2.05.2008

Celia, en tercera persona.

Llevaba tiempo así hasta que aprendió a aceptarlo como una rutina. Una de esas palabras que le sirve a la sociedad para clasificarte como adulto con responsabilidades, cuando en tu interior no dejas de ser todavía un niño.
Siempre pasaba de la misma manera. Ella se desvivía por un chico, pasaban juntos un romance pasional y todo iba bien. Entonces ella quería descubrir, quería saber, quería conocer más cosas de la otra persona con la que estaba pasando sus mejores días. Y luego la desilusión, la decepción. Seré yo, reflexionaba con su almohada. No pongo demasiado, no me esfuerzo lo suficiente. Todo se rompía en pedacitos tan pequeños que era prácticamente imposible volver a reconstruirlo. Y así con el siguiente, y con el siguiente... Te das cuenta de lo gilipollas que son los hombres cuando aceptas la rutina, esa de la que hablaba antes, y te conformas con lo que hay. Te conformas con tu carrera, con los anormales de tus compañeros de clase, con la poca compañía de tus amigos, con la poca solidaridad de los solidarios y con la gran ignorancia premiada a aquellos que dicen ser de todo menos ignorantes.
Has pasado tanto que tu vida se vuelve normal y constante. Es como cuando vas al psicólogo, a punto de desgarrarte las venas con un cuchillo de cocina, desesperado, confuso y atormentado, para que el titulado en cuestiones mentales vaya y te diga que no, que lo que te pasa a ti le pasa a todo el mundo. Tranqui, colegui, estás bien, solamente eres un poco tonto. Sales de allí recuperando el poco aliento que te queda y vuelves a casa esquivando las muchas mierdas que hay por el suelo tiradas. Demasiadas penas ahogadas en un alcohol que apenas rasca, para no acabar ni siquiera en el baño. Tan duras son las magulladuras de tus manos que no sientes el tacto del algodón, ni de la pana, ni siquiera de una lija. Tu vida, a los ojos de los demás, parece una película de Lars Von Trier. Y ni así acertarían un poco lo fuerte y resistente que eres de verdad. Si es que los tienes cuadrados, como diría mi padre.
Regresar a tu hogar, dejar los bártulos encima de la cama, repasar la colección de discos y poner uno, no sé, el Dummy de Portishead, a toda hostia. Ir a la cocina y sacar de la nevera unas cuantas verduras, un colador, una olla para cocer la pasta y un par de huevos. Y mientras pelas los tomates te cortas un poco la yema del pulgar, y el color carmesí de la sangre te recuerda algo: que la mejor manera de pelar un tomate es meterlo unos segundos en agua caliente.
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