6 de octubre de 2007

Orzán, la calle que nunca está puesta.

Mi fiel compañera de viaje y amante tiene una expresión muy certera para definir esa ocasión en la que te levantas tan temprano que toda la ciudad está apacible y mansa. Ella dice que "la calle todavía no estaba puesta". Así pues, podemos diferenciar sentimientos y emociones dentro de un mismo margen horario: la noche. Pero qué pasa cuando la luz aparece y no penetra en las ventanas de los balcones, o ésta no se refleja en los ojos de las personas que allí habitan. Pues eso es lo que viví cuando hice la calle Orzán.

Desde el Borrazás hasta el Londress, que está a punto de cerrar, prácticamente todas las aceras arrastran un halo de penurias y copas de vino peleón tiradas tras ademanes agresivos y/o pasionales. Pero toda esta perorata estúpida y sentimental no tiene nada nuevo. Las noches de fin de semana se abarrotan se imberbes almas agónicas de verdaderas sensaciones que disfrazan con músculos adulterados y escotes sin chicha ni nada que insinuar, exceptuando la poca dignidad que les quedan. Y lo peor de todo es que nada de eso queda allí eternamente.

Buscando portales abiertos me topé con tascas de mala muerte, rancias como la cerveza que servían, donde los ojos que se giraban para observarte eran rojos y grises, mezcla de trabajo duro y fúmbol de domingo, con la tele a toda leche, en la primera, mientras el telediario cuenta las últimas novedades en cuanto al secuestro de marras y la pena que da verlos pasar con tanta pasta, y el humo de los cigarrillos que hay entre el postre y el café con gotas deja entrever comentarios por lo bajini sobre la maciza de la obra de ayer, del puto árbitro del miércoles, de lo que hay que oir con tanto mamarracho junto en la cúpula de tal partido político -sí, sí, dijeron cúpula- mientras el chico con papeles le hace la pregunta más absurda jamás inventada a la dueña del local, que friendo huevos como el cuadro de Velázquez, mira incrédula a su marido como pidiéndole ayuda, y quizás un poquito de cariño. En transversales te puedes encontrar pubs interesantes, como el Filloa, donde el jazz ameniza una velada que pocos no podrían culminar en un polvo salvaje, o comercios como esa basta extensión dedicada íntegramente a la música.

Pero el pesar de andar con dos toneladas de resignación en cada bota acaba minando la moral, y los minutos de contacto que ofrece cada entrevista se convierten en segundos, a veces ni eso, y te vas con una sensación agridulce de haber hecho bien tu trabajo y haber robado un tiempo ya de por sí inerte, sin mucho sentido, porque para la mayoría de los currantes el ayer es exactamente igual al mañana, y que venga un chico diciendo que es del ayuntamiento y que quiere saber si reciclas cartón no cambia mucho el devenir de los acontecimientos; perdón, quise decir que te tira del coño que vengan a tocarte los cojones mientras tienes que pelar treinta kilos de patatas para mañana.

La calle se acaba y la mierda se corroe en las esquinas hasta que llego a uno de los últimos locales que suelo frecuentar. Una tienda erótica -que no sexshop, ignorantes de mierda- que a veces me envuelve en imaginaciones un tanto estrambóticas. Un pasillo largo que omnubila a cualquiera con dos dedos de frente y un poco de imaginación me bastó para arquear de nuevo la comisura de mis labios. Sonrisa, buenos días y un por favor que son respondidos por buenos días, sonrisa y qué tal, mientras el conductor del camión repartidor levanta la vista y luego continua rellenando el albarán. Le hago la pregunta y me reponde amablemente, me formula un par de sugerencias y luego me ofrece una tarjeta. Yo, al contarle que no era la primera vez que visitaba el comercio, le pedí unas cuantas trajetas más para algún conocido que la necesitase, y la amable chica reconoció que quería que sus clientes volviesen. Zanjado el asunto me dispongo a despedirme cuando el camionero levanta la vista, esboza una cuasi sonrisa y suelta: tranquilo, chico, te aseguro que aquí todos acabamos volviendo.

La calle seguía sin ponerse. Allí nadie limpia la mierda al día siguiente porque, sencillamente, nunca hay día siguiente. Pero qué os voy a contar, si yo nunca me he quejado de ello...
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