12.31.2007

La tercera vez que mi abuela llora.

Dedicado a Carmoita.
Esta es la tercera vez que veo a mi abuela llorar. Recuerdo las dos anteriores con desazón y un poquito de mala leche. Os las contaré.
La primera vez que vi llorar a mi abuela yo tenía unos catorce o quince años. Era un mozo bastante estúpido e impertinente, en plena edad del pavo, como se suele decir, y hacía esas cosas que todo el mundo espera de alguien que escucha música atronadora y se queja de todo sin ningún tipo de argumentación coherente. No obstante, yo guardaba mis respetos a aquellas personas que consideraba merecedoras de ello. Una de esos ídolos terrenales personales era mi abuela. Y ella influenciaba tanto mi forma de ser que un cambio de ánimo brusco podría llevarme tanto al cielo como al infierno. Y así fue. Mi abuelo, su marido, muere de un problema hormonal, o de cirrosis, o algo similar. Recuerdo que mi madre me lo dijo, con mucho dolor interno, aguantándose las ganas, sin derramar ni una sola gota, con la cabeza bien alta y dando seguridad a todo aquel que osase asomar la cabeza para llorarle en el hombro. Mi madre y mi abuela, su madre, eran iguales en ese y en otros muchos aspectos. Siempre la dignidad por delante, que ya hemos pasado demasiadas penas como para rebajarnos ahora que somos tan mayores. Porque, a fin de cuentas, la vida de mi abuela nunca fue fácil. Nada fácil. Con un suegro de la falange y el recuerdo de un hermano muerto en la Guerra Civil del bando republicano, soportando una carga que la limitaba a ser un florero con escoba y paño de cocina a cuadros rojos y blancos, que ni podía darle un beso en la mejilla a mi padre cuando empezó a salir con mi madre. Tortilla y sopa para cenar todas las noches de su vida, hasta que murió y ya dejó la sartén y la cazuela a mejor vida. Y entonces rompió a llorar. Allí, en el velatorio, mientras una hija de puta de esas que todo lo saben y todo lo sufren empezó a decirle que no era para tanto, que pronto pasaría todo, porque yo esto y yo lo otro. Vamos, para destrozarle la cabeza a machetazos allí mismo. Una mujer tan dada a los demás como ella nunca mereció un momento de soledad como aquél, pero siempre había algún gilipollas que jodía la marrana para contar su vida.
La segunda vez que vi llorar a mi abuela fue poco después, en un hospital. Habían operado a mi madre de algo que, al parecer era complicado y, emocionalmente, difícil de asimilar. Estábamos todos con los huevos en la garganta, pero habíamos aprendido a mantener las penas en el punto límite de nuestros párpados, y mostrar una cara amable después de una ejecución sigue siendo relativamente fácil para cualquier miembro de la familia por parte de madre. No obstante, mi madre, uno de los pilares fuertes de la estabilidad emocional del grupo estaba en números rojos, y había que tirar por ella y por todos los demás. Mi padre con el mentón elevado daba a todo aquel que lo desease un hombro acolchado y reconfortante sobre el que soltar puñetazos y patadas. Mis hermanas quitando hierro a cualquier asunto que pudiera surgir y mis tíos con una escopeta de postas armada, a la espalda, dispuesta para abatir todo miedo existente. Pero el miedo flotaba, volaba, fluía a través de nuestras fosas nasales y se mezclaba con nuestros fluídos. Hasta que el médico dijo buenos días, está fuera de peligro, y mi abuela rompió a llorar. Demasiada tensión guardada en una persona que no podría soportar perder a una hija maravillosa y llena de gracia y virtud. No es que estuviese chapada a la antigua, es que ella había inventado las emociones. Los ojos empapados de líquido acuoso enseñaban al mundo que no hay bombas sobre la ciudad que valgan si en ello tu hija resulta herida. Pero mi abuela ya tiene años, ya se ha fumado demasiadas modernidades de pastel y demasiados egoísmos estúpidos de personitas que solamente se quejan. Su hija había sufrido mucho y ella no podía soportarlo.
Ha pasado tiempo desde aquella vez en el hospital del pueblo. Ahora tengo muchos más años y ya fumo y bebo y hasta tengo pelitos en la entrepierna y digo tacos. He aprendido a no quejarme si antes no he intentado cambiar el mundo al menos por un segundo, y he pasado de peinarme a lametazos y ponerme guantes de color negro a lucir americana de pana y atarme los cordones de los zapatos de piel. Y, aunque parece que soy diferente, hay cosas de la infancia que no han cambiado. Una de ellas es que mis ídolos terrenales siguen siendo los mismos y que, con el paso del tiempo, los admiro más y los respeto más y en cuanto nadie les presta atención me acerco a sacarles palabras de experiencia vívida y vivida. Sin embargo, el tiempo pasa, y uno de esos ídolos terrenales, mi abuela, también se hace mayor. La última vez que la vi fue estas navidades, etapa que aprovecho para darme un descanso y ver a los de siempre. Y esa última vez que la vi, fue cuando mi abuela lloró por tercera vez. Mis padres pagaron un pequeño crédito que mi abuela debía porque, con su escasa pensión y los inmensos problemas que le crecen allá donde pasa, no le da ni para comer. Y mi abuela, al conocer la noticia rompió a llorar. Abrazó a su hija, a mi padre, se disculpó, porque ella lo ha dado todo pero nunca comprendió que los demás podrían hacer lo mismo por ella, y lloró, y lloró, y abrazó y besó, y se volvió a disculpar, y dijo que era demasiado para ella, demasiada atención para alguien que nunca tiene nada y que nada puede ofrecer a los demás. Pero todos los que prensenciamos la situación sabemos que eso no es así, y es por ello que, haciendo un pequeño esfuerzo se consigue una gran recompensa. Hacer llorar a mi abuela por tercera vez, y que ésta sea de completa alegría.
Publicar un comentario