5.09.2007

En honor a mis botas viejas.

Después de unos cuantos recados mañaneros antes de ir a clase, me he dado de bruces con una vieja fotografía que hice el año pasado en recuerdo de algo muy preciado con lo que me siento muy identificado. En dicha foto aparece, en primer plano, con la luz amarillenta de mi salón y el televisor a la derecha haciendo de las suyas, un par de botas mugrientas, con las suelas llenas de barro, los cordones deshilachados y las lengüetas estiradas, flácidas y roídas. Tenía esas botas desde la ESO, o por ahí, y desde entonces hasta el año pasado han estado conmigo como la mierda y el culo. Destrozadas como estaban -hasta se había perforado la suela izquierda y cuando pisaba parecía que alguien se había tirado un cuesco- tenían un encanto que yo solo podía ver. Deformes, mutiladas, con el caucho limado y lijado por los talones de los miles de pasos, carreras y paradas silenciosas de muchos años de vida. Pobres. Sufrieron lo suyo y lo mío. Con ellas pasé muchas alegrías y penurias. Ellas vieron mi primer beso, en ellas apagué mi primer cigarro, con ellas pisaba la gravilla de la entrada al instituto, golpeé balones, golpeé otros balones, golpeé pelotas y cojones, pisé charcos de vomitona, charcos de alcohol, barro, lodo, fango, mierda, flores, basura, petardos. Cuando volvía a casa después de algún desamor, o después de aquella noche en la que unos macarras nos dieron, a un colega de clase y a mí, las del pulpo, las tiraba con furia al armario, al escritorio, a donde fuera. Ni siquiera el inicio fue agradable: mi madre me las compró por culpa de ese instinto que tiene para comprarme cosas que no necesito, y las tuve aparcadas hasta que las consideré necesarias -me habían tirado unas zapatillas de fúmbol sala cojonudas-.
Ahora observo de nuevo esa foto. Mediocre, luz mala, movida y no muy bien enfocada. La composición es pésima y el punto de fuga, en fin, que ni siquiera sé qué coño es el puto punto de fuga en la mierda de foto. En resumen: no hay por dónde cogerla. ¿Y el recuerdo? Pues bueno. Sí, claro, me vienen muchos recuerdos. Recuerdos de niños besándose, de fiestas, de manos que agarran, más fiestas, de libros escolares, de bolígrafos mordisqueados en el extremo, de clases particulares, de pachangas de fúmbol... Ya sabéis, cosas normales. Cosas que le pasan a todo el mundo, cosas que vienen y que van. No hay que luchar por ellas, ni tampoco preocuparse si todavía no han venido. Es eso que la gente considera normal: la normalidad normal. Eso que te hace como persona, como un animal social que llaman los sociólogos clásicos -no me preguntéis por los de ahora, no tengo ni idea-. Eso que está ahí, que parece que no es nuestro pero es lo que hay, con lo que hay que conformarse. Y punto. Aprovecharse al máximo, vivir y disfrutar. Crecer como persona, ser listo, ser popular, ligarse a la chica, recordar aniversarios y fechas señaladas, comprometerse con una causa justa, plantar un árbol, escribir un libro, tener un hijo.
Aunque mi vida y todo lo que la rodeaba estuviese influenciada por esa estúpida idea que decía que yo era una persona algo extravagante y rara, la realidad dista mucho de todo eso. No soy raro, ni extravagante. No soy especial. Falto a clase, soy vago, perezoso, conformista, no me esfuerzo por casi nada, me apalanco en cuanto puedo o tengo ocasión y, sobre todas las cosas y la más importante, apenas tengo imaginación. Incluso podría añadir que, bueno, parece que pienso mucho, que le doy vueltas a las cosas. Yo creo que tampoco es para tanto porque, llegado el caso, si alguien considera que tiene algún problema, pues es normal que se preocupe un poco, ¿no?
Bueno. Ya está todo explicado y bien claro. Listo de papeles. Ahora solamente me queda deshacerme de los cuadros que hice, de las fotografías, de los libros de filosofía, de los relatos de energúmenos, vidas caóticas, desengaños, guerras, sublevaciones, revoluciones, historias tristes y pecaminosas de la estantería, de la música paranoica, de los pósters de la Guerra Civil, de los panfletos de las manifestaciones a las que nunca debí ir, de la ropa que mis manos arreglaron, de los murales de las paredes, de los dibujos que hay por toda la casa, de la lámpara que yo mismo hice, de las velas que pongo todas las noches cuando alguien duerme conmigo, de la flor de algodón que puse sobre la mesita de noche, de los regalos que algún día hice con mis lápices, de las canciones que salieron por mi boca, de las poesías que salieron de mi mano, de las palabras en prosa que salieron de mi corazón, de la cicatriz que llevo en la muñeca izquierda, de la cicatriz que llevo en el codo derecho, del sombrero de felpa azul oscuro, de los guantes de colores sin dedos que tan poco gustan, de la gabardina militar y todas esas prendas que rescaté en alguna tienda de segunda mano, de la bandera de Japón, de las noches que conseguí que fueran inolvidables, de los días que conseguí que fueran inolvidables, de todas las libretas de apuntes en donde hay algo dibujado o escrito, de las decisiones extremas en las que arriesgué algo, en las palabras de desprecio, ira o miedo que algún día solté, de aquella sonrisa burlona que me entró cuando visité un cementerio, de aquel chiste malo en la misa de aquella concatedral en plena Semana Santa, de aquella carcajada después del chiste malo en la misa de aquella concatedral en plena Semana Santa, de las discusiones que mantuve porque algo no me gustaba, de las estupideces que mantuve porque algo no me gustaba, de los deseos de querer estar allí y no aquí, de los abandonos a sabiendas del dolor, de lo que me comí por los demás a sabiendas del dolor, de seguir el bienestar de la puta mayoría que siempre te da la espalda, de los silencios sin explicacón y de los que tenían explicación. De quere echar una mano sabiendo que esconderé la otra. De querer ir a la guerra. De mis botas viejas. De mi vida.
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