te dedica una sonrisa cómplice, un chiste, o te invita a una caña. El resto lo hace la monotonía y la paciencia. Mi colega se lleva la copa de vino a la boca y antes de hincarle el diente a un trozo de empanada de bacalao con pasas me sigue contando. El día remata en empate, como siempre. Son casi las dos y poco y los alumnos estallan sus huesos al unísono mientras suenan suspiros, blasfemias y comentarios bajinales; quiero decir, por lo bajini. El profesor recoge sus bártulos, repasa el material, las ventanas, las caras mostrando el ya característico un día menos. Lo dicho, no parece ser extraño. Dispuesto a levantarse y seguir el circuito marcado de la despedida laboral, se muestra ante el pupitre un alumno. Le llamaremos John, por llamarlo de alguna manera y que no coincida con la realidad. Es un joven formal y trabajador, que no destaca por ser el más payaso ni el más bravucón ni el más imbécil pero, extrañamente, es un líder nato. Es, como decía mi colega, ese tipo de personas que quieres que estén a tu lado cuando las cosas empiecen a ponerse feas. John titubea con firmeza, pues no está seguro de si la conversación dará sus frutos, pero sabe que tiene que hacerlo porque si no rebienta.
-Roberto, tengo un problema.
-Dime John, qué pasa.
-Jack -otro nombre inventado sobre la marcha para dejar en el anonimato a quien corresponda- lleva dos semanas sin venir, y creemos que tiene problemas en casa y que va a dejar la carrera.
-¿Le habéis llamado al móvil?
-Si, y lleva días sin contestar.
-¿Y os ha dicho él que iba a dejarlo?
-No, pero algunos lo conocen, y últimamente no lo estaba pasando muy bien, y comentaba algo de unos problemas anteriores que tuvo y que lo tienen amargado.
-Y en qué os puedo ayudar.
-Era por si podrías dejarnos ir al jefe de servicios para conseguir el número de su casa y a ver si así conseguimos contactar con él.
-Vale, vete cuando quieras. De todas formas si quieres... no mira, mejor ya os consigo yo el número. No te preocupes, ahora vengo.

Sí que es cierto, me comenta mi colega el maestro, que el chico al que hemos llamado Jack, últimamente no ha ido a clase. Y también es cierto que llevaba tiempo intentando sacar el dichoso curso a base de esfuerzo y tenacidad y que, aunque no era muy brillante, ni el mejor amigo del mundo, ni siquiera un chico guapo, con dinero o con una tranca del quince, era un buen chabal, y sus compañeros lo apreciaban por ello. Es por ello por lo que el profesor, después de ir al jefe de estudios y conseguir el teléfono de casa del joven, dárselo al que lo pedía, recoger sus cosas, salir del trabajo y llegar a casa, está un poco confuso y aturdido; y no por mal, no me malinterpreten, ver a gente que se preocupa por el prójimo es algo venerable y conmovedor, y precisamente por costar mucho sin recibir nada a cambio, es algo que no se ve todos los días. A la hora de comer lo comenta con su mujer y ahora son dos los estupefactos. Tras unas vueltas en redondo traza un plan que comentará con la almohada. Mañana llamará al muchacho, o a sus padres, y a ver qué es lo que cuenta. De todas maneras, no estaba dispuesto a abandonar a nadie, y menos teniendo a todos sus pupilos en primera línea de combate.

El profesor ya lleva varias dentelladas y, a la altura de sus antebrazos, en la mesa pueblan variopintas migajas de masa quebrada y horneada. Se sirve otro poco de vino, moja los labios y con la mirada empotrada en los míos, como sin creerse todavía que no haya comido nada, me dice que al parecer ese chico ya había intentado en no pocas ocasiones sacarse el curso, pero que los problemas personales le crecían allá donde iba. La iniciativa de sus alumnos de traerlo de vuelta se hacía cuesta arriba porque no contestaba al móvil, y era difícil encontrar a alguien en casa. A veces, cuando el azar estaba de su parte, se ponía al teléfono el padre del chico, y éste le decía, desazón en la voz y pesar en las palabras, que su hijo andaba por ahí, perdido, intentando escapar de sus problemas pasados; problemas que, según se enteró tras varios minutos de llorera paterna, permanecían en el tiempo debido a la escasez de dedos frontales, envidias y esa extraña facilidad del ser humano de echar balones fuera ante los problemas ajenos. La cuesta se empinaba. Ya no era una simple regañina con los padres, o con la novia, o un simple bajón de quien parece no poder seguir el ritmo de las asignaturas pendientes. No. Al joven lo estaba masacrando vivo, y en esas circunstancias poca cosa se podía hacer. Bueno, eso es lo que cree uno cuando ve los toros desde la barrera...

Los días pasan sin pena ni gloria, y sus alumnos siguen preguntándose por su compañero perdido. Los que lo conocen saben de su vida, pero no de su paradero. Se preocupan una y mil veces qué ha tenido que fallar para que todo se vaya al carajo, y es que, como me comenta mi amigo el profesor, esa capacidad de auto inculparse de males ajenos es algo innato cuando no tenemos cosas más importantes a quienes echarle la culpa. Y no para mal. Todos hacemos algo así. En funerales, velatorios, salas de espera de hospitales, sofás de alguna casa conocida, se dicen cosas para verse uno mismo como parte del problema y, por tanto, parte de la solución. Intentamos consolar al viudo, a la muchacha que espera el diagnóstico, a la madre que vela por su dañado hijo. Debí hacerle más caso, debería haberle prohibido coger el coche, hubiese sido mejor no haberme metido, etc. Los días pasan sin pena ni gloria, como ya he citado, y la clase sigue su curso, en silencio. Las tardes pasan entre llamadas perdidas y reestructuración de planes. No tirar la toalla en momentos así es una tarea repetida una y mil veces. Tantas que, dejando de un lado batallitas milagrosas que siempre acaban bien, como en las películas donde el chico se tira a la chica después de salvar el mundo de una destrucción inminente, la visión pesimista te obliga a poner una marca en tu libro de deudas pendientes, y si relees las páginas por un momento, te das cuenta que hay muchísimas marcas puestas, y muchísimas páginas en un libro que parece no acabar nunca. Son muchos los alumnos que no acaban sus estudios, son muchos los estudiantes que pierden la batalla antes de empezar. Y no hace falta irse a los tópicos para darte cuenta de lo que falla en todo este sistema: perdidos por la abulia, por la falta de voluntad, por no saber encontrar momentos de felicidad en minutos de vacío, en líneas de libros encontrados, de cañas en bares lejanos, en besos que rompen vísceras... Muchos pasan a generaciones perdidas y se enrolan en culturas de instantánea, frágiles como la puta que las parió, incandescentes, tórridas y bestiales como un chute de caballo. Y después la nada. No saben apreciar los buenos placeres, como la empanada de bacalao con pasas, un buen vino y una conversación amena sobre los problemas del tú y del yo, del nosotros, de todos nosotros, de todo. Toca llamar otra vez, a ver si me coge, me cuenta mi admirado profesor, y ayudamos al pobre chabal, que esto no puede quedar así. Sus compañeros no quieren que esto quede así.

Suena un tono, dos tonos, y una voz renqueante suena al otro lado. Quién, responde temerario, quién es. Mi colega, en estos momentos se lleva la copa a la boca y prosigue, seguro de sus palabras. Hablé con él, le mostré la preocupación de sus compañeros, le pregunté que qué le estaba pasando, y que me contara, que aquí estábamos todos para lo que fuera. Le respondía con monosílabos, con largas pausas, con vocales suspendidas indeterminadamente. Venga coño, no puedes dejarlo ahora. Es que tengo problemas con una empresa en la que trabajé y que me está dando la brasa. Vale, tranquilo, ¿quieres que quedemos?, ¿dónde andas? En diez minutos en el bar de la esquina. Invito yo. Y lo que vino después fue una extensión de lo que ya me contaba. Problemas por todas partes, rostro de indecisión, incredulidad, temor, mala hostia, desasosiego. No pudo hacer gran cosa mas que animarlo a que volviera, que no estaba todo perdido, que sus compañeros lo echaban de menos y que, a fin de cuentas, la idea de traerlo de vuelta había sido de ellos. Le contaba esto mientras veía en él a alguien destrozado por la mala ventura de unos pocos desalmados hijos de puta que, como ya mostré hace un rato, son expertos en soltar lastre y culpar a otros de sus propios males. Lo dejó allí en la cafetería, apesadumbrado, inerme, indeciso y triste. No sabría cuándo volvería a clase, a esos días cualquiera en una semana cualquiera, en una clase cualquiera mirando a su profesor, como en una explicación cualquiera, con ojos de corderito degollado.

Pasaron dos días, y por la puerta entró sin decir ni mu. Solitario y cabizbajo. Y en una décima de segundo, sin mediar palabra entre los allí presentes, sin acuerdo previo o tácito, sus compañeros, todos sus compañeros se abalanzaron en una ovación de aplausos y vítores, abrazos y ánimos que, el joven, taciturno agradeció hasta el día de hoy en el que, mi buen querido profesor, con lágrimas en los ojos y algo de reseso de empanada en la comisura de los labios, me cuenta orgulloso, mientras se acaba el vino. Cómo no va a sentir uno fervor en la sangre al ver tan conmovedor momento, cómo uno no va a seguir dedicándose a la enseñanza a pesar de los problemas del día a día, si cuando la cosa se asoma peliaguda, son tus alumnos los que, fieles a sus principios y sus cojones, todos ellos se lanzan sin esperar nada a cambio a defender a dentelladas a uno de la camada.

Dejamos la cena recogida y todavía pensativo, volví a preguntarle a mi colega el profesor, si merecía seguir adelante. Y al rato, padre e hijo se iban cada uno a su cama, a dormir.
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