10.02.2007

¿Dónde están los yanquis? o La historia del baobab perezoso.

Recuerdo que eran sobre las doce de la mañana, yo estaba apoltronado en el sofá de la casa de mis padres, hace unos seis o siete años, y era sábado, o domingo, y en la tele, en el canal VH1 aparecía la jeta del cantante de Coldplay pidiendo porfaplis que te sensibilizases con los birmanos, que estaban pasándolas putas con sus militares en plan jódete mamón que yo tengo pistola y tú no, hala. Y pensé para mis adentros adentrosos que el primer mundo no iba a hacer mucho más de lo que estaba yo haciendo en ese momento: cambiar de canal tirado en el sofá. No obstante, como el resto de la humanidad del primer mundo, también esperé a que llegasen los buenos, los de las pistolas buenas -por aquel entonces creía en pistolas buenas- a arreglar el percal y pusiesen los valores y las cosas en su sitio.

Ahora vuelvo a ver la misma noticia pero aumentada a la enésima potencia, y en este caso tengo más personas del primer mundo para comparar. Ayer, un colega del tajo descubrió por qué tengo siempre tantas batallitas que contar. Mientras hacía las preguntas oportunas de mi trabajo, intercambiaba opiniones, escrutaba en sus vidas y analizaba el conjunto al salir del local. Y cuando acabo la jornada, repaso globalmente lo ocurrido. Y a grandes rasgos parece un símil de lo que pensé aquella vez.

Cierto que la gente ha cambiado mucho. De estas dos semanas de trabajo, más de la mitad de la gente con la que hablé estaba concienciada de que había que reciclar el cartón. Y, aunque también había mucha otra gente que no lo hacía, la mayoría de éstos argumentaban que no era por ganas sino por impedimento físico. A saber: que los contenedores estaban demasiado lejos, o que el camión no pasaba cerca, o que era demasiado cartón para llevar una persona, etc.

Sin embargo, en cualquier calle, en cualquier local comercial, en cualquier día de trabajo siempre aparecía alguien con una excusa tan simple como la que sigue: me da pereza. Y no eran pocos. Recuerda a la filosofía del principito, que decía que en su planeta nacían árboles extraños que si no los arrancabas al nacer luego eran imposibles de quitar, y el planeta se te inundaba de árboles frondosos y ya no podrías vivir. Bonito símil de lo que estoy contando y que viene a resumir la teoría- lo que debería ser- y la praxis -lo que de verdad es-. Hacer las cosas a su tiempo, sin dejar nada para mañana si lo puedes hacer hoy, cuando en realidad, lo que pasa es que nos suda el entrecejo si es para mañana o para pasado mañana, que si está muy lejos, bueno, pues lo dejo para otro día, o aquí mismo, cerca de la cloaca, y espero a que venga alguien, supongo que alguien bueno, y lo recoja por mi.

Lo dicho, la gente ha reaccionado muy bien, y creo que con un tema tan "en la vida de todos" como es el reciclaje, no he encontrado apenas pegas al tema y casi todo el mundo colaboraba. Pero me queda el regustillo ahí, como la cotra que se te pega en las uñas después de meterlas en la mierda. Que sí, que todo muy limpio, pero siempre te queda algo que no te inspira mucha confianza. Como si todo fuese de mentira y, en el momento más inesperado, se rompiese el castillo de naipes.
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