11.14.2007

La importancia de decir patata.

Subía los peldaños de aquella escalera como alma en pena. No te preocupes, tú tranquila, esto es coser y cantar. Dos minutos, sonrisa falsa y listo. Para qué complicarse más. Para qué.

Se lo repitió una y otra vez, pero la hiperventilación no cesaba. Sudores frios y temblor de manos eran ahora sus síntomas. Sólo queda que me cague por los pantalones. Joder, qué charqueira. Hasta se me ha empapado el coño con tanto sudor. Mierda. Así no podré salir bien en la foto.

Ya antes de alcanzar el rellano avistó unas cuantas cabezas bien peinadas, otras repeinadas, otras no tanto. Hola qué tal, pausado, taimado, sonrisas histriónicas unas, sardónicas otras. Unos cuantos besos de cortesía. En mi puta vida se portaron tan bien conmigo esta panda de zorras, se diría más tarde. Pero un chico majísimo abre la puerta del estudio y pide certificados de ingreso y recibos de lo mismo. Antes de cerrar la puerta se despide con un regalo de la casa: mueca tipo john wayne y todas las allí presentes sudando por la parrocha cosa linda, mezcla de nerviosismo y excitación.

Hasta que llega el tocapelotas, blandiendo una cámara réflex, de esas que parecen cañones, y con su ya típica cara de gilipollas desgastao saca unas cuantas panorámicas a nuestras corbatas y nuestras camisas apretadas. Hasta ese momento no me había dado cuenta de lo grandes que tengo las tetas, afirmaba entre dientes para sí. El tipo parece no inmutarse. Viene con su jersey y su pantalón roto por todas partes, incluso en la entrepierna -el muy cerdo no se corta en enseñarlo en los pasillos. Parece tranquilo, seguro. Como pasando de todo. Seguro que no hace la orla, seguro que viene a reíse de nosotras.

Dos minutos antes de entrar apareció el chico de las greñas con una camisa blanca, impoluta, y una corbata negra. No era para nada un adonis, pero juraría que, en ese momento, lo habría tomado por una persona sensata -le susurraba nuestra protagonista a una compañera que había hecho al poco tiempo de llegar.

Y por la noche, celebración. Y más abrazos, más fotos, más sonrisas enlatadas, más patatas que nunca en bocas que no se lo creen, más amigos hechos al instante y más excitación, nerviosismo, y chicos dejados que siguen pasando de todo. O quizá no pasan tanto...
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