7.10.2007

El paraguayo justo.

A cuento de mi situación actual recuerdo lo que no hace mucho tiempo, creo yo que ni una semana habrá pasado desde lo acontecido, me sucedía, no ya en mis propias carnes sino también en el otro plano, en el visceral. El caso del ahora viene siendo la devoración del último ejemplar que me agencié ayer, "Las intermitencias de la muerte" del maestro José Saramago, que elucubra como él sabe, el muy jodido, sobre una cuestión tan normal como rutinaria como lo es la muerte. Y, ya citada la excusa del porqué, pasaré a explicar la susodicha anécdota.
Estaba en casa, en retiro espiritual del periodo postexámenes y prevacacional. Era de noche, y hacía un calor que tumbaba. Tenía hambre y procedí a comenzar la búsqueda de víveres. Como me sudaba tanto el canalillo de la entrepierna, allá donde están situados los preciados cojoncillos, centré mis esfuerzos en atrapar cuanta fruta hubiese. Y ahí me fui a topar con la única pieza que quedaba -porque con tales temperaturas, aquello se vaciaba en cuestión de minutos-. Un paraguayo, hermoso, chato y aterciopelado. Para quien no coma fruta, es de la familia de los melocotones, pero éste está aplastado. Pues bien, lo llevé al fregadero y lo lavé, quitándole la roña que tenía. Me hice con un cuchillo y lo corté partiéndolo en dos, salvo por el impedimento del hueso central. Retorcí ambas partes, obligando a una parte carnosa a despegarse del citado obstáculo, y la otra solamente podría separase quitando el hueso a dentelladas. Así que, como tantas otras veces, le hinqué el diente y lo arranqué. Y la historieta comienza realmente ahí.
El hueso de forma cuasi esférica, de pequeño tamaño, está formado por diminutas espinitas que lo envuelven. Al arrancarlo, una de ellas fue a parar a la zona interdental de dos de mis dientes incisivos, provocando una sangría de mil pares de narices. Corrí hacia el baño, y mirándome en el espejo, logré sacármelo. Al hacerlo observé atónito que el trozo de hueso, al haberse clavado con tanta precisión, consiguió tronzar el sarro que tenían los dientes en esa zona, consiguiendo así, al quitármelo, limpiar la zona de toda impureza. Sorprendido, le grité blasfemias y obscenidades al cacho de fruta que había intentado asesinarme. Le llamé asesino, cabrón, cobarde, hijodelagranputa. Pero ni por ésas se inmutaba. Se limitaba a mirarme, inerme e inerte, como esperando algo. Volví a mirarme la boca en el espejo del baño y no conseguía salir de mi asombro. Lo que parecía una debacle se había convertido, en segundos, en todo un milagro. Aquel paraguayo asesino, no sé muy bien por qué, me había limpiado la boca de la mierda más mortal que una boca puede albergar.
Regresé a la cocina -entre tanto trajín había olvidado cerrar la puerta de la nevera- y agarré las dos piezas del paraguayo. Las puse en un plato pequeño de duralex -restos de mudanzas, de otras casas o, qué sé yo, de otras familias- y me lo llevé al salón. Comencé a degustarlo, primero con saña vengativa, en plan jódete mamón, que quien manda soy yo. Luego con indiferencia y casi al terminar, dándome cuenta de lo cómodo que era comer una pieza de fruta sin jiña entre los dientes, reflexivo y pensativo. Porque, a fin de cuentas, el paraguayo asesino logró gestar él solito un triunfo que, de querer conseguirlo, me habría costado medio hígado; a saber: que los dentistas, por muy buenos que sean y por el poco miedo que les tengo, no por eso dejan de ser caros, y menos si vas a uno privado. Por consiguiente, aquél que primero que hizo daño, luego me ayudó. Pero no sin antes evidenciar lo primero: que me atacó, y yo tuve que salvarme. ¿O no fue así? Quiero decir, que es posible que no fuese la farola quien se tiró contra ti, sino al revés, que tú te lanzases contra el cuchillo. Y de ser esto cierto, no es correcto que, en una necesidad imperiosa de refrescarme la boca y el estómago, acudiese a la llamada del paraguayo como un masoquista pide, clemente, que le hostien hasta el en velo del paladar. En ese supuesto en el que reconozco mi parte, no ya de culpa, sino de participación en la culpa, no estaría exento de tal y, en consecuencia, el paraguayo obraría según su propia naturaleza. Es decir, en legítima defensa. Así pues, y ante tal conflicto, el término justicia sería subjetivo, individual e intransferible: "yo te como porque tengo ganas de comer", "yo no quiero que me comas, quiero vivir" y tantas otras perlas filosofales reinarían, en el primer lugar a mi persona y todo el dominio de mis actos y, en segundo lugar, al neutro paraguayo, que ni era maligno ni era bondadoso. Era un suceso donde el toma y daca, el yin y el yan, lo bueno y lo malo se equilibraban, se nivelaban. Era, en resumen, creo yo, un paraguayo justo.
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