11.30.2007

Sobre volver a la carga.

No voy a engañar, todo es tan simple como la muletilla que me apropié hace unos cuantos meses. En la vida de una persona pueden pasar dos cosas, que camine con zapatos o vaya descalzo puede ser una máxima muy clarificadora a la hora de decidir a quién le vas a levantar los dientes a base de patadas en el paladar. Pero tranquilos, no todo en esta vida es puta -que no pura- violencia explícita de así te lo cuento, Manuel. No, me refiero a que las etapas para un buen hijo de puta dependen de la mala hostia que lleve dentro y las ganas que tenga de sacarlas. Para alguien que lucha constantemente contra todo, las fuerzas pueden fallarle, y no siempre queda otro en la retaguardia para cubrirle.
Pero sí, queridos lameculos, hoy no es ése día. Día D, hora H, el momento en el cual los pensamientos se centran en una cosa -parafraseando una peli que me comentó mi colega Mike-, observar cómo el otro se viene abajo a costa de tu propia alegría, a costa de tu propio bienestar. Todo esto mientras se relamen ansiosos esperando ver ondear la bandera blanca a lo alto de la colina y así regocijarse en su propio júbilo y en su propia mierda. Y lo siento por todos ustedes, que me odian tanto, pero hoy mismo no es ese día.
Hoy, en la cafetería de un aeropuerto cualquiera, charlando amigablemente con mi hermana mayor -durante larguísimos años mi guía espiritual y ahora mi personal mecenas- me he dado cuenta de lo que he mamado y lo poco que me he movido, y que nada de eso ha caído en saco roto. Los pequeños proyectos acabados, las pocas palabras de afecto que me han dedicado por ello, la mierda de año académico que tengo que arrastrar a cuestas, la cantidad de segundos en los que te tienes que tragar la lengua y morder fuerte hasta sangrar y no sentir nada, la eterna preocupación de si lo que haces llegará para comprar un grano de arena y ponerlo en la playa, esa sensación de mirar hacia atrás y no querer ver nada, los gritos, los aplausos, los besos, las miradas, las falsas miradas, los cubatas, los paquetes de tabaco quemados, los mensajes traicioneros, el querer y no poder, el intempestivo dolor de salir de aquí y notar la polla agarrotada...; todo ello vale para el currículum.
Recuerdo que, en un viaje corto pero intenso a Gijón hubo una anécdota que me agradó. Y desde entonces he visto repetida en no pocas ocasiones. Una niña pequeña que llora, un mayor -abuelo, padre, qué más da- que la mira, le levanta el mentón con los dedos índice y corazón y le espeta niña, no la bajes nunca, levanta la cabeza, que el mundo vea tus maravillosos ojos, que el mundo entero te vea. Y así es como me siento hoy. Como después de follar unas cuatro veces seguidas y luego tener ganas de dar una vuelta, abrazar a alguien y no flaquear hasta bien entrada la madrugada.
No, no es que esté rebosante de alegría -la que tendría que estar radiante es mi madre que hoy cumple años. Ni tampoco es que me hayan dado una noticia buenísima ni nada por el estilo. Esto va por rachas, pero no de las que todo el mundo espera. No, aquí no estamos para rezar al cristo que nos fundó y luego dedicarle el trabajo bien hecho. He decidido currármelo en serio, y ahora que vuelvo la vista atrás observo que nada ha pasado tan rápido ni he perdido el tiempo. He dicho y escuchado demasiadas quejas para recordarlas, y quizá sea el momento de seguir adelante sin abrir la boca, aun llevando los mismos palos de perro en el costado, dispuesto como siempre a creer que otro mundo es posible. Porque nunca he dejado de creer en ello, ni siquiera en los malos momentos.
Y sin embargo ahora lo veo mucho más que claro, hombre, si es que eso cae de cajón. Porque no fue todo tan malo, y esas chorradas en plan niño emo, al fin, las puedo mandar a la mierda. No he sido ni tan vago ni tan imbécil. Ni tan inútil ni tan cobarde. Y ese día, en el que el enemigo espera tu rendición a lo alto de la colina no va a llegar. Porque han llegado refuerzos. Yo y mis colegas sobreautoestimados os vamos a destrozar el chiringuito.
Lo siento, pero aquí no se rendirá nadie.
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