5.16.2007

Ahora nos toca a nosotros.

" [...] Sabes de sobra que los inicios son muy duros. Lo sabes porque vives en un mundo que ni siquiera acepta tu condición sexual. Y le llaman "condición" porque somos tan hipócritas que no sabemos llamar las cosas por su nombre. Decimos que nos da miedo. ¿Miedo a qué? A lo desconocido, a ti, desde luego.
Sabes que eres la hostia y que no se te puede comparar con nadie. Los genios no hacen carreras de a ver quién es el mejor en esto o en lo otro. Nadie, en su sano juicio, puede comparar los logros de Newton con los de Einstein porque los dos fueron muy buenos en su materia. Nadie puede comparar las obras de Da Vinci, Gaudí o Dalí porque, sencillamente, es de ignorantes. Y todos ellos, en mayor o menor medida, fueron envidiados.
Desconozco la vida de todos ellos, pero sí conozco a uno con el que tuve el placer y el honor de convivir algo menos de un año. Los principios no son fáciles. Y tanto. Aún recuerdo el malestar agrio de verte solo en tu habitación azul, mientras yo veía la puta tele en el salón, viviendo a mis anchas. Y todo por mi estúpido orgullo reprimido. Por no saber extender la mano hacia el desconocido. Hasta que me dijiste hola aquí estoy, y comenzamos una amistad viendo todas las tardes el programa del Tomate, que sin ti se hace insoportable, y a vivir en vela con tus colegas en tu habitación, a base de Vodka y Ron del barato, que ibas a comprar al Lidl, sólo porque te gustaba. Y luego viviste un romance con un soplapollas que no te merecía. Y me confiabas tus secretos a cambio de unos minutos en tu habitación.
La habitación azul. A pesar de que la otra es más grande, me cambié a esta por tu culpa. Porque conseguiste verle un encanto que yo desconocía. Y en ella imaginaste una pasarela repleta de gente glamurosa que veía con impaciencia y admiración tus diseños. Imaginaste que aquel chico que te gustaba tanto acabaría renunciando a su vida por ti, o quizás no, y sólo querías cariño y comprensión. Pero esta mierda de mundo te ha tratado mal.Te trató mal cuando aquel tarado se puso a golpear la puerta del apartamento en el que vivías. Te trató mal cuando los de tu clase te hacían mísero caso de tus sueños y sólo querían ver a alguien diferente y presumir de tener un amigo gay. Te trató mal cuando gente de tu sangre te obligó a hacer algo que no querías. Sin embargo seguiste adelante. Contra todo pronóstico seguiste avanzando. Y ahora estás en Barcelona pensando en si vales o no...
Siento decirte que sólo tú sabes eso. Pero piensa que aquí hay gente que te recuerda. Dejaste huella. [Creaste escuela].

Ahora te toca a ti deslumbrar al mundo. Decirles a la cara a todos que puedes hacer grandes cosas. Que no tienes que demostrar nada a nadie. Porque los que te conocemos ya sabemos quién coño eres. Y créeme que, a algunos, como a mí, les llena de [satisfacción] y honor el hecho de decir que sí, [que] yo lo conozco, soy su amigo. Y quedarte tan ancho que el resto te dé por el culo.
Ahora te toca a ti..."


Y ha pasado tiempo desde estas líneas, sí señor. Mucho tiempo. Se las dedicaba a un amigo atormentado por esa maraña que se hace llamar mayoría y que no es capaz de ponerse los dedos en la frente por miedo a que el grosor de ésta no mida más de dos. Ha pasado mucho tiempo, aunque en esencia sigamos luchando de la misma manera, con las mismas ganas y la misma mala idea. A mí me encantaba -y me encanta- esa sonrisa tiránica que le entraba, esa carcajada casi resquebrajante que le poseía cuando veía a alguien cuyo estilismo rompía con los moldes que marcaban el momento, el lugar, la hora y el alcohol ingerido -vamos a decirlo finamente, jefe, porque cualquiera se escandaliza al decir un taco, pero tú y yo nos entendemos con miradas-. Ese juicio rápido y complejo que el muy hijoputa tenía nada más verte era algo que me sorprendía. Esa capacidad de englobar colores, texturas y ángulos de visión hasta dar con una composición única y personal. De tanto que le lamían el culo en Barcelona que, hasta los cojones de todo, quiso romper con los clichés establecidos y hacer una colección que solamente podría acabar censurada. Pero ni así. Es demasiado personal, demasiado bueno como para mirarlo a la cara y decirle que se dedique a otra cosa.
Y ahí lo tienen, señoras y señores, dando el callo en la ciudad europeísta de Barcelona, con un currículum de varias decenas de hojas -sí, es cierto, la primera vez que lo ví tenía cinco, de las cuales cuatro eran de premios que ganó- con un recorrido por medio viejo continente -en Londres se giñaron- y ahora es uno de los diez finalistas de un concurso que hace el cabrón de Amancio Ortega -ya sabéis, Zara y sus mariachis- en todo el país, presentándose casi doscientos proyectos.
¿Impresiona? A ustedes, que no lo conocen, supongo que sí. A mí no. Nanai de la china. Son esa serie de cosas que uno espera de alguien como él. En serio. Cuando me lo contaba sonreía, qué cojones, hasta me puse a gritar. Pero no por esa sensación que te entra cuando un mortal te cuenta que le ha tocado la lotería y suspiras. No es eso. Es algo que sabes que se lo ha ganado a pulso, que posiblemente el azar no le ha tendido la mano porque de un principio ya lo habría perdido todo. Contra todo pronóstico, nuevamente resurge de sus cuatro paredes para volver a deslumbrar a todos aquellos que, en su día, no supieron o no quisieron estar de su lado. Porque yo no he tenido la culpa. Ni yo ni nadie. Ha sido él solito. Y oye, que me voy a fumar un cigarro de los caros, a beberme un lingotazo de bisqui del malo y cuando acabe, con traquea y pulmones gritando socorro volveré a decir abiertamente aquello sí, yo lo conozco, soy su amigo. Y me quedaré tan ancho que, evidentemente, a ti y a mí nos dará, todo, por el mismísimo culo.
Publicar un comentario